MIAMI.- ÁLVARO ALBA
Analista y periodista de Marti Noticias
Putin crea nuevo imperio ruso con viejos hábitos soviéticos
MIAMI.- En Rusia llevar la contraria a la Casa Blanca es deporte nacional, que va desde conceder asilo político a Edward Snowden hasta regalar armas (y planta nuclear) al general egipcio Al-Sisi
No hay mandatario que hoy día influya tanto en la política mundial como Vladimir Putin, quien está creando (con éxito) una variante moderna del imperio ruso. Lo hace a la manera de Pedro I, de Catalina y Stalin; usando la fuerza de las armas, invadiendo al vecino y acallando la crítica interna. Vladimir Vladimirovich Putin es el prototipo del gobernante del Kremlin venerado por las masas, obedecido a ciegas por militares y espías, criticado por la inteligentsia y temido en Occidente. En 15 años, pasó de ser un gris ministro de seguridad al estadista que impone su voluntad sin importarle la ley internacional, las fronteras trazadas o el costo socioeconómico para el país.
Desde diciembre de 1999, cuando fue nombrado presidente por Yeltsin, los rusos aplauden sin reparo toda acción emprendida por Putin. No importa el costo de vidas, lo mismo en los funestos asaltos al teatro en Moscú, o la escuela en Beslan, que el calamitoso y secreto accidente del submarino nuclear Kursk. Los rusos le perdonan, con tal que en el extranjero comparen a esta Rusia con la Unión Soviética. Ven en la política de anexión de Crimea, Osetia del Sur y Abjasia la revancha por perder 14 repúblicas al desaparecer la URSS.
A falta de una ideología, toma Putin a la Iglesia Ortodoxa Rusa como arma de combate. Y tienen en el patriarca Cirilo un aliado incondicional para su cruzada contra todo lo que venga de Occidente. Las críticas al gobernante rozan la herejía y, como en tiempos soviéticos, lo occidental es antiruso. El ejemplo de Pussy Riot enseña la unidad Estado-Religión. Ha logrado en una generación que el nacionalismo ruso sea la ideología de turno, el nuevo marxismo-leninismo.
Los planes de Putin para dividir la unidad de Occidente tienen éxito. Grecia no desea sanciones a Rusia, los nacionalistas franceses y austriacos le toman como ejemplo. Budapest y Praga se decantan por la energía rusa, dejando a un lado la unida estrategia energética europea. En Rusia llevar la contraria a la Casa Blanca es deporte nacional, que va desde conceder asilo político a Edward Snowden hasta regalar armas (y planta nuclear) al general egipcio Al-Sisi. En Siria, Corea del Norte o Irán, los planes de los gobernantes locales se realizan con el beneplácito de Putin.
Desde que murió Stalin en marzo de 1953, los rusos no habían temido y admirado al mismo tiempo a un gobernante como a Putin. De nuevo los vecinos de Rusia temen a sus tanques, los aviones con la estrella roja (que volvió a adoptar Putin) violan los espacios aéreos desde Polonia hasta el Reino Unido y al ruso le enorgullece esta transgresión. Putin le hace sentir fuerte de nuevo y en especial temido, sin importar el rechazo. Aunque en Rusia manden a los críticos a la cárcel por supuestamente evadir impuestos o asesinen a los periodistas que denuncian los atropellos del gobierno.
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