Cada vez más personas aseguran que están agotadas por las noticias o, mejor dicho, por la negatividad que transmiten.
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Agotados por las malas noticias
¿Qué hacer? ¿Aislarnos, desconectarnos? La salida no pasa por vivir menos informados, sino por recuperar criterio frente al exceso
Toda la información parece una avalancha imposible de procesar. La guerra en Ucrania, el conflicto en Irán, las amenazas de nuevos enfrentamientos, el miedo al hantavirus. La polarización política, los insultos entre dirigentes y las peleas virales entre celebridades o futbolistas. Si Epstein se suicidó. Si Trump vuelve a atacar a León XIV y cómo responde el Papa.
La conversación pública parece haberse reducido al conflicto, a la confrontación constante y a quién contestó más fuerte. Y en medio de ese clima, muchos se sienten atrapados dentro de una alarma permanente.
Uno de los últimos informes del Reuters Institute for the Study of Journalism establece que cuatro de cada diez personas evitan las noticias de manera frecuente u ocasional, por agotamiento emocional y saturación frente a la información negativa.
¿Se le puede echar la culpa al periodismo por esto? La respuesta simple es no (del todo). El periodismo siempre trabajó sobre tensiones y crisis, y es su función hacerlo. La diferencia es que antes existían menos emisores y más filtros. Hoy, los medios no generan la mayoría de los conflictos ni siquiera tienen el monopolio de la agenda pública. Muchas veces solo reflejan lo que explota en redes sociales, plataformas o canales propios de políticos y celebridades.
Los medios no pueden ignorar lo que Trump publica en Truth Social, o lo que otro político dice en X o en discursos trasnochados, o lo que se apuesta en Polymarket sobre el ganador del Mundial o el Balón de Oro. Tampoco pueden ignorar las polémicas virales que los influencers y podcasts convierten en tendencia.
Cada vez cuesta más distinguir quién informa, quién opina, quién simplemente amplifica ruido y, sobre todo, cuál es la voz más confiable para escuchar o leer.
La dificultad es que cada vez consumimos más reacción y menos contexto. Con el hantavirus, la discusión gira alrededor del miedo y qué gobierno acepta o rechaza a los infectados. Mientras tanto, la información médica confiable queda relegada.
La crisis de hoy no es de información. Es de cómo procesar tanta información, cómo separar la paja del trigo. Muchas muertes se pudieran haber evitado durante la pandemia de Covid-19, si no fuera por la “infodemia”, como la definió la Organización Mundial de la Salud, el exceso de información falsa o verdadera que dificultaba informarse con confianza.
La American Psychological Association vincula la sobreexposición informativa con la ansiedad y la sensación de pérdida de control. El cerebro humano no está diseñado para este flujo continuo y cuando se satura, entiende menos y utiliza atajos para sobrevivir al ruido.
¿Qué hacer? ¿Aislarnos, desconectarnos? La salida no pasa por vivir menos informados, sino por recuperar criterio frente al exceso. Elegir mejor las fuentes de información y no prendernos a las reacciones que desatan los conflictos.
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