Un acto de racionalidad práctica, lo afirmaba Jacques Maritain en 1949, hizo posible un acuerdo entre el Este y el Oeste del mundo sobre el catálogo de derechos humanos que todos se obligaban a defender, de manera universal. Sería el freno válido de las soberanías estatales a partir de 1948. Mas llegado 1963 Europa se muestra dividida, parcelada en dos partes. La separa la Puerta de Brandemburgo. Media una oposición abierta entre su cultura del Derecho y las libertades y el totalitarismo comunista, que usando de sus soberanías esgrime tener una concepción distinta en materia de derechos fundamentales y decide avanzar con su ideología más allá de sus fronteras, fisurando los espacios geopolíticos occidentales.
La declinación práctica de la Carta de San Francisco y su manipulación al detal no se hace esperar. Ya paralizado el sostenimiento del orden mundial posbélico por la inacción del Consejo de Seguridad, sólo resuelta por vía de excepción en 1953, por la Asamblea General a propósito de la guerra en Corea, sucesivamente hubo de proveer Occidente a su propia defensa y blindaje. Sobre ese telón de fondo, aquél y éste, nace la Conferencia de Política de Seguridad con sede en Munich. Hoy la integran más de 70 países junto a sus jefes de estado y de gobierno, primeros ministros, cancilleres, parlamentarios, altos jefes militares, actores de la sociedad civil, empresas y medios de comunicación.
La crisis cubana de los misiles – lo ha advertido Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano, en su memorable e histórico discurso de 2026 en Munich – hizo comprender al conjunto de los occidentales que estaban amenazados los fundamentos de su civilización, desde entonces. La unidad se entendió, en la circunstancia, como crucial, y a la seguridad y defensa se le dio un sentido teleológico, consistente con esa realidad e identidad subyacente, la occidental, compartida por todos sin mengua de sus pluralidades culturales, sus modos de hacer las mismas cosas con idéntico propósito, pero de formas diversas.
“Formamos parte de una misma civilización: la civilización occidental. Estamos unidos por los lazos más profundos que puedan compartir las naciones, forjados por siglos de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización común que hemos heredado”, afirma Rubio ante su audiencia, el pasado 14 de febrero. Y ajusta, pertinente y oportuno: “La pregunta fundamental que debemos responder desde el principio es qué es exactamente lo que defendemos, porque los ejércitos no luchan por abstracciones. Los ejércitos luchan por un pueblo; los ejércitos luchan por una nación. Los ejércitos luchan por un modo de vida. Y eso es lo que defendemos: una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia”.
El deconstructivismo, como corriente posmoderna que al término deja sin base cierta al derecho internacional y sus predicados vertebrales, una colectividad de estados soberanos e independientes cuyos poderes se encuentran limitados por la primacía del principio ordenador del respeto a la dignidad de la persona humana y, de suyo, la prohibición de la guerra y la obligación de resolver pacíficamente los conflictos llega animado por el llamado «quiebre epocal». Los causahabientes del final del socialismo real se mueven sobre dicho tablero. Predican, así, el desencanto democrático, en casual coincidencia con el derrumbe soviético y como primera línea de cuestionamiento al Occidente de las leyes, propiciando el regreso de la experiencia de la democracia hacia su forma más elemental, la electoral. La vuelven un vicio.
Entretanto, de forma coetánea, menguan las libertades de pensamiento y expresión, de asociación y de reunión, y de discernimiento político en libertad como contrapesos y salvaguardias ante el poder gubernamental arbitrario, en los países ganados para el deconstructivismo. Les viene como anillo al dedo la emergencia de las grandes revoluciones, la digital y la de la inteligencia artificial, pues cosifican la experiencia humana, la deslocalizan y vuelven sensorial, y cultivan la instantaneidad, haciendo imposible toda moral democrática.
El voto, desde ese hito, a partir del siglo XXI deja de estar en manos ciudadanas. Se le reduce a algoritmos bajo disposición – así lo ha demostrado la experiencia inaugurada en Venezuela – de las élites cibernéticas y de sus narrativas, que instalan sobre las redes con efectos fugaces envolventes, útiles para el dominio de las circunstancias. Y si se trata del discernimiento político que habría de preceder y conducir a todo objetivo electoral, basta lo que ahora desnuda el Pontífice actual, León XIV, al inaugurar su papado: “No se pueden construir relaciones verdaderamente pacíficas, incluso dentro de la comunidad internacional, sin verdad. Allí donde las palabras asumen connotaciones ambiguas y ambivalentes, y el mundo virtual, con su percepción distorsionada de la realidad, prevalece sin control, es difícil construir relaciones auténticas, porque decaen las premisas objetivas y reales de la comunicación.”
El error de Occidente
Lo veraz no es sólo que la fuerza persuasiva del deconstructivismo progresista y/o iliberal sea la responsable de la deconstrucción de las realidades institucionales en Occidente. El poder de los Estados, los mayores y los medianos e incluso los recipiendarios y rezagados del eje atlántico residió en sus autonomías políticas y económicas relativas, en medio de términos de intercambio y de complementación que se ajustaban por vía de la cooperación internacional. El secretario Rubio desnuda el error político sobrevenido, el de 1989: “Fue una elección política consciente, una iniciativa económica que duró décadas y que despojó a nuestras naciones de su riqueza, su capacidad productiva y su independencia. Y la pérdida de soberanía de nuestra cadena de suministro no fue la consecuencia de un sistema de comercio mundial próspero y saludable. Fue una tontería. Fue una transformación tonta pero voluntaria, de nuestra economía que nos dejó dependientes de otros [pensemos en China] para satisfacer nuestras necesidades y peligrosamente vulnerables a las crisis”, señala.
