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OPINIÓN

El buen salvaje y el ciudadano woke

No deja de ser paradójico que una filosofía que pretendía liberar al hombre terminara alimentando algunos de los proyectos políticos más coercitivos de la modernidad

Por JUAN CARLOS AGUILERA P

Jean-Jacques Rousseau no inventó la idea de que el hombre es naturalmente bueno, pero fue quien le dio la forma intelectual que terminaría transformando buena parte de la cultura política moderna. Desde entonces, la idea de que el ser humano nace naturalmente bueno y es la sociedad la que lo corrompe, ha adquirido carta de ciudadanía. Por consiguiente, si el mal no está en el hombre, entonces debe encontrarse en las instituciones, en las tradiciones, en la familia, en la religión, en la cultura heredada o en cualquier forma de autoridad.

Esa tesis, formulada en el siglo XVIII, ha sobrevivido a las revoluciones, a las guerras mundiales y al derrumbe de los grandes sistemas ideológicos. Hoy reaparece con un nuevo lenguaje en la cultura woke. Han cambiado los conceptos, pero permanece la misma estructura intelectual. El problema ya no sería el pecado, la fragilidad humana o la responsabilidad personal, sino un sistema de opresiones que habría deformado una naturaleza originalmente inocente.

En Rousseau, el hombre natural vive en armonía consigo mismo. No es un ser virtuoso porque haya conquistado la virtud, sino porque todavía no ha sido contaminado por la civilización. La propiedad, el prestigio social y las instituciones serían los verdaderos responsables del egoísmo. La historia aparece así como un proceso de degradación.

No deja de ser paradójico que una filosofía que pretendía liberar al hombre terminara alimentando algunos de los proyectos políticos más coercitivos de la modernidad. Si el individuo es bueno y la sociedad lo corrompe, entonces bastará reconstruir la sociedad para regenerar al hombre. La política deja de reconocer límites y adquiere una misión casi redentora.

La cultura woke hereda precisamente esa lógica. El individuo es presentado como una víctima de estructuras invisibles de poder: patriarcado, colonialismo, racismo sistémico, heteronormatividad, privilegio, supremacía cultural. El mal ya no reside en decisiones concretas ni en conductas personales, sino en sistemas abstractos que atraviesan toda la vida social.

Por eso el lenguaje woke habla mucho de privilegios y muy poco de virtudes; mucho de identidades y muy poco de carácter; mucho de derechos y casi nada de deberes.

La consecuencia resulta evidente. Si toda conducta puede explicarse por condicionamientos estructurales, la responsabilidad moral pierde relevancia. Las personas dejan de ser agentes libres para convertirse en productos de relaciones de poder. Ya no importa tanto lo que alguien actúa como el lugar que ocupa dentro del mapa de las opresiones.

Esta visión termina produciendo una profunda infantilización de la ciudadanía. Si el individuo siempre es una víctima, nunca necesita examinar críticamente su propia conducta. Siempre habrá un responsable externo: la cultura, el lenguaje, la historia, el capitalismo, la religión, el colonialismo o cualquier otro, según ellos, constructo colectivo.

Rousseau había desplazado el origen del mal desde el corazón humano hacia las instituciones. El pensamiento woke completa el recorrido trasladándolo hacia la cultura misma.

Sin embargo, la experiencia histórica parece enseñar exactamente lo contrario. Las sociedades más libres no son aquellas que suponen la bondad espontánea del hombre, sino aquellas que conocen sus límites. La tradición clásica y cristiana jamás negó la dignidad humana; simplemente recordó que libertad y fragilidad caminan juntas.

De ahí nacieron instituciones destinadas no a fabricar hombres nuevos, sino a ayudar a hombres reales: la familia, la escuela, el comercio de bienes, las asociaciones libres, la Iglesia y la comunidad política.

La cultura woke contempla muchas de estas instituciones con sospecha permanente. Las considera mecanismos de reproducción del poder antes que espacios de transmisión de bienes humanos fundamentales.

Cuando todo el pasado aparece como una estructura opresiva, el presente queda condenado a una revolución permanente. Cada generación deberá deconstruir la anterior, cada palabra será objeto de vigilancia y cada símbolo será sometido a juicio moral.

No sorprende entonces que el activismo cultural dedique enormes energías a modificar el lenguaje, reescribir la historia o derribar monumentos. Si el mal habita en la cultura, la cultura debe ser purificada continuamente.

Roger Scruton observó que una cultura se conserva cuando aprende a amar aquello que ha recibido antes de intentar transformarlo. La civilización no nace de la sospecha permanente, sino del agradecimiento crítico. Solo quien reconoce bienes heredados puede mejorarlos sin destruirlos.

La tradición occidental nunca sostuvo que el hombre fuera perfecto. Tampoco afirmó que toda institución fuera irreprochable. Su originalidad consistió en comprender que tanto las personas como las comunidades necesitan educación moral, responsabilidad y prudencia. No basta con cambiar las estructuras; es necesario formar el carácter.

Rousseau quiso liberar al hombre devolviéndolo a una inocencia originaria. La cultura woke persigue un objetivo semejante mediante la llamada deconstrucción de la civilización heredada. Sin embargo, la historia muestra que ninguna sociedad se fortalece negando la complejidad de la naturaleza humana. La libertad florece allí donde se reconoce que el hombre posee una dignidad inmensa, pero también una permanente necesidad de verdad, virtud y educación.

Porque una cultura que olvida la responsabilidad personal, contando con los demás, termina culpando siempre al mundo. Y cuando el mundo entero aparece como culpable, ya no queda nada que conservar, sino únicamente algo que destruir.

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