Hay una frase que se repite en todas las discusiones sobre Irán y dice que el país no se rinde nunca. Se pronuncia con la seguridad de quien enuncia una ley de la física y no una conjetura sobre seres humanos. Sin embargo, los regímenes que nunca se rinden abundan en los discursos y escasean en la historia.
El arte antiguo del sitio
Un análisis preciso para contar las cosas como son
Para juzgar si la frase es cierta alcanza con escuchar lo que el propio régimen dice cuando habla de sí mismo. En agosto de 2026 el líder supremo de Irán prohibió a sus funcionarios el uso de lo que llamó discurso desalentador. Este les vedó, además, ciertos pares de palabras que consideró divisiones artificiales, como guerra o negociación y compromiso o belicismo. Un gobierno seguro de su destino no necesita prohibir términos, estas restricciones las son el termómetro de los sistemas que se saben febriles.
Estos funcionarios le dieron la razón al prohibir estas palabras. El presidente del Parlamento, uno de los hombres más poderosos del país, admitió en público que ningún poder militar sostiene a un Estado si la gente pasa hambre y la economía no funciona. Mohammad Baqer Qalibaf dijo con todas las letras que el sistema no perdura sin economía. Días después la vocera del gobierno confesó algo todavía más revelador cuando explicó que ciertas estadísticas de pobreza no pueden publicarse por consideraciones de seguridad y que su difusión requiere el permiso del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Un país que clasifica sus cifras de pobreza como secreto militar mide algo que le da miedo, en realidad, teme a la gente que ese número describe.
La calle confirma lo que las cifras ocultas insinúan. En las estaciones de servicio de Irán se forman colas de kilómetros, la gente espera horas y muchas veces llega al surtidor cuando ya no queda gasolina. Los conductores sospechan que las autoridades estiran el combustible con agua y con metanol, porque los motores fallan después de cargar. El dólar, la medida universal del pánico, superó los 2.000.000 de riales y la inflación anual ronda el 88%. Unos 60.000.000 de iraníes, en un país de 92.000.000, viven bajo la línea de pobreza según estimaciones que circulaban antes del secreto oficial.
Nada de esto ocurre por azar. A Irán le aplicaron el arte más antiguo de la guerra, que no es la batalla sino el sitio, y desde abril de 2026 un bloqueo naval cierra todos los puertos oceánicos iraníes. La idea es de una simplicidad medieval, ya que no entra ni sale nada. El almirante que dirige el comando militar estadounidense para la región explicó la lógica de la operación con dos números. Según su estimación, el 90% de la economía iraní depende del comercio marítimo, y el bloqueo paralizó ese comercio en un día y medio. Las exportaciones de petróleo, que son la sangre del régimen, cayeron desde casi 2.000.000 de barriles diarios hasta menos de 300.000.
Los escépticos del sitio señalan las filtraciones. Irán tiene una costa sobre el mar Caspio, donde ninguna flota extranjera puede operar, y por allí comercia con Rusia. Existe además un corredor terrestre y ferroviario que une a los dos países. El argumento suena mejor de lo que rinde porque los puertos del Caspio mueven una fracción mínima de lo que pasaba por el Golfo Pérsico. Entre tanto, el corredor con Rusia tiene tramos ferroviarios sin construir y Moscú es un socio empobrecido por su propia guerra. Cuando a una casa le clausuran la puerta de calle, la ventana del sótano permite sólo sobrevivir.
Sobrevivir y gobernar son cosas distintas. Corea del Norte demuestra que un régimen puede durar décadas sobre una economía muerta y Cuba ofrece otra variante de la misma lección. Quien espera que el sitio produzca una rendición por hambre confunde el instrumento con su mecanismo. El sitio no necesita empujar a Irán al colapso inmediato, sino algo más paciente como subir sin pausa el precio de conservación del poder. Hasta hace poco el régimen iraní pagaba al mismo tiempo sus dos facturas, la del contrato social y la de la coerción. El dinero que compraba calma con subsidios y el que financiaba el aparato de seguridad salían de la misma caja. El sitio convierte esas dos compras en rivales. Cada rial que se destina a reprimir deja de financiar la tranquilidad, y cada rial invertido en calma llega a expensas de los hombres armados sosteniendo el sistema.
Ese dilema tiene un escenario concreto, y es el subsidio a la gasolina. Irán vende el combustible a su población a precios irrisorios, y ese regalo es uno de los últimos contratos que unen al régimen con su gente. En 2019 el gobierno intentó un recorte con un aumento de precios. La respuesta fue el levantamiento más grande en la historia de la República Islámica, con protestas en más de 100 ciudades. El régimen lo aplastó a tiros y bajo un apagón total de internet. Las cifras de muertos oscilan entre varios cientos según los organismos de derechos humanos y unos 1.500 según las fuentes más altas. Hoy el Estado iraní, con una devaluación del 50% en un año, ya no puede pagar aquel subsidio. Si lo mantiene se funde, pero si lo corta sabe qué incendia, tras verlo en una economía menos rota y una población menos furiosa que en la actualidad. Los represores lo saben, y en una grabación filtrada que difundió la prensa iraní del exilio, mandos de la milicia del régimen sopesan la llegada de una nueva ola de protestas y el riesgo de que sus miembros sean identificados en las redes. El miedo ya no es solo de los ciudadanos hacia el Estado, ahora circula en la dirección contraria.
Los sitios son lentos por definición y este lleva pocos meses. No hace falta suponer que los ayatolás dejaron de ser fanáticos, porque el fanatismo y la contabilidad conviven sin problema y hasta el más fanático de los regímenes administra inventarios, cuenta sus divisas y calcula cuánta gasolina necesitan sus milicias. Por otra parte, la ideología determina cuánto sufrimiento soporta un régimen, no determina cuánto combustible posee, ni cuánto tiempo puede pagar un aparato represivo. Los que repiten que Irán no se rinde nunca describen la voluntad de unos pocos hombres. El bloqueo no discute con esa voluntad, sino con la aritmética. Y esta, a diferencia de los ayatolás, no tiene ideología ni paciencia.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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