Contra esta sencilla mujer cayó la batería sucia del oficialismo. ¿La razón? Decir una verdad que circuló en redes: “Me llamaron vieja, dijeron que me pagaron y que todo era un show. No lo es. No es un show, son nuestros muertos que tenían familia. Y entonces viene Delcy Rodríguez a decir que el que quiera apartamento tiene que ser por captahuellas. CDM. ¿Por qué no activaste el plan de captahuellas para reconocer los cadáveres de nuestros familiares? ¡Aquellos cadáveres que enterraste por allá arriba sin saber quiénes son! Y viene Jorge Rodríguez a decir que en medio de este dolor que no puede pensar ni en un CNE ni en elecciones libres. ¡Pues nosotros queremos elecciones libres! ¡Queremos un CNE nuevo! Te necesitamos María Corina”.
El miedo quedó sepultado
La tragedia en La Guaira expuso la inacción y la crueldad del régimen ante la desidia de los hermanos Rodríguez.
Un rescatista mexicano de regreso a su país explotó con la verdad apenas se sintió a salvo: “… los del Ejército solo están preocupados de robar, no les importa sacar personas vivas. Esta es la peor tragedia que he visto, no por el terremoto, sino por la negligencia. El gobierno de Venezuela es tan asqueroso que falló en darles la mínima ayuda, ni siquiera para quedar bien ellos. Lo que Venezuela necesita es un cambio de régimen porque con este gobierno no se puede. Es un país en cenizas”.
Las redes explotan con imágenes de venezolanos que lo han perdido todo. Rostros adoloridos y desesperados que gritan solicitando ayuda para remover escombros de lo que fueron sus casas bajo los cuales están sus seres queridos. Y entre esos bloques solo removibles con máquinas que al régimen no le da la gana de enviar, los venezolanos también han sepultado el miedo. Por eso Delcy no baja a La Guaira, no se atreve.
Esta tragedia ha dejado imágenes imborrables y aleccionadoras. La mujer que confrontó a Nicolás Maduro Guerra con esta frase: “todos ustedes tienen que ir presos; yo no perdí una cocina, perdí una hija”; y la señora que le arrebató a funcionarios armados un botín rescatado en una caleta, y ella, que probablemente nunca había tocado tanto dinero en efectivo, rompió uno a uno fajos de billetes de cien dólares que una vez destruidos caían como basura al piso, mientras otras como ella celebraban; y la delgadísima mujer enfrentando a decenas de militares uniformados parados impasibles cual espectadores y ella: “¡Si no van a ayudar se van!”.
Cualquier calificativo es insuficiente para describir esa fuerza, esa potencia, ese poder que es solo equiparable con su dolor.
“Falta corazón, ayuda, conciencia”, acusa con dolor contenido, otra venezolana.
“Aquí lo que se pide es que intervengan y saquen a esta gente del gobierno porque no tenemos garantía de que ellos vayan a hacer urbanismos seguros”, reflexiona otra mujer con serenidad.
Los hombres también están desgarrados. Se sienten responsables de su familia, sacan la fuerza de donde no la tienen, mientras su furia se acrecienta al constatar que maquinarias potentes están estacionadas frente a ellos y nadie las mueve, nadie las puede utilizar, porque nadie da la orden. No les da la gana de hacerlo, como si desearan que los sobrevivientes al terremoto murieran también.
Y una señora se pregunta con sabiduría: ¿Por qué para sacar oro sí hay máquinas? ¿y para ayudar en La Guaira no?
Los peores pensamientos en torno a los Rodríguez se han quedado cortos. Cuesta creer que solo es un problema de incapacidad.
Se han ganado el odio del pueblo, de la gente humilde, de los más necesitados que en Venezuela es una inmensa mayoría.
Interviene otra señora: “Quiero decirle a Diosdado Cabello y a la que está encargada del gobierno que lo que tienen contra nosotros es una venganza. Fíjense en todo lo que ha llegado, lo que nos han donado y para entregarlo todo es un tropiezo, mientras los militares no dejan de ver sus teléfonos.
“Aquí vienen todos los días los generales, oficiales, todo el mundo. Vienen con maldad a hacer daño, porque son malvados. Hoy a las 6 de la mañana un general ordenó activar la máquina para demoler a pesar de que hemos escuchado que allí está un niño, tenemos fe de vida. Habían llegado hace dos días a las diez de la noche y nos dijeron: le vamos a dar un plazo para que saquen al niño, si no lo sacan vamos a meter máquina. Es una orden de presidencia.
Le gusta a los del régimen sentirse emperadores apuntando con el pulgar hacia abajo.
Venezuela, la buena Venezuela tiene el alma destrozada, y la gente mala, muy mala, está en el poder.
Son tan miserables que los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez han tratado de aprovecharse de la tragedia que se llevó por delante miles de vidas y que arrasó con sus bienes. Intentan voltear la circunstancia a su favor evadiendo cualquier proceso electoral.
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