En La crisis de la educación occidental (1961), Christopher Dawson diagnostica una herida profunda de la civilización moderna. Su sistema educativo ha dejado de formar personas. En su lugar, produce técnicos sin horizonte, especialistas sin juicio y ciudadanos sin alma. Todo ello porque ha roto con sus raíces espirituales, culturales y morales.
La universidad desolada
El problema no es solo de contenidos, sino de visión. Ya no se educa al hombre para que florezca, sino para que se adapte
Dawson no entiende la educación como una mera transmisión de contenidos. Habla de la formación integral del ser humano. Y afirma que el ideal moderno de una educación “neutral” y “científica” ha fracasado. Al expulsar la herencia cristiana, filosófica y humanista del currículo, la universidad occidental ha renunciado a aquello que la hacía grande, su vocación trascendente.
Hoy, sus palabras suenan proféticas. Las universidades ya no buscan la sabiduría, sino la funcionalidad. No cultivan el alma, sino el currículum. No orientan hacia la verdad, sino hacia el mercado o la agenda ideológica. Peor aún, muchas ni siquiera enseñan a pensar, sino a obedecer consignas identitarias. El problema no es solo de contenidos, sino de visión. Ya no se educa al hombre para que florezca, sino para que se adapte.
Dawson lo advirtió al afirmar que “una civilización que pierde su visión del fin último termina disolviéndose en sus propios medios”. Y eso es precisamente lo que ocurre