La película 8MM es un thriller psicológico que expone la naturaleza del mal. Escrito por Andrew Kevin Walker y protagonizado por Nicolas Cage desnuda la mente de un asesino que rechaza contundentemente todo razonamiento que intente excusar o explicar sus crímenes, al contrario, el villano asegura con pasmosa tranquilidad que mata simplemente porque le gusta. Y agrega algo más: “no me pegaron, no abusaron de mí, mi padre no me violó, mi madre no me maltrató, tuve una infancia feliz. Hago lo que hago porque me gusta”. El horror y la maldad provienen precisamente de su normalidad. Porque es su esencia.
La maldad es su esencia
La indiferencia y el sabotaje del régimen venezolano ante el desastre natural, liderado por figuras como los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello, subraya una 'maldad por gusto' comparable a la de un asesino.
Todo esto lo he pensado en estos días difíciles en lo que han quedado expuestos los jefes del régimen, me refiero a Delcy y Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello. Ellos que tienen la oportunidad de comportarse responsable y solidariamente optaron por el camino de la maldad, la delictiva, la ineficiente, la cual desplegaron a través de la fuerza militar y policial a la que prohibieron prestar ayuda y permitieron cometer asaltos de bienes y consumar vejámenes y variedad de maltratos y abusos contra las víctimas.
Cualquiera conoce que después de un sismo con un derrumbe de estructuras como las producidas en Caracas y La Guaira, lo prioritario es ganarle la batalla al tiempo. Siempre hay víctimas tapiadas con vida a quienes se debe rescatar, para lo que se necesita personal calificado y equipos. El régimen nada de esto proporcionó, al contrario, deliberadamente los retuvo e incluso impidió que llegaran al lugar de la tragedia.
Sobran las imágenes de hombres y mujeres cavando con las manos, levantado partes de una construcción, escuchando voces que alentaban desde las profundidades que alentaban el esfuerzo. Todo esto ocurría mientras Delcy ordenaba obstaculizar el ingreso de equipos de expertos enviados por países amigos y prohibía a las Fuerzas Armadas participar en el rescate. De esta manera los militares se colocaban a cierta distancia bajo una sombra, jugaban con sus celulares, estaban atentos a los bienes que podían robar; luego pasaron a la acción y decidieron descaradamente entrar a saquear.
Les confieso que hacía mucho que no me sentía fracturada. Ver deshechos como una galleta triturada, edificios en La Guaira y Caracas, convertidos en gigantescos amasijos de cemento, hierro, que sé yo, de todo, con la certeza de que están aplastando vidas, es un sentimiento imposible de definir.
No voy a referir cifras que nunca darán la dimensión exacta al dolor.
Veo obsesivamente las imágenes desde la distancia que se hace inmensa y que solo otro venezolano puede entender. Trato de enviar fuerza, gritar o llorar junto a seres desesperados que claman por ayuda. Estrujo una almohada imaginando que abrazo a una madre desesperada, a otra sin consuelo. Veo a un niño sobreviviente ya huérfano y quisiera traérmelo a casa.
También me voy al otro extremo y reacciono furibunda ante el registro que evidencia la clase de miserables que detentan el poder en mi país, a quienes esta vez el destino les dio la oportunidad de hacer el bien, pero que, así como el asesino de 8mm, solo pudieron lucir cuán despreciable es su esencia.
Vuelvo inevitablemente a pasearme por ese 24 de junio, Día de San Juan, cuando a las 6:04 pm se produjo el primer sismo de magnitud 7.2 que duró 30 segundos y que fue seguido de otro aún más fuerte de magnitud 7.5.
A partir de allí, dos mundos están claramente percibidos. El de la maldad y el de la bondad. Los segundos son muchísimos más, pero los primeros tienen el poder, y son tan malvados que no solo no ayudan, si no que sabotean a los buenos que ofrecen su servicio. También, por supuesto, impiden el trabajo a periodistas locales y extranjeros.
No hay manera de imaginar el sufrimiento de centenares de miles de familias venezolanas. Parecería imposible que un ser humano pueda sentir indiferencia o peor aún, que conspire para garantizar que la gente sufra.
¿Qué clase de monstruos son esos personajes cuya maldad exponen sin disimulo?
Las investigaciones dirán la vulnerabilidad de algunas construcciones entregadas como obras maestras por el oficialismo, pero lo que se asoma es una monstruosidad.
Ha sido demasiado lo sucedido en tan poco tiempo.
¿Servirá esto para expulsarlos de una buena vez? Es que no son gente, son una plaga. Son malos por gusto, como el personaje de la película de Andrew Kevin Walker. Los Rodríguez lo han tenido todo. La sociedad venezolana los protegió después de la muerte de su padre. Sin embargo, ellos se agarraron de esa triste circunstancia -y se habrían agarrado de otras- solo para convertirla en coartada de su maldad.
Por eso los hermanos Rodríguez no deberían estar a cargo de ninguna emergencia y menos de la administración de un país. De Diosdado ni hablo; una vez escuché decir a Chávez que tenía esencia de fascista
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