El mundo consume desde abril más crudo del que produce. La diferencia alcanza seis millones de barriles diarios según la Agencia Internacional de la Energía. Por el momento, las reservas estratégicas acumuladas durante décadas cubrieron la brecha, sin embargo, ese colchón se adelgaza rápido.
La cuenta regresiva del petróleo
Un análisis preciso para contar las cosas como son
Durante semanas el mercado energético vivió una calma aparente. Así, los precios de la nafta subieron de manera moderada en los surtidores europeos, al tiempo que los pasajes aéreos se encarecieron. Entre tanto, algunos países africanos y asiáticos sufrieron desabastecimientos de combustibles. Más allá de estas señales, el mundo desarrollado mantuvo su rutina porque varios gobiernos abrieron al mismo tiempo sus tanques de emergencia.
El cierre del estrecho de Ormuz en abril retiró del mercado internacional cerca de 14 millones de barriles diarios de crudo del Golfo Pérsico. La cifra representa casi uno de cada siete barriles consumidos en el planeta. El volumen no se reemplaza con facilidad mediante fuentes alternativas.
Los países ricos respondieron con una liberación coordinada de 400 millones de barriles. La maniobra funciona desde mediados de abril a un ritmo de 2,3 millones de barriles diarios. La aritmética de la operación contenía una apuesta implícita de suponer que Ormuz reabriría en pocas semanas. Sin embargo, esa apuesta falló.
La negociación diplomática entre Washington y Teherán avanza despacio. La reconstrucción técnica de la infraestructura iraní tras semanas de conflicto exige meses. Incluso con un acuerdo político inmediato, la reapertura plena de las exportaciones del Golfo podría extenderse hasta fin de año. Las reservas estratégicas no duran tanto al ritmo actual.
La tensión más aguda no aparece en el crudo sino en los productos refinados. El diésel mueve camiones, tractores, fábricas y generadores eléctricos de respaldo. El combustible de aviación alimenta el sistema aéreo global y los inventarios europeos de ambos productos se ubican en sus niveles más bajos en cinco años. De ahí saldrá el próximo golpe de precios.
El contagio se extenderá más allá del petróleo. El gas natural compite con el crudo como combustible industrial. Cuando las refinerías pagan más por uno, los generadores eléctricos pagan más por el otro. Los precios de electricidad europeos seguirán esa trayectoria. Los fertilizantes utilizan gas natural como materia prima fundamental y la próxima campaña agrícola enfrenta costos de fertilización inéditos en décadas.
Lo que sigue puede anticiparse con razonable certeza porque el barril Brent superará probablemente los $130 dólares durante el verano boreal. La escasez estricta de productos refinados empujará los precios regionales todavía más arriba. El diésel europeo trepará por encima de los dos euros por litro en el surtidor. El combustible de aviación obligará a las aerolíneas a cancelar rutas consideradas marginales hasta ahora.
Las primas de seguros para los buques cisterna en zonas de riesgo se multiplicarán y algunas rutas se volverán directamente inasegurables. La flota mundial disponible se contraerá en la práctica sin perder un solo barco y la brecha entre los precios oficiales y los efectivos se ensanchará.
Los países que subsidian sus combustibles alcanzarán sus límites fiscales. Estos son Indonesia, Egipto, Nigeria y Pakistán protegieron a sus consumidores mediante transferencias masivas. Estas dejan de ser sostenibles cuando el crudo duplica su precio. Algunos gobiernos retirarán los subsidios de manera abrupta y las protestas sociales aparecerán en capitales ya presionadas por otros problemas económicos.
Los gobiernos europeos avanzarán desde las recomendaciones voluntarias hacia medidas coercitivas. El orden de la escalada resulta predecible. Primero, llegarán las rebajas impositivas sobre los combustibles y después vendrán las campañas suaves de conservación energética. Cuando nada de eso alcance, llegarán las medidas reales. Así, aparecerá la asignación industrial del diésel para sectores prioritarios. Restricciones a la circulación de vehículos particulares y el cierre temporal de industrias intensivas en energía con un posible racionamiento discreto de combustibles para el público general, completarán el cuadro.
La reserva estratégica no se reconstruirá con rapidez. Una vez atenuada la crisis, los gobiernos necesitarán años para reponer sus tanques y el mercado lo sabe. La expectativa de demanda futura sostenida por parte de compradores oficiales mantendrá los precios elevados incluso después de la normalización operativa.
Arabia Saudí conserva capacidad productiva ociosa pero no la desplegará sin condiciones políticas. Riad negociará con Washington un precio discreto por su cooperación. El acuerdo incluirá garantías de seguridad, venta de armamento y tolerancia hacia la política regional saudí. El costo del pacto no figurará en la factura energética.
El petróleo de esquisto estadounidense responderá como siempre, con varios meses de retraso. Serán picos productivos por debajo de las promesas y altos costos fiscales para los estados productores. El alivio llegará cuando lo peor de la crisis haya pasado.
Los ganadores genuinos del episodio son tres. Rusia vende su crudo sancionado con menor descuento que en trimestres previos y su ingreso real por exportaciones energéticas sube pese al marco sancionatorio. China compra crudo ruso e iraní a precios preferenciales cuando estos últimos aparecen en mercados clandestinos. India repite la maniobra en menor escala. Así, estos tres países financian sus importaciones de productos caros con energía barata. Sin embargo, Europa financia su energía con todo lo demás.
Los perdedores también resultan identificables. Las economías africanas dependientes del diésel importado sufrirán cortes en generación eléctrica, transporte público y agricultura. Los países del sur asiático con balanzas comerciales delgadas verán el devalúo de sus monedas. La industria europea intensiva en energía perderá competitividad frente a productores estadounidenses y asiáticos con acceso más barato. Por lo tanto, la divergencia transatlántica de costos industriales se ampliará.
Las consecuencias políticas se extenderán más allá de la crisis misma. Los gobiernos que manejen mal la emergencia caerán en las siguientes elecciones y los movimientos que prometan autonomía energética ganarán fuerza electoral. La discusión sobre la energía nuclear regresará con vigor en países que la enterraron hace tiempo. Las inversiones en generación renovable se acelerarán no por convicción climática sino por lógica estratégica.
Los ciudadanos de los países desarrollados descubrirán algo que sus abuelos ya sabían. La energía no es gratuita ni infinita, y no siempre está disponible. La lección será breve y dentro de dos años, cuando la crisis ceda, casi todos volverán a olvidarla. Hasta la próxima.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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