Ha de estar muy asustado el régimen para agredir con tanta violencia a 50 mujeres que pacíficamente se apostaron en las puertas del Tribunal Supremo de Justicia para hacer una vigilia y lograr ser atendidas por Caryslia Rodríguez, presidenta de ese organismo, con la esperanza de que al menos, ella como mujer, tuviera el gesto compasivo de escucharlas.
La conspiración del silencio
El venezolano ha ido desarrollando la capacidad de sobrevivir. Sabe que no es el momento de marchas, de discursos altisonantes, de arriesgarse en masivas concentraciones
Pero para ser parte del régimen es condición la ausencia de piedad.
La Policía Nacional Bolivariana, productiva maquinaria de extorsión para la dictadura, se había convenientemente retirado unos minutos antes del lugar donde madres adoloridas, esposas desesperadas, hermanas solidarias intercalaban rezos con consignas cercanas a una exhalación. El retiro de la PNB era la señal acordada para dar paso a la faceta que más placer le proporciona a la dictadura: la cobardía expresada en represión sobre gente indefensa.
Más de 70 hombres armados con rostros escondidos tras capuchas sobre más de 50 motos tomaron por asalto el lugar donde las mujeres estaban agrupadas. Los cobardes, miembros de círculos formados por el régimen, las agredieron, les arrebataron sus teléfonos celulares, sus documentos de identidad y las obligaron a huir persiguiéndolas por más de cinco cuadras. También les destrozaron todas sus pertenencias incluidas las carpas.
Es evidente que los teléfonos y en general cualquier instrumento que comunique, obsesiona a la élite de la dictadura y activa a sus asesores cubanos para programar continuas operaciones de control que han terminado siendo fallidas e innecesarias pero que potencian la paranoia y los nervios alterados a todos ellos.
Podríamos decir, recordando al maestro Rómulo Gallegos, que a estos tipos se les multiplican sus propios rebullones. Ven conspiraciones por todos lados sin poder detectar un solo plan efectivo porque para hacerlo tendrían que apresar al 80 por ciento del país.
Afectados por sus miedos han terminado inevitablemente sospechando de ellos mismos. Son muchas las voces de auténticos líderes populares que ingenuamente creyeron en el chavismo los que ahora se retiran asqueados por la corrupción. Viven ellos ahora el castigo implacable de pensar distinto, sufren la pena de tener que vivir en un país arruinado que humilla a sus ciudadanos obligándolos a aplaudir al payaso para poder comer.
Y algo importante: la represión ha generado sistemas eficientes de resistencia para nuestra causa. Mientras el pueblo resiste, ellos están agotados, confundidos y con más miedo que nunca.
Sus movimientos equivocados son cada vez más frecuentes. Cada acción contra un miembro de la antigua comunidad del chavismo lejos de ser aleccionadora ha tenido el efecto contrario. La detención de la activista Martha Lía Grijales es un claro ejemplo cuando luego de ser acusada por la Fiscalía por incitación al odio, conspiración con gobierno extranjero y asociación para delinquir, la reacción obligó al régimen a frenar.
Martha Lía había participado en las protestas de las madres que vienen solicitando ser escuchadas para que sus seres queridos reciban un juicio justo.
Martha Lía ha sido cercana al chavismo, pero además a la comunidad universitaria, y a las ONG. Su detención generó una reacción inmediata. Dirigentes de distinto tenor destacaron la trayectoria de la activista en su rol de profesora de la Universidad Nacional de Seguridad como especialista en la defensa de los derechos humanos.
Diosdado Cabello fue quien ordenó su detención. El militar intentó imponer el relato que la involucraba con María Corina Machado y Estados Unidos; toda una conspiración internacional. Un nuevo cuento que esta vez lo llevó a hacer el ridículo y a tener que recular porque menos de una semana después de ser detenida a Martha Lía le dieron casa por cárcel.
También ha sido destacable que la represión contra las mujeres haya impelido al Defensor del Pueblo, Alfredo Ruiz a abrir la boca. Casi todo el país creía que era mudo.
Ruiz fue prudente, pero su mensaje a través de un comunicado resultó una afrenta para la dictadura, en especial para el jefe represor Cabello. El texto del Defensor del Pueblo condenó la agresión contra las mujeres a las que sugirió que denunciaran el atropello ante el Ministerio Público. No dijo nada más, pero fue suficiente para que Diosdado comenzara a hiperventilar y que con clara perplejidad conminara al funcionario para que dejara de “jurungar”.
Hay cierta perplejidad de parte de los represores que se resisten a admitir que sus rugidos han perdido su efecto.
Y es que el venezolano ha ido desarrollando la capacidad de sobrevivir. Sabe que no es el momento de marchas, de discursos altisonantes, de arriesgarse en masivas concentraciones. El ciudadano se ha recogido, aparentemente ensimismado porque poco sale a protestar, pero se afianza en la certeza de que es cada vez es más insostenible para Maduro mantenerse en el poder.
El país se mantiene atento. Su desprecio para el dictador es la soledad y el silencio. Por eso nadie fue al acto convocado esta semana para que las masas le brindaran apoyo público por el reciente incremento a la oferta de 50 millones de dólares ofrecidos como recompensa por su captura.
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