Esas crisis, como cabe recordarlo, fueron usadas y explotadas por los enemigos de Occidente para desmontar las estabilidades políticas y democráticas en un momento en el que a la vez estas vivían su crisis de cambio, generalmente inadvertida. Venezuela fue el paradigma y la pionera en la región. Asume como dogma el célebre Consenso de Washington, sin valorar el contexto social y cultural que a la par se estremecía ante la simplificación del predicado del «final de la historia» y las ideologías, obviándose la alerta del choque de civilizaciones en puertas.
Sólo una década había transcurrido desde la adopción del Consenso, cuando emerge la violencia deslocalizada del terrorismo sin Estado ni soberanía. Derrumba los símbolos del capitalismo en la Roma del siglo corriente. El sistema de la ONU evidenció su irrelevancia. Quedaron fracturadas las bases del Derecho internacional posbélico. Luigi Ferrajoli, más allá de sus opiniones sobre lo circunstancial, admite que aquel es muy frágil, que es una realidad el regreso de lo global al «estado de naturaleza» como el evidente clima de guerra y el «colapso del Derecho»; el colapso radical de lo institucional y la vigencia [transicional] de la «ley del más fuerte». El corolario, cree, no es la mera reforma, sino la urgencia de la “refundación” de unas Naciones Unidas que avancen más allá de las declaraciones de principios, que formen ex novo una constitución «eficaz» para la Tierra en un mundo claramente bipolar (CNN, 26 de enero de 2026).
“En los asuntos más urgentes que se nos plantean, no tienen respuestas y prácticamente no han desempeñado ningún papel. No pudieron resolver la guerra en Gaza… No ha resuelto la guerra en Ucrania… Fue incapaz de frenar el programa nuclear de los clérigos chiitas radical de Teherán…”, insiste el secretario de Estado norteamericano, sin dejar de apuntar al realismo: “En un mundo perfecto, todos estos problemas y muchos más se resolverían mediante diplomáticos y resoluciones enérgicamente formuladas. Pero no vivimos en un mundo perfecto…”, finaliza.
En la coyuntura cabe nos preguntemos, sin embargo, ¿cuáles serán las categorías constitucionales del orden global que habrá de emerger? Rubio, sin abordar el fondo, obviamente, atina en la formulación de la advertencia: “No queremos que nuestros aliados se vean atados por la culpa y la vergüenza. Queremos aliados que [al igual que los chinos, agregaría] estén orgullosos de su cultura y patrimonio… No queremos que… racionalicen el statu quo roto en lugar de reconocer lo que es necesario para arreglarlo”.
Estados Unidos, por lo pronto, fija un marco infranqueable: “preservar la libertad de acción que nos permite forjar nuestro propio destino, no una para gestionar un estado de bienestar global y expiar los supuestos pecados de generaciones pasadas”; que, al cabo, sin lugar a duda, es lo que estimula el progresismo, para que nos avergoncemos de lo que somos y para que medremos como adanes sin paraíso.
Quienes ayer, desde los núcleos originales del señalado progresismo – como el Foro de São Paulo – procuran, antes de regresar luego sobre sus pasos, volver a las raíces de lo nacional, a Bolívar, a Martí y a Sandino, para denunciar la amenaza de la unipolaridad, el secretario de Estado, lapidado por estos, declara bien que “no podemos anteponer el llamado orden mundial a los intereses vitales de nuestros pueblos y nuestras naciones”. Y mientras el maestro Ferrajoli, maximalista como filósofo y teórico del Derecho, sugiere una Constitución para Tierra y una Corte Constitucional Mundial que invalide los atentados a sus normas sobreponiéndolas al todo y ante todos, la misma experiencia de la ONU alecciona en línea diferente. Muestra la inefectividad de lo normativo sólo inscrito sobre las exigencias de la Justicia – apartando las desviaciones ideológicas que han corroído al sistema – cuando se separan de la dimensión sociológica. Siempre se requiere de una variable de poder legítimo factible, que garantice la efectividad de lo normativo dentro de los propios límites que mandan la Justicia y el principio de la mayor libertad.
La prueba madre en todo orden constitucional, el internacional y el de los Estados, reside, por ende, en la posibilidad real de que ante toda ruptura o ilicitud se haga exigible, en la práctica, la respuesta, el cumplimiento del deber de responsabilidad por quien, como individuo o en nombre del Estado haya desplegado comportamientos atentatorios contra los principios universales de humanidad. Construir ese equilibrio, muy complejo, demanda reconocer los extremos en tensión, sin que uno se sobreponga al otro. En suma, globalización sí, pero respetuosa de las localidades, de lo que es irrenunciable como tejido existencial, plural e identitario de las sociedades. No habrá paz sin democracia, sin libertad, es lo que le ha recordado Oslo al conjunto de Occidente al inaugurarse el año presente, renovándole su memoria, para que se reencuentre con sus huellas extraviadas y se cure de falsas utopías.