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PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Las dudas del escritor

Tengo por delante semanas y meses enfrascado en la difícil tarea de convencer al universo entero de que necesita mi nuevo libro y no lo sabe

Por ITXU DÍAZ

Los futbolistas se concentran en un hotel. Los toreros se meten en capilla. Los novios miran el reloj. Los cantantes se aprietan un chupito de tequila. Y los escritores hacemos todo eso a la vez. Se trata de las horas previas a la salida de un nuevo libro. El cuerpo se llena de contracturas, la lengua se hace un lío frente a los micrófonos, y se sufre el extraño síntoma de la primera vez. El martes 28 sale mi sexto libro y aún no alcanzo a entender por qué. Escribo hoy desde la amargura previa, desde el sabor agridulce del pollo que abandona el cascarón y da sus primeros pasos, desde la incertidumbre de saber si gustará, que aunque no se escribe para gustar, siempre es un gusto que guste.

He estado haciendo las primeras entrevistas de promoción. He entregado los primeros ejemplares. He seguido de cerca la llegada de los primeros volúmenes a las librerías españolas, y a esos expositores virtuales que hacen que ahora los libros nazcan sin más fronteras que el idioma, que en mi caso afortunado, por ser el español, carece de fronteras. He pasado otra vez por los mismos lugares con la sensación de estar descubriéndolos de nuevo. Creo que algún día habría que escribir un libro sobre todo este ritual literario.

Tengo por delante semanas y meses enfrascado en la difícil tarea de convencer al universo entero de que necesita mi nuevo libro y no lo sabe. Cierto que el mundo seguiría girando igual si no lo hubiera escrito. No he desarrollado sesudas tesis políticas, ni pretendo cambiar el mundo, ni aspiro a premio literario alguno, ni he ideado una trama llamada a convertirse en una de esas horribles novelas superventas de gasolinera. No. He escribo un libro de cocina que no habla de cocina. O no exactamente. Se llama “Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti”. Comprendan el drama.

Sin más motivación que entretener, que hacer sonreír una vez más, que conseguir resbalar por la mente y el corazón del lector, sin más impacto que su entretenimiento, sin más mensaje que el que subyace: el humor como antídoto a la estupidez de un siglo que ha dejado de reírse de las cosas, que todo lo lleva al extremo ideológico, que todo lo vuelve inmensamente grave y cargante. El humor, blanco y razonablemente inofensivo, como remanso de paz. Esa es la idea.

Tecleo mientras miro el reloj como un adolescente esperando a la chica de sus sueños. Sé que el 28 volverán miles de lectores a hacerse con mi libro, como han respondido en todas las últimas convocatorias en las librerías. Sé que me darán otra oportunidad, que su generosidad es infinita. Pero no puedo evitar la duda de saber si realmente habré logrado tocar la tecla adecuada otra vez, si todas esas cosas que yo he encontrado rabiosamente divertidas en el entorno de la cocina y la gastronomía resultan igualmente hilarantes para los lectores. En síntesis, si gustará o no, o mucho o poco, si hará la vida un poco más feliz a quien lo está pasando mal.

En el consuelo, la tranquilidad de saber que aquellos amigos periodistas y escritores que han tenido ocasión de acercarse a esas páginas ya, me aseguran que es lo más divertido que he escrito hasta hoy y lo más gracioso que han leído en mucho tiempo. Y yo lo miro, los escucho, y estoy tan seguro de que dicen la verdad como de que sé elegir bien a mis amigos. 

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