Juliana no tiene ni recuerdos venezolanos, por mucho que exprima su mente solo consigue imaginar su actual espacio. Pero no se molesta, más bien esto le sirve para argumentar su aspiración gringa, su deseo de que le reconozcan los 14 años que lleva viviendo en los Estados Unidos.
El libro de Teresa
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
Juliana repasa su situación mientras yace, completamente desnuda, en un colchón ajeno. Es todo equilibrio, evitando moverse, para no despertar al hombre de poco pelo, que ronca a su lado: un tipo deforme y solterón, sobre todo solterón, a pesar de estar navegando en la tercera edad.
Ella le ha dado la espalda intencionalmente, a riesgo de que lleguen los calambres en el único costado que apoya. Prefiere lucir congelada, mientras se recupera del escarceo reciente, que no la ha dejado cansada sino asqueada. Quiere evitar que el amante se reincorpore y le exija un segundo round, obligándola nuevamente a simular la pasión que tanto le cuesta disfrazar.
Su plan B, así le decía, pero con los ruidos actuales se ha convertido en su única opción, en su esperanza para poder legalizarse: un proyecto que marcha mucho más lento de lo que necesita. Pero a falta de otro propósito, se obliga a respetar estos encuentros; dos veces por semana: una estafa múltiple donde ella finge amor y el falsea sus dotes de amante.
El viejo, como lo llama su madre, es ciudadano desde los años 80 y ha dejado ver, alguna que otra vez, la posibilidad de casarse con Juliana para evitar que la deporten, para retenerla como juguete de lujo.
Y ella aceptó el desafío, aunque su madre la llamara puta, aunque no acabe de presionar lo suficiente como para concretar la transacción, un business latente desde la primera vez que accedió a desnudarse.
Ella y su madre son ilegales. Ya no tienen TPS y las esperanzas de conseguir una residencia o un asilo son cada vez más esquivas.
Para colmo de males ahora trajeron preso a Maduro y lo que debía ser una gran alegría solo ha conseguido aumentar su preocupación, como si al derrotar al dictador también la hubieran derrotado a ella, o a su sueño americano, que ya iba de capa caída.
“Oye lo que dice la bonita”, recuerda que así fue como su madre identificó a la secretaria de seguridad nacional, “resulta que los que perdieron el TPS pueden presentarse para un asilo político”, pero de inmediato la madre descalificó esta opción, dijo que no tenían como justificarla, “nosotros huimos por pendejos”, sentenció su madre, “aquí no hay nada político, tu difunto padre tenía tremendo miedo, solo eso, nos largamos por falta de testosterona, ni siquiera se habían metido con nosotros… que tampoco teníamos muchas mariqueras para que nos quitaran”.
Juliana no se acuerda, vino muy chiquita, aquí fue que progresó y forjó la hermosa figura con que deslumbró al solterón mientras coincidían a bordo de la escalera del edificio. Hoy se da cuenta de la mirada lasciva del tipo la fue sopesando, día tras día, mientras crecía.
“Venezuela es hoy más libre que ayer”, dijo Kristi Noem en televisión, (la bonita; como la identifica su madre), mientras celebraba la captura de Maduro, dejando ver que ya podían preparar sus maletas para regresar al país al que la asocian a la fuerza. Como si fuera tan fácil renunciar a sus estudios, a su trabajo, a su casa, a sus angustias.
Como si pudiera borrar la esperanza de que su madre descanse, que por fin se retire de esa cocina típica venezolana donde se envuelve en harinas y carnes pepeadas desde hace tantos años.
“Tu camino más corto es también el más sucio”, su madre le dice a cada rato, mientras la amenaza con recoger “sus cuatro mierdas” y amanecer en Caracas, “¿debajo de que puente piensas vivir mamá, porque no tenemos ni donde caernos muertas”, le contraataca ella, “ah y hablando de muertes, si me caso puede que enviude muy pronto, ¿Quién sabe?”, trató de bromear y solo consiguió otro reproche de su madre, “prostituta y para colmo monstruo”, así la llamó.
Juliana rememora perderse en un laberinto de justificaciones para negar la calificación materna, argumentando que nunca cobra, que hasta ahora es de oficio que abre las piernas y que nadie se imagina el trabajo que pasa para abstraerse cuando el viejo le pide que se suba a cabalgar porque no puede con el esfuerzo.
“Mamá tú cocinas arepas, yo cocino mi futuro, un plato lento, amargo y complejo, que no cuaja a pesar del fuego constante y del asco que me provoca. Créeme que también pienso en tu felicidad cuando me desnudo”. Ahora, en el silencio forzado de la cama, recuerda que la madre lloró, diciendo que prefería morirse de tristeza, como murió su padre extrañando a Venezuela, pero ella dice que su muerte sería por extrañar a su hija, la de verdad, la de antes de esta locura.
Juliana tiene claro que se le acaba el tiempo, que es hora de presionar al viejo, de arrastrarlo ante el notario, incluso si hay que firmar esa declaración de separación de bienes, aunque fuera injusto que no heredara nada luego de “habérselo disparado por tantos años”, como dice su madre.
La otra que lloró fue Teresa, su única amiga, cuando se enteró del pantano en que se hundía dos veces por semana: venían de la universidad cuando se atrevió a contarle para pedirle consejos. Teresa se paró en medio de la calle, lagrimeando y llamándola “una Duras a la inversa”, por algún libro que se había leído en el que la protagonista, cree recordar, se prostituía por orden de la madre. “aunque en tu caso lo de la madre sobra”, así le dijo antes de aconsejarle que escapara de ese torbellino. ¡Ni que su vida fuera tan fácil como un libro!
“De hoy no pasa”, Juliana se declara en ofensiva y sin poderse controlar comienza a sollozar, bajito, respirando por la nariz, tratando de no romper el equilibrio de su desnudez. Ella misma es ahora el tercer llanto que se acumula en su tragedia, en su fuga laberíntica hacia la supuesta legalidad.
Aun con todas sus precauciones el viejo se despertó. Ella sigue de espalda, más lo presiente: girándose hacia la mesita de noche para agarrar el spray contra el mal aliento. Luego del fruu habitual del aparatico lo siente carraspear para limpiar la flema que los ronquidos llevaron a su garganta.
Ahora sabe que se voltea hacia ella, percibe el ruido de las sábanas y el movimiento del colchón mientras se arrastra. Finalmente siente su mano, deforme por la artrosis, acariciándole las nalgas, “mi amor”, le dice en un susurro que intenta ser erótico. Ella siente el dejo del mentol del spray y le da más asco, ¿Cómo haría la Duras esa del libro de Teresa?, se pregunta y concluye que quizás se lo deba leer.
“De hoy no pasa”, insiste y arranca a gimotear, ya en modo sonoro, sin disimular, todavía de espaldas al horror, demorando por unos segundos el nuevo encuentro, la natilla que no cuaja, a pesar de tanto tiempo al fuego, de tantos años meneando la olla.
“De hoy no pasa” vuelve a decirse y se da vuelta, enjugándose las lágrimas, resignándose otra vez al enfrentamiento de sus carnes tersas ante la corrupta flacidez en que ha convertido su sueño americano.
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