A comienzos de agosto de 2026 el mundo financiero conoció una noticia extraña. China salió a cobrar impuestos viejos y estos no eran del año anterior sino de hace 10, 20 y hasta 26 años. Los bancos chinos recibieron la orden de revisar las inversiones que sus clientes ricos mantienen fuera del país y de verificar si esas ganancias fueron declaradas alguna vez. Cuando encuentran una omisión, congelan la cuenta del cliente; y esta se reactiva cuando el cliente paga. Entre tanto, los ricos pagan de inmediato y en efectivo.
La campaña persigue ganancias obtenidas con inmuebles, acciones, metales preciosos y criptomonedas. Su blanco mayor son los fideicomisos, es decir, estructuras legales donde una persona deposita sus bienes para que un tercero los administre. Los ricos chinos los usaron durante décadas para poner su fortuna fuera del alcance del fisco, pero una regla nueva grava con 20% la renta que generan esos vehículos.
La medida alcanzó también a los seguros comprados en Hong Kong, donde los ahorristas del continente ponían su dinero porque rendía más y nadie lo gravaba. Sin embargo, ahora tributa 20%. Así, aseguradoras y bancos como Prudential y HSBC construyeron sobre ese hábito una parte enorme de su negocio, vendiendo pólizas de Hong Kong a los clientes de la parte continental. Por eso, el día en que se conoció la novedad, Prudential llegó a caer 13% en la bolsa de Londres y HSBC perdió 6%. El mercado entendió el mensaje antes que nadie.
La pregunta es por qué lo hace ahora si las leyes sobre declaración obligatoria de la renta mundial ya existían. Lo cierto es que faltaban dos cosas, la necesidad y la capacidad.
La necesidad es un agujero fiscal. Durante dos décadas los gobiernos locales chinos se financiaron vendiendo el derecho a usar la tierra. Sin embargo, el ciclo inmobiliario terminó y esa fuente se agotó. Los ingresos por venta de tierras cayeron de un máximo de ¥8,7 billones de yuanes en 2021 a ¥4,15 billones en 2025. Entre tanto, la recaudación tributaria general cayó 1,7% ese mismo año. Un solo rubro creció, el impuesto a la renta personal, que subió 11,5% gracias a campañas anteriores contra los ricos. El Estado chino ya sabe cuál es la única veta que rinde y ahora excava ahí.
Hay una regla vieja en la historia fiscal. Cuando un Estado pierde sus ingresos corrientes, sale a gravar la riqueza acumulada. La diferencia entre ambas fuentes es decisiva porque el ingreso corriente se renueva cada año. Por otra parte, la riqueza acumulada se cobra una sola vez, es decir, un gobierno que reclama impuestos de hace 25 años no administra el presente, sólo raspa el fondo de la olla.
La capacidad la aportaron los datos y su lectura. Desde 2018 China participa del sistema internacional de intercambio automático de información financiera, por el cual los bancos de más de 100 países reportan las cuentas de los extranjeros al fisco de su país de origen. El archivo llevaba entonces ocho años acumulándose sin lector. El cuello de botella nunca fue obtener los datos sino cruzarlos, y así relacionar millones de registros, detectar inconsistencias y reconstruir décadas de movimientos patrimoniales. Esto exigía ejércitos de inspectores, entre tanto, abogados que asesoran a esas fortunas sostienen que la inteligencia artificial permitió por fin ese análisis forense, a una velocidad y a un costo antes impensables. Y ahí aparece el motivo más simple de todos, el Estado cobra ahora porque es barato.
Existe un tercer motivo la, campaña sirve al viejo proyecto chino de controlar la salida de capitales. Tener dinero afuera se vuelve caro, visible y riesgoso, y esa incomodidad disuade a los que todavía no lo sacaron. La regla de residencia lo confirma, quien pasa al menos 183 días al año en China es residente fiscal, salvo que renuncie a la nacionalidad china y deje de vivir en el país. Estados Unidos aplica un principio parecido desde hace más de un siglo, porque el ciudadano estadounidense tributa sobre su renta mundial viva donde viva. Así, China copió ese modelo en su peor momento fiscal.
No conviene hablar todavía de desesperación, sino de tendencia. La recaudación sobre el pasado es finita porque cada año revisado se cobra una sola vez. Pero el agujero, en cambio, se repite todos los años. Cuando el pasado se agote, el fisco chino seguirá necesitando lo mismo y tendrá menos lugares donde buscarlo. Un Estado que revisa el año 2000 para pagar las cuentas de 2026 todavía no está desesperado, aunque está en ese camino.
Las cosas como son.
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