Andariego, se percató de que se había perdido. Descarriado. Descaminado, por haberse distraído su trayecto.

¿Adónde vine a parar?, se respondió a sí mismo, de inmediato: Al lugar que me condujo mi propia culpa, por sumirme, mientras deambulo, en cavilaciones sin mayor sentido: La perfidia del ser humano, por ejemplo. Esta vez, el extravío era grave. Lo peor, el desierto al que había ido a parar. Un erial sin fisuras, sumido en la hondura más desconcertante.

Detalló su alrededor. Nada. Ni un arbusto. Ni una brizna de hierba. Ni siquiera el soplo de alguna brisa condescendiente. Arena y roca. Roca y arena. Y él, solamente.

Imposible precisar si transcurrieron años, fracciones de segundos o si se trató de una deriva casi infinita. Al fin, divisó algo, distante: “¿De dónde habrá salido y qué estará haciendo aquel andrajoso, encadenado? ¡Si ya no existen condenados en el Mundo! ¿Picando piedras? Muy extraño”.

En aquel entonces, por algún imperativo cromosómico, artificial, el hombre ya no mataba, no robaba, ni estupraba! ¿Cuándo y de qué magnitud habrían sido las felonías del desdichado para merecer castigo tan severo y extemporáneo?

Afinó la vista, lo mejor que pudo. Se llevó las manos a la cabeza. “¡Ese ancianito es, Maduro, en persona!”.

Encorvado. Desdentado. Avejentado. Canosa, su muy escasa cabellera. Se acercó más.

—Seguro que si lo saludo, con normalidad, como todo Judas, se negará a sí mismo: "¡Eh, Maduro, buenos días! ¿Qué te trae por aquí?". Seguro, que fingirá que mis palabras no le conciernen. Que ni levantará una ceja. Que se hará el sordo. En tal caso, me quedará la duda: ¿Era él, o una aparición? ¿Qué le digo, qué le pregunto, para estar seguro quién es?

Quizás sin proponérselo, el andariego, instintivo, casi colocó sus dos palmas alrededor de la boca:

—¡Cúcuta… Cúcuta! –clamó como quien clama al Cielo.

Haciendo un paréntesis, entre su infortunio, el infeliz sonrió. Volvió su rosto abotargado y con la mirada un tanto ida, le dio las gracias. Oír el nombre de la ciudad natal. Evocar sus primeras andanzas por la vida. Los juegos de niño. Su noviecita de adolescente. El 3er grado de educación primaria, que no traspuso, sencillamente, porque no daba la sesera.

—¡Ajá! ¿Conque sí eres, Maduro? ¡No lo pudiste disimular! Indigno de tu ciudad natal, indigno de cualquier gentilicio. ¿Con cuánto te sobornó la Oddebrecht? ¿Ah? ¿Y los estudiantes que asesinaste? ¿Y las viudas y huérfanos que dejaste? ¿Qué me dices de tus comanditas con el narcotráfico y el terrorismo? Por aferrarte al Poder, te le colocaste en decúbito ventral a todo bicho de uña: chinos, rusos, iraníes, castrocomunistas. ¿Y tus célebres sobrinos? ¡Decentes, comparados contigo! ¡Convertiste lo que fue, Venezuela, en este desierto! Sin agua. Sin fauna. Sin malezas ni siquiera. A cambio del vil metal, arrasaste el medioambiente con el “Arco Minero”. Casi un millón de kilómetros cuadrados, antes llamados “Tierra de Gracia”, abismados, lanzados por este profundo desfiladero. Te entregaste a las petroleras más depredadoras. Todo lo que fue territorio lo convertiste en espacio vacío, oquedad, inmensidad hundida, degradada a sumidero. Los que pudieron, huyeron de la hecatombe. A los demás, los liquidaste, tú y tu Patio de Monipodio. A balazos. De hambre. De tristeza. Diosdado, Ramírez Carreño, El Aisami, los hermanos Rodríguez Gómez, tantos otros… ¡Estarán, con grilletes, picando piedras, como tú, por aquí cerca! ¿Verdad?

“El problema más grande de Venezuela dentro de 10 años, será la sequía”. La alarma, pública, la encendió el 2 de Mayo de 2018, el especialista Carlos Peláez, director de Provita. ¡Así será! La seguía más grande que la corrupción, que el hambre, que la inseguridad, que la espiral inflacionaria, la desvergüenza de un imbécil bailando salsa, mientras hay muertos por las calles.

Cuando Andariego se topó con el rufián, todos esos pronósticos, con exceso, se habían cumplido. Antes y peor de lo previsto.

Menos mal que para entonces, los adelantos de la ciencia ya lo permitía. La regresión, absoluta, al pasado. La retrocesión de la Historia. No hicieron falta golpes de Estado, invasiones armadas, ni fusilamientos. No deja de ser paradójico. La única forma de redimirse, Maduro, borrar todo vestigio de su existencia canalla. Así lo hicieron.

@omarestacio

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