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SECRETOS EN EL CAIRO

Sobreviviendo en "La ciudad de la basura"

Todos los residuos de El Cairo van a parar al barrio Manshiat Násser, un lugar donde la gente vive de la basura, sufre la falta de agua y la contaminación extrema, y oculta su realidad por vergüenza

EL CAIRO.- RICARD GONZÁLEZ
Especial

"Usted que tiene acceso a gente importante, ministros, secretarios generales, por favor, explíqueles cuán necesario es para nosotros que nos traigan agua corriente", suplica Gamal, un obrero de 60 años que tiene con sus amigos en un pequeño café. "Ayer pagué 410 libras (54,5 dólares) para comprar dos tanques de agua, que nos duran unos 10 días. Y sabe lo más indignante, que encima el Gobierno envía un funcionario a cobrar el recibo del agua", protesta.

Cerca del 40% de los habitantes de El Cairo viven en las llamadas ashuaia, suburbios construidos por los inmigrantes con sus propias manos y que no cuentan servicios tan básicos como el agua corriente o la electricidad. En el barrio Manshiat Násser, el agua es especialmente necesaria. Conocido popularmente como "La ciudad de la basura", es una especie de vertedero urbano donde van a parar la mayoría de residuos que produce El Cairo, una megalópolis de más de 20 millones de personas.

Allí, el olor es espantoso y la basura es omnipresente en cualquier lado. Manadas de cabras pasean tranquilamente por las calles, oliendo las bolsas de residuos rotas en busca de restos orgánicos.

Este arrabal es un ejemplo de hasta dónde puede llegar la degradación de la vida en una gran urbe de un país subdesarrollado. Pero a la vez es un monumento al ingenio humano, al instinto de supervivencia. No en vano, sus habitantes, conocidos como zabalín ("basureros", en árabe) han conseguido una auténtica proeza: reciclar cerca del 80% de la basura que recogen -las empresas occidentales consideran un éxito reciclar el 30%.

Trabajo organizado

La comunidad de zabalín forma una especie de gran familia, con una eficiente división del trabajo. Al amanecer, los más jóvenes pasan por las viviendas de El Cairo a recoger la basura; las mujeres y los niños la separan en una docena de materiales diferentes; y los hombres, en los talleres, la transforman en materia prima.

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Los zabalín viven casi exclusivamente de la venta de los desechos reciclados. Cada material se somete a un proceso industrial diferente en los hornos y prensas especializadas distribuidos por el barrio. Sus materias primas abastecen fábricas egipcias e incluso algunas extranjeras de países tan lejanos como China. Del material que no pueden transformar, hacen objetos de artesanía.

Aunque su labor es imprescindible para una megalópolis como El Cairo, no reciben ni un céntimo de las autoridades. Y de las comunidades de vecinos, tan sólo una cifra simbólica: unos 50 céntimos de dólar al mes por edificio. Los sueldos varían en función del lugar que cada uno ocupa en la cadena de producción.

Los adolescentes, que cargan en la espalda enormes sacos de casi dos metros de largo, ganan unas 800 libras al mes (110 dólares), una remuneración similar a la de las mujeres. El trabajador de un horno cobra unas 1.100 libras al mes (150 dólares), por debajo de las 1.500 libras de sueldo medio de un obrero no calificado en una fábrica.

Vida al límite

"Aunque me levanto cada día de madrugada y mi jornada es de unas 12 horas, apenas llego a fin de mes", masculla Gamal. La vida también es dura para Camille, un hombre de 38 años, ojos pequeños. Él debe hacerse cargo de sus cuatro hermanos pequeños y de su padre, que es inválido. Su trabajo consiste en fundir latas para convertirlas en moldes de aluminio. Su "horno" es un solar vallado por unas paredes ajadas.

Dentro, las latas de refrescos se amontonan por el suelo desordenadamente, formando pequeñas pilas. La media docena de operarios no lleva ningún tipo de protección, más allá de vaqueros gastados, camisetas ennegrecidas, y chancletas. Cualquier normativa de protección laboral aquí suena a quimera.

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Para romper con el gris del paisaje, algunos vecinos han decorado sus balcones con representaciones de Jesucristo, la Virgen y el patriarca, copto hechas con unos colores muy vivos. Se calcula que un 90% de los zabalín son devotos cristianos llegados hace siete décadas del sur Egipto huyendo de la pobreza.

Un estigma

La existencia de "La Ciudad de la basura" constituye una vergüenza para buena parte de los cairotas. "En la escuela, que está en otro barrio, mis hijos mienten sobre su residencia. Para ellos es un estigma. Un día me dijeron que haber nacido aquí es un pecado que no se puede purgar en vida", comenta con dolor Mariana, de 35 años y madre de tres hijos.

"Para nosotros, las mujeres, la falta de agua es una pesadilla. ¿Cómo pueden mis hijos librarse de las burlas de sus compañeros de clase por su condición de zabalín si no van limpios a la escuela?", se pregunta.

Junto con el agua corriente, la otra gran petición de los zabalín es un hospital público. "Nos hace mucha falta. La gente, y sobre todo los niños, cae enferma muy a menudo entre tanta basura y virus", se queja Morice, un anciano.

Además de las bacterias, también son habituales las enfermedades en los pulmones provocadas por la polución. El aire que se respira en el suburbio no sólo es pestilente, sino muy denso. Se puede sentir en las entrañas las partículas tóxicas generadas por la combustión de los residuos.

Los cerdos ayudaban

La suciedad en "La ciudad de la basura" y en todo El Cairo es mayor desde que en 2009 el Gobierno de Hosni Mubarak ordenó sacrificar todos los cerdos del país, presuntamente, para evitar el contagio de la gripe A. Pero los zabalín están convencidos de que eso fue una excusa, y que la verdadera razón fue su intolerancia religiosa.

Los cerdos, rechazados por el islam, constituían un elemento fundamental en la cadena de reciclaje, ya que se comían los residuos orgánicos.

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Ahora, los restos de comida se pudren en las calles de la megalópolis. Mientras transitan de vuelta hacia el suburbio con la colecta diaria, ya sea en camionetas o en carros tirados por escuálidos asnos, los jóvenes zabalín se deshacen de la basura orgánica tirándola al suelo.

Paisaje religioso

Para romper con el gris del paisaje, algunos vecinos han decorado sus balcones con representaciones de Jesucristo, la Virgen y el patriarca, copto hechas con unos colores muy vivos. Se calcula que un 90% de los zabalín son devotos cristianos llegados hace siete décadas del sur Egipto huyendo de la pobreza.

Las señales de su religiosidad son evidentes en los pósters descoloridos de Jesucristo que adornan portales y cafés o las maquetas de iglesias colgadas de los balcones. Algunos incluso graban su fe en la piel, tatuándose una cruz en la muñeca. Otros prefieren símbolos más ostentosos, como en Camille, que luce un San Jorge en su fornido bíceps derecho.

El principal eje de la vida social del barrio es la catedral de San Simón el Curtidor. Con aforo para unos 20.000 fieles, está considerada la iglesia más grande de Medio Oriente. El recinto está excavado dentro de una colina, en el mismo lugar donde la leyenda cuenta que San Simón obró el milagro de mover la montaña para mostrar al califa Al-Mueiz la fortaleza de su fe. Durante la misa, hombres y mujeres se sientan separados, pues esta es una comunidad profundamente conservadora.

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