Una polémica persistente
¿Hasta cuándo le diremos "Salsa" a la música cubana?
Cuba, cuna indiscutible de estos géneros, es la matriz de expresiones musicales que hoy se consumen, celebran y reinterpretan a escala global
El debate sobre la música cubana y la denominación que ha adoptado bajo el rótulo de “Salsa” continúa suscitando controversia dentro de la comunidad musical. Mientras los cubanos reivindicamos con firmeza tanto el origen como la identidad de esta manifestación artística, otros sectores optan por una etiqueta que, aunque difundida por la industria, termina por diluir su raíz histórica y cultural.
El origen, sin ambages
En años recientes, figuras emblemáticas del movimiento salsero han reconocido sin rodeos que la música en cuestión nació en Cuba. Durante décadas, sin embargo, se sostuvo —con insistencia— que su procedencia era neoyorquina o incluso africana, borrando la mediación histórica y cultural de la isla. Tal afirmación resulta, cuando menos, imprecisa.
La música afrocubana, preservada desde el período colonial, se caracteriza por métricas compuestas, como el seis por ocho, abundantes polirritmias, melodías pentatónicas y un carácter antifonal, en el que el coro y el solista dialogan mediante preguntas y respuestas. En cambio, géneros bailables emblemáticos de la música cubana (son, mambo, cha-cha-chá y los géneros más recientes como el songo y la timba, etc.) se estructuran mayoritariamente en compases binarios y presentan desarrollos formales y estéticos diferenciados. Estas composiciones combinan melodías diatónicas y cromáticas, armonías simples y complejas, modulaciones y orquestaciones que integran instrumentos de la tradición sinfónica y autóctonos de la isla.
Un legado imposible de invisibilizar
No queda espacio para la duda: resulta imposible restar protagonismo, y mucho menos excluir del relato, a un legado que constituye patrimonio inalienable de la Mayor de las Antillas. Cuba, cuna indiscutible de estos géneros, es la matriz de expresiones musicales que hoy se consumen, celebran y reinterpretan a escala global.
Esto no niega la valiosa contribución de músicos de Puerto Rico, República Dominicana, Panamá, Venezuela, Colombia, Perú y otras latitudes. Por el contrario, la adopción y desarrollo de esta música fuera de la isla no la empobrece: la engrandece. Que otros pueblos la hayan hecho suya también habla de la magnitud cultural de Cuba.
El problema del nombre “Salsa”
Nombrar correctamente los géneros no es un gesto menor; es un acto de respeto y pedagogía cultural. Llamar al son, Son; al cha-cha-chá, Cha-cha-chá; a la rumba, Rumba; al mambo, Mambo educa al oyente y preserva la riqueza de nuestra tradición.
En el ámbito de las tradiciones musicales, los nombres y las categorías cumplen una función esencial en la manera en que se comprenden y valoran las expresiones culturales. En el caso de la música cubana, el término “Salsa” ha sido utilizado de forma amplia para agrupar diversas manifestaciones de su tradición popular. Si bien esta denominación ha contribuido a su difusión y reconocimiento internacional, también plantea la oportunidad de reflexionar sobre la importancia de nombrar estas expresiones con mayor precisión, atendiendo a su contexto histórico, estético y geográfico.
Contexto y coyuntura
El neologismo “Salsa” surge en Nueva York, como continuación musical de lo que numerosos músicos cubanos ya desarrollaban en Estados Unidos en décadas anteriores, en un contexto político tenso: la Crisis de los Misiles y el punto álgido de la Guerra Fría. No es descabellado preguntarse si esta denominación respondió también al deseo de eludir la mención explícita de Cuba en la industria musical norteamericana de la época.
Durante aquellos meses, la prensa estadounidense convirtió a la isla en el epicentro de la alarma mundial:
- “U.S. impone un bloqueo de armas a Cuba tras encontrar sitios de misiles ofensivos; Kennedy listo para el enfrentamiento con los soviéticos” (The New York Times, 23 de octubre de 1962).
- “Estados Unidos detiene el bloqueo a Cuba durante dos días—¡Extra!” (Daily News, Nueva York, 30 de octubre de 1962).
- “Los rusos aceleran la construcción de bases en Cuba” (St. Louis Globe-Democrat, 28 de octubre de 1962).
En ese clima, no resulta descabellado pensar que la industria musical optara por un término más neutro, despojado de referencias geográficas explícitas.
La industria musical y la geografía
En la práctica habitual de la industria, la filiación geográfica suele vincularse al género: la bossa nova remite al Brasil; el merengue, a República Dominicana; la cumbia, a Colombia. Con la música cubana, sin embargo, la etiqueta “Salsa” puede inducir a confusión, ya que el oyente no se orienta hacia el origen real del género, sino hacia un nombre comercial. Esto desvincula parcialmente la música de su raíz insular, aunque no disminuye la creatividad de quienes la interpretan fuera de Cuba, y son muchos.
Costumbre o conveniencia
He sido testigo de agrupaciones de diversas latitudes que anuncian con claridad el género de la obra que van a interpretar: “nuestro próximo tema es una cumbia”, “una bossa nova”, o precisan la procedencia cultural de la música. En ninguno de esos casos, ya se trate de músicos norteamericanos o hispanoamericanos, la designación genera incomodidad. Entonces, ¿por qué persiste la tendencia a no nombrar la música cubana con precisión? Probablemente por inercia o por costumbre aceptada sin reflexión crítica. Incluso algunos músicos, deseosos de adaptarse a la industria, recurren al término “Salsa” en lugar de afirmar con orgullo que interpretan música cubana. Reconocer la verdadera identidad del género no resta mérito a quienes lo interpretan; simplemente ayuda a educar al oyente y a preservar la riqueza histórica de nuestra música.
¿Y el jazz?
Otra afirmación frecuente merece matiz: la idea y afirmaciones de que la “Salsa” incorporó el jazz a la música cubana. El intercambio entre ambas fue profundo y bidireccional. Desde la década de 1930 existían en Cuba bandas de jazz que integraban armonías, instrumentación y recursos tímbricos del jazz con percusión, ritmos cubanos y afrocubanos. Prueba de ello la existencia de la Orquesta Riverside (1938); o grabaciones como Babalú, interpretada por Desi Arnaz en los años cuarenta; así como los legendarios Mario Bauzá y Frank Grillo “Machito”, y muchos más que no mencionamos. Escuchen el disco Mucho Machito de 1948-1949 y apreciarán el jazz en la música cubana mucho antes de que la llamada “Salsa” existiera.
El jazz latía fuerte en los músicos cubanos antes de la década del 60. Les invito a escuchar el disco Nat King Cole – En Español, grabado en Cuba y arreglado parcialmente por Armando Romeu hijo en 1958, en esta grabación se podrán apreciar colores presentes en el jazz norteamericano en arreglos con sabor cubano.
El acceso a Internet, archivos audiovisuales y la circulación internacional de la música cubana ha roto barreras que durante décadas limitaron su difusión. Hoy es posible consultar tanto la vasta discografía anterior al surgimiento del término “Salsa” como la producción posterior a 1959, desmintiendo la noción de una supuesta interrupción creativa. La música cubana nunca se detuvo; continuó transfigurándose y dialogando con el mundo, aun cuando su distribución internacional fuera restringida por razones ajenas al arte.
Nombrar con rigor
Por respeto histórico y cultural, el son debe llamarse Son; la guajira, Guajira; el guaguancó, Guaguancó. Agrupar la diversidad rítmica de la isla bajo una sola etiqueta no solo resulta reductivo, sino que contradice la práctica anterior a la invención del término, cuando cada género era reconocido y nombrado con precisión.
La historia de nuestra música exige precisión y honestidad intelectual. La música cubana no necesita eufemismos, ni disfraces semánticos impuestos por la costumbre o la conveniencia. Nombrarla con propiedad es un acto de rigor histórico y respeto hacia sus creadores. Practicarla, estudiarla y difundirla implica reconocerla por lo que es: música cubana, no “Salsa”.
Una posible vía de entendimiento sería que los intérpretes que no son cubanos, y que así lo consideren, procuren identificar con mayor precisión los géneros que interpretan. Nombrar al son como son, a la guajira como guajira o al mambo como mambo, así nos permite reconocer la trayectoria de cada forma musical, facilita una escucha más consciente y contribuye, de manera natural, a una mejor valoración de la identidad cultural de esta música.
Estoy acostumbrado, al igual que muchos otros músicos, a interpretar danzas de raigambre europea y ritmos hispanoamericanos cuya procedencia se reconoce sin ambigüedades: la polska es sueca, el minueto es francés, y cada una de estas expresiones se asocia legítimamente con la nación que las vio nacer. Si aceptamos con total naturalidad esa filiación cultural en unos casos, resulta entonces pertinente preguntarnos por qué persiste la reticencia a ejercer el mismo rigor cuando se trata de la música cubana.
Como suelo afirmar, “el ser humano vive y muere más por aquello que lo divide que por lo que lo une”. Lamentablemente, el mundo hispano continúa marcado por divisiones innecesarias, y el propósito último de este ensayo no es avivarlas, sino todo lo contrario: formular un llamado respetuoso y consciente a quienes practican esta tradición sonora para que nombren la música cubana con propiedad, o al menos identifiquen con rigor el género que interpretan. Somos, al fin y al cabo, hermanos culturales: herederos de una misma matriz histórica, hablantes de una lengua común, partícipes de una fe compartida y portadores de rasgos que nos hermanan más de lo que nos separan.
La música popular hispanoamericana nos pertenece colectivamente, sin distinción de origen; sin embargo, reconocer la génesis de nuestros géneros y designarlos con su nombre legítimo constituye un acto de justicia patrimonial hacia la matriz creadora que les dio aliento: Cuba.
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