El hotel en que me he alojado estos días tiene el ascensor estropeado. Es un sexto y subir con las maletas ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida, después de haber tenido un cólico nefrítico. Más de 150 escalones. Los he ido contando hasta que he perdido la visión de un ojo mientras el otro se me puso en Modo Avión. Qué sensación de felicidad, qué placer se experimenta al cargar todo como una mula de tiempos bíblicos y lanzarte a subir escaleras como imagino que lo hacían los romanos pero sin sus músculos y sus chuletones. Que tú llevabas a un romano a un restaurante vegano y se comían a los camareros. Esos tipos eran de piedra.

Bajar me parecía más sencillo hasta que una de las maletas ha decidido que podía descender sin ayuda humana y se ha lanzado en su plan suicida y sin control. El impacto contra la vecina del tercero será, con toda probabilidad, el tema único del orden del día de la próxima reunión de vecinos. Eso y decidir dónde la enterramos.

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Pienso en esto, en las gotas de sudor resbalando por mi frente, en el traje a punto de desgarrarse por el esfuerzo de vencer uno a uno los escalones y me doy cuenta de la cantidad de cosas del día a día en las que no reparamos sencillamente porque las tenemos. Nadie piensa en lo útil que es un ascensor hasta que no se ve obligado a subir andando y con maletas seis pisos sin que exista ninguna alternativa para evitar el suplicio, más allá de prenderle fuego al equipaje, que es algo que ocasiona ciertos inconvenientes legales si lo haces dentro del hotel.

La respiración ahogada me dice que no estoy en forma, si bien, en mi defensa debo decir que, a cualquier futbolista del Real Madrid le pones a hacer el esfuerzo que he hecho yo hace un rato en el hotel y lo más normal es que le dé un infarto. Yo estoy casi seguro de que me dieron un par de ellos, allá por el tercer piso, pero pude desembarazarme del ataque cardíaco gracias a unos oportunos golpes con el puño en el pecho y a unas tosecitas mínimas.

Por otro lado, la necesidad de pararse en los descansillos a recobrar el aliento ha propiciado asombrosas conversaciones entre vecinos. Algunos llevaban más de 300 años sin hablarse; esto es, varias generaciones de aislamiento y silencio. Han terminado departiendo sobre las cosas más idiotas y prescindibles porque el objetivo no era comunicarse sino disimular el infarto.

También hemos sabido que el del cuarto ha debido de comprarse el pack de autoayuda motivacional entero porque lo he llevado pegado al culo diciendo frases como: "un escalón más es una inmensa victoria", "piensa en el amanecer y te invadirá la fortaleza del arcoiris", o "si no te das por vencido siempre serás mi amigo". Si tengo que subir dos pisos más con la copia mala de Pablo Coelho tuiteándome gritos en la oreja, me cargo dos vecinos por el precio de uno.

Y por último, una observación más sobre las dramáticas consecuencias de la avería. La ausencia de ascensor me ha servido para medir mi coeficiente intelectual. Sí. Porque hace falta ser muy, pero muy idiota para jugarse la vida bajando las escaleras con maletas asesinas y descubrir en el último escalón, y sólo en el último escalón, por fin abajo de todo, que has olvidado la cartera en la recepción del hotel en una de las zonas de Europa con mayor concentración de carteristas. He llegado a sospechar que ya subo y bajo escalones estúpidamente por el mero placer de echar los higadillos por el hueco de la escalera y disfrutar así de la avería.

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