El silencio de los cubanos de la isla frente a los horrores del comunismo, lejos de romperse tras la muerte de Fidel Castro, continúa siendo el común denominador en las calles de La Habana y el resto de las provincias que conforman ese país caribeño, anestesiado por el régimen castrista durante los últimos 57 años.

Como es fácil de comprobar entre la gente que sigue bajo el mismo clima de represión al que los acostumbró el desaparecido líder de la “Revolución”, una especie de mutismo reina entre los cubanos que solo se atreven a denunciar en privado las deficiencias de un sistema de gobierno que ha llevado a la ruina a un país considerado del “primer mundo” antes del castrismo.

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En estos tiempos en los que el régimen teme un despertar activo de la disidencia, que cuenta con el respaldo del exilio, el manejo de las apariencias parece ser el derrotero de los cubanos que permanecen en la isla, conducta que se ha convertido en un patrón para garantizar una supervivencia lo menos problemática posible.

Señalar frente a una cámara de televisión los síntomas de un cáncer que hizo metástasis hace muchos años, puede ser considerado un acto de suicidio. En la mayoría de los casos, lo que se observa a través de los canales cubanos no es tan real como se cree, y en esa arena caen algunas personas que han aparecido en medios oficialistas dando gritos, casi convulsionando, a raíz de la muerte del dictador.

El cubano de la isla aprendió a llamar “bueno” las miserias que le provee el Gobierno, en contra de sus sentimientos reales. Muchos quisieran salir por las calles lanzando arengas de libertad, pero si lo hacen les espera una prisión sucia y oscura, y un letrero de “opositor” sobre el dintel del escrutinio social.

El cubano de Cuba y el cubano de Miami son dos grupos de seres nacidos de una misma madre territorial. Ambos son emprendedores y enfrentan luchas que finalmente saben resolver. Solo una les sacó arrugas y canas a los pioneros del exilio en los Estados Unidos: la permanencia vitalicia del castrismo en el poder.

Y mientras en la trinchera de Miami celebran la muerte de Fidel, en Cuba, los cubanos de la isla que se mantienen en pie con las migajas de un régimen llamado a desaparecer, están conminados a lamentar lo que por dentro también están festejando.

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