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OPINIÓN

La sociedad abierta en su laberinto

La tentación de intentar resolver situaciones complejas utilizando herramientas simples es parte de la propia condición humana. A esta natural inclinación de nuestra naturaleza en la última década se ha sumado, por un lado, una corriente autoritaria emanada desde dentro de las democracias liberales
Por Pedro Isern

Por Pedro Isern y Leonardo Martín

@centercescos

Occidente es el ámbito político-geográfico más exitoso en la historia de la humanidad. Nunca hubo en un mismo lugar y tiempo semejante concatenación de prosperidad económica y respeto a los derechos individuales. En parte por ello atraviesa inéditos desafíos. La tentación de intentar resolver situaciones complejas utilizando herramientas simples es parte de la propia condición humana.

A esta natural inclinación de nuestra naturaleza en la última década se ha sumado, por un lado, una corriente autoritaria emanada desde dentro de las democracias liberales y, por otro lado, la extraña y preocupante fascinación que para muchos genera el autoritario capitalismo chino.

Estos dos desafíos recientes que enfrentan las sociedades abiertas expresan dos fenómenos distintos que, sin embargo, tienen un punto relevante en común. Por un lado, en el propio seno de nuestras democracias liberales se ha consolidado, como mencionamos, una corriente autoritaria originada en prestigiosas universidades e instituciones educativas que ha tenido repercusión en importantes medios de comunicación. Esta expresión autoritaria neo gramsciana, generalmente denominada “Identity Politics”, ha potenciado una cultura de la cancelación que contribuye a un círculo vicioso del silencio, íntimamente relacionado con la autocensura.

Muchos representantes de las elites culturales, políticas y económicas de los EEUU han devenido parte de esta corriente de pensamiento y acción que debilita e incluso elimina los ámbitos de discusión y aprendizaje. No hay aprendizaje sin comprensión de los propios errores, aceptación del mejor argumento del otro y duda razonable sobre las nuevas creencias.

Paso seguido, la convicción con la que sectores mayoritarios de las elites de Occidente defienden esta nueva religión secular puede relacionarse al silencio e insólita neutralidad que tienen muchos de ellos con respecto a la sistemática y creciente violación de los DDHH en China. Hay un eslabón perdido entre, por un lado, la celebración de una corrección política autoritaria y, por otro lado, la indiferencia ante flagrantes violaciones de los más elementales derechos individuales. Es necesario visibilizarlo para poner en evidencia a sus poderosos e influyentes impulsores: China ha sido el lugar donde hacer negocios y mucho dinero evitando visibilizar los derechos de las minorías mientras que, paralelamente, el próspero Occidente ha sido el lugar donde sobreactuar cierta indignación en la defensa de derechos que, en muchas ocasiones, no se encontraban amenazados. Este círculo vicioso ha pasado desapercibido hasta ahora. Una tarea necesaria es explicitarlo.

Es un camino trabajoso y delicado porque la competencia entre las democracias y las dictaduras ha sido siempre desigual. Las democracias tienen reparos morales e institucionales que, por definición, las dictaduras no tienen. Sin embargo, precisamente por ello podemos ser moderadamente pesimistas sobre el corto-mediano plazo de nuestras democracias occidentales, pero al mismo tiempo cautelosamente optimistas sobre la propia capacidad para procesar y resolver conflictos crecientemente complejos en el mediano-largo plazo. Si es cierto, como creemos que lo es, que los procesos históricos enseñan sobre el presente y el futuro, podemos esperar que las democracias occidentales se repongan de este trance. Por otro lado, las dictaduras siempre tienen un corto plazo donde la propia propaganda y represión generan una sensación de que las cosas están mejor de lo que realmente están. También la historia nos muestra que estos regímenes, tarde o temprano, terminan chocando con la irrefrenable búsqueda de libertad.

Así, es preciso remarcar que el malestar que recorre a las sociedades abiertas es, tautológicamente, una manifestación de corto plazo que, sin embargo, es muy genuino y respetable y, como tal, debe generar nuevas formas de empatía y de resolución de esos conflictos.

En este sentido, las sociedades cerradas celebran su propio orden como una expresión superior al típico desorden de las sociedades abiertas. Esta tentadora creencia de confundir orden con progreso y desorden con estancamiento (y declinación) ha impregnado en la última década a actores relevantes de las democracias liberales.

Las dictaduras no son sociedades ordenadas sino opacas. Y el orden que muestran a incautos observadores son a causa de la represión y el ocultamiento. En la historia reciente, tenemos presente el rol que esa opacidad jugó en el imaginario de muchos intelectuales en Occidente.

Por ejemplo, como sostiene el historiador Niall Ferguson, Senior Fellow de Hoover Institution, “Comencemos recordando cuántos expertos creían que los soviéticos superarían a Estados Unidos. En ediciones sucesivas, el enormemente influyente libro de texto de economía del economista Paul Samuelson llevaba un gráfico que proyectaba que el producto nacional bruto de la Unión Soviética superaría al de Estados Unidos en algún momento entre 1984 y 1997. La edición de 1967 sugirió que “el gran adelantamiento” podría ocurrir a principios de 1977. En la edición de 1980, el plazo se había modificado a 2002-2012. El gráfico se eliminó silenciosamente después de eso. Samuelson no fue de ninguna manera el único académico estadounidense que cometió este error. A finales de 1984, el gurú progresista de Harvard, John Kenneth Galbraith, aún insistía en que "el sistema ruso tiene éxito porque, en contraste con las economías industriales occidentales, hace un uso completo de su mano de obra".

Paso seguido, sabemos que lo que sucede dentro de China hoy es distinto a lo que sucedía dentro de la Unión Soviética ayer. Es decir, son distintas opacidades. Así, mientras la economía china aprendió de las consecuencias de la ausencia de incentivos en el modelo soviético y, por ende, ha permitido un sistema de precios que informe a los consumidores para una mejor asignación de los recursos escasos, la consecuente mayor productividad de la economía china ha convivido, sin embargo, con la típica corrupción estructural de los regímenes represivos.

Más aún, la corrupción y arbitrariedad en este caso ha sido probablemente la mayor en la historia de la humanidad ya que los clásicos regímenes corruptos son, por definición, destructores de riqueza en el mediano y largo plazo, mientras que el modelo chino ha sido, al menos hasta ahora, un notable creador de riqueza.

Esa combinación inusual de alta productividad, autoritarismo y corrupción supone un desafío para las sociedades abiertas en tanto es evidente que la tentación de hacer negocios ha empapado de corrupción incluso a naciones con instituciones transparentes.

Desde esta tribuna, que gracias a la generosidad de “Diario Las Américas” llegará a los lectores regularmente, dedicaremos nuestro esfuerzo a explicitar y promover el debate de ideas en torno a este diagnóstico. Estamos convencidos de que las sociedades abiertas solucionan sus diferencias a partir del debate franco y abierto de ideas y conflictos. En ese sentido pretendemos disparar temas y polémicas a partir de diferentes enfoques que compartiremos quincenalmente con ustedes.

CESCOS nació con esa vocación y hoy se abre este espacio, así como también se abren nuestras oficinas en Miami de forma de redoblar el compromiso con la libertad y como forma de seguir más de cerca los acontecimientos relevantes.

Esperamos que los lectores nos acompañen con aportes y opiniones que agradeceremos y que, sin duda, enriquecerán la visión de conjunto.

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