Hay épocas en que la verdad es perseguida y otras en que simplemente se la abandona. La nuestra parece haber elegido esta última forma de extravío, acaso más silenciosa y difícil de reconocer. Nunca hemos dispuesto de tantos medios para adquirir conocimientos, intercambiar ideas y hacernos escuchar. Sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrar lugares donde la verdad pueda ser buscada sin temor, reconocida con humildad y compartida como un bien que no pertenece exclusivamente a nadie.
El desamparo de la verdad
Algunas de las aventuras intelectuales más fecundas de la modernidad se desarrollaron fuera de las aulas universitarias
La verdad ha quedado desamparada. No porque haya dejado de existir, sino porque hemos abandonado progresivamente los vínculos humanos que permitían reconocerla, amarla y transmitirla. Le faltan amigos, maestros y testigos. Sobre todo, le faltan los guardianes de la memoria: aquellos que comprendían que la vida humana descansa sobre una herencia recibida y una responsabilidad hacia quienes todavía no han nacido.
Los antiguos sabían que ninguna civilización podía sostenerse únicamente mediante leyes, instituciones y procedimientos. Necesitaba también relatos, símbolos, tradiciones y mitos capaces de conservar las experiencias fundamentales de la existencia: el nacimiento y la muerte, el amor y el sacrificio, la fidelidad y la esperanza. El mito, en su sentido más noble, no era una simple evasión de la realidad. Ofrecía un lenguaje mediante el cual los hombres podían aproximarse a los misterios de un mundo que no habían creado y que jamás podrían poseer enteramente.
Sus guardianes eran los poetas, pero también los padres, los maestros y los ancianos. Custodiaban una memoria que no les pertenecía exclusivamente. Su tarea no consistía en inventar un pasado ni en aprisionar a los vivos dentro de él, sino en impedir que se interrumpiera la conversación entre las generaciones.
Platón comprendió la fecundidad de esos encuentros. Sus diálogos nos recuerdan algo que la filosofía académica siempre corre el riesgo de olvidar: el pensamiento nace en presencia de otro. Sócrates conversa en las calles, las casas, los gimnasios y los banquetes. Pregunta, escucha, contradice y somete sus propios argumentos a examen. La verdad no es producto del acuerdo ni depende del número de quienes la aceptan. Sin embargo, su búsqueda requiere personas dispuestas a reconocer que todavía tienen algo que aprender.
Quizá por eso algunas de las aventuras intelectuales más fecundas de la modernidad se desarrollaron fuera de las aulas universitarias.
En Oxford, J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis y los demás Inklings se reunían para leer manuscritos, intercambiar ideas y cultivar la amistad. El Eagle and Child, uno de sus lugares habituales de encuentro, fue testigo de conversaciones en las que la literatura, la imaginación, la filosofía y la teología podían encontrarse sin necesidad de un programa académico.
La importancia de aquellas reuniones excedía ampliamente las obras que surgieron de ellas. Expresaban una forma de vida intelectual en la que la amistad permitía discrepar sin destruir el afecto. Cada cual aportaba algo original a la conversación. No se trataba de una competencia por imponerse ni de una ceremonia en la que todos debían repetir las mismas convicciones. Era una aventura compartida en la que la imaginación y la razón se enriquecían mutuamente.
Hay aquí una enseñanza que nuestra época parece haber olvidado.
Los verdaderos filósofos no se encuentran necesariamente en las facultades de Filosofía. Pueden estar sentados en un bar, una librería, un pequeño café o alrededor de una mesa familiar, cuando una pregunta inesperada interrumpe el curso ordinario de la conversación. También pueden encontrarse, naturalmente, en las universidades, siempre que estas permanezcan fieles a su vocación. Pero una facultad de Filosofía puede convertirse en un lugar donde las doctrinas se repiten interminablemente, las especialidades se administran cuidadosamente y el conocimiento de los pensadores célebres se confunde con el ejercicio mismo de pensar.
La filosofía comienza con el asombro ante la realidad, no con la adhesión a una moda intelectual. Exige la libertad de seguir un argumento hasta sus últimas consecuencias, incluso cuando estas resultan incómodas para nuestras preferencias.
Los libros pertenecen a esta misma comunidad de búsqueda. Algunos poseen la extraordinaria virtud de hablarnos de nosotros mismos antes de que hayamos aprendido a comprender quiénes somos. Al leer a Homero, san Agustín, Cervantes o Dostoievski descubrimos que nuestras inquietudes más íntimas han acompañado a innumerables generaciones. Los muertos se convierten en nuestros contemporáneos, no porque la historia haya dejado de importar, sino porque las grandes preguntas de la existencia humana sobreviven a las circunstancias en que fueron formuladas.
Leer es, en este sentido, un ejercicio de amistad. Nos libera del encierro del presente. Una civilización que deja de leer no pierde simplemente una costumbre cultural. Pierde progresivamente la capacidad de reconocerse en la experiencia de los demás. Privada de memoria, comienza a confundir la novedad con la verdad.
Este abandono tiene también profundas consecuencias políticas.
En abril de 2005, poco antes de ser elegido pontífice, Joseph Ratzinger advirtió sobre una «dictadura del relativismo» que no reconoce nada definitivo y convierte al propio yo y sus deseos en la medida última de todas las cosas. Su advertencia señalaba una transformación cultural cuyas consecuencias se han hecho cada vez más visibles.
Cuando comienza a desaparecer la confianza en una realidad común, anterior a nuestras preferencias, la vida pública deja de orientarse hacia el reconocimiento de bienes compartidos. Se convierte en una lucha entre voluntades contrapuestas. La libertad se confunde con la capacidad de imponer los propios deseos, mientras el reconocimiento de los demás depende cada vez más de su pertenencia a determinados grupos.
El identitarismo, cuando transforma la pertenencia colectiva en criterio supremo de verdad y autoridad moral, intensifica esta fragmentación. El ciudadano desaparece detrás de la categoría que lo define. Las diferencias que podrían enriquecer la vida común se convierten en fronteras que separan comunidades cada vez más recelosas entre sí.
Las ciudades comienzan a parecerse a enclaves ideológicos. Sus habitantes comparten calles, transportes, servicios públicos e instituciones, pero pierden progresivamente la convicción de pertenecer a una empresa política común. Sobrevive la proximidad física mientras declina la amistad cívica.
Para Aristóteles, la comunidad política no era simplemente un acuerdo destinado a proteger intereses individuales. Pertenecía a la realización de la naturaleza humana. El hombre era un ser político porque sus capacidades solo podían desarrollarse plenamente en una vida compartida con otros.
Por eso, la amistad cívica resultaba indispensable. No exigía uniformidad de opiniones ni eliminaba las legítimas diferencias entre las personas. Nacía del reconocimiento de que ciertos bienes merecían ser buscados y protegidos conjuntamente.
Esta amistad no debe confundirse con un colectivismo ideológico que subordina la persona a la identidad de un grupo. Una comunidad auténtica no extingue la individualidad. Por el contrario, ofrece el ámbito humano donde cada uno puede desarrollar sus talentos particulares y contribuir a una realidad que lo supera.
La ciudad pertenece también a quienes han muerto y a quienes todavía no han nacido. Sus iglesias, plazas, calles, bibliotecas y monumentos conservan la memoria de vidas anteriores a la nuestra. Habitamos un mundo que no hemos construido desde la nada. Cada generación recibe una herencia de la que deberá responder ante sus sucesores.
Cuando olvidamos esta continuidad, la ciudad deja de ser un hogar y se convierte en un territorio disponible para el consumo, la ocupación y la disputa política.
El desamparo de la verdad revela, por tanto, un extravío más profundo: la pérdida de nuestra familiaridad con la propia realidad.
Consideramos cada vez más el mundo no como algo que debemos descubrir, comprender y amar, sino como un material sobre el cual imponer nuestras preferencias. Olvidamos que las cosas poseen una naturaleza independiente de nuestros deseos y que la libertad humana alcanza su plenitud no mediante el ejercicio arbitrario de la elección, sino a través del reconocimiento y la búsqueda del bien.
Platón comprendió que la belleza ofrece un camino privilegiado hacia ese reconocimiento. En El banquete, Diótima enseña a Sócrates que el amor está vinculado con la fecundidad y con el deseo de engendrar en la belleza. El encuentro con lo bello despierta el alma y la conduce más allá de sí misma. La belleza no es simplemente una sensación agradable. Revela una dimensión de la realidad que invita a la contemplación y hace posible la creación intelectual, moral y espiritual.
Quizá por eso la poesía conserva tanta importancia cuando el mundo parece oscurecerse.
En Lead, Kindly Light, John Henry Newman suplica ser conducido por una luz bondadosa en medio de las tinieblas. No exige conocer anticipadamente todo el camino. Le basta un paso. Su oración expresa la humildad de quien ha descubierto que no puede proporcionarse a sí mismo toda la luz que necesita.
En Bright Star, John Keats contempla la firmeza de una estrella y descubre en su permanencia una imagen de aquello que el corazón humano anhela conservar. Sin embargo, no desea la soledad del astro. Aspira a permanecer junto a la persona amada, reuniendo el anhelo de permanencia y la ternura de la existencia mortal.
Newman y Keats hablan desde horizontes espirituales diferentes, pero ambos nos recuerdan que el hombre no puede vivir solamente de lo inmediato. Necesita algo que permanezca más allá de sus estados de ánimo, sus deseos pasajeros y las circunstancias cambiantes de la vida.
Aleksandr Solzhenitsyn dio a esta experiencia una expresión más trágica cuando recibió el Premio Templeton en 1983. Al reflexionar sobre la catástrofe que había arrasado Rusia, recordó una explicación que había escuchado de los mayores durante su infancia: los hombres se habían olvidado de Dios.
Su juicio no eximía de responsabilidad a personas, instituciones o movimientos políticos. Reconocía, más bien, la profundidad espiritual de una tragedia en la que la ideología había reclamado para sí la autoridad de la verdad y sacrificado vidas humanas en nombre de una promesa de redención terrenal.
Cuando Dios desaparece del horizonte cultural, el hombre corre el riesgo de olvidar sus propios límites. La política puede convertirse en una religión sustitutiva, la ideología en una explicación absoluta de la existencia y el poder en un instrumento mediante el cual se pretende alcanzar la salvación.
Esto no significa que quienes no creen sean incapaces de reconocer la verdad, practicar la virtud o construir comunidades admirables. Significa que una civilización que excluye sistemáticamente la trascendencia corre el riesgo de perder el lenguaje con el que alguna vez reconoció que el poder humano no es absoluto ni ilimitado.
El desamparo de la verdad es, por tanto, algo más que una crisis intelectual. Es una ruptura de nuestra relación con la realidad, con los demás, con las generaciones pasadas y futuras y, finalmente, con Dios.
La respuesta quizá no comience mediante grandes programas de reconstrucción cultural. Puede surgir de algo mucho más sencillo: recuperar el arte de la conversación, abrir nuevamente un libro olvidado, escuchar la sabiduría de los ancianos, cultivar las amistades, habitar nuestras ciudades como una herencia recibida en custodia y aprender otra vez a contemplar la belleza sin pretender poseerla.
La verdad necesita guardianes, pero no propietarios. Necesita hombres y mujeres capaces de amarla sin convertirla en instrumento de poder y de defenderla sin olvidar la dignidad de quienes todavía no han logrado reconocerla.
Quizá la verdad no se encuentre tan lejos como imaginamos. Puede seguir esperando en una conversación interrumpida, en un libro olvidado, en una amistad que hemos descuidado o en una luz que continúa brillando aunque nuestros ojos se hayan acostumbrado a la oscuridad.
Porque no es la verdad la que nos ha abandonado. Somos nosotros quienes debemos encontrar nuevamente el camino de regreso.
NULL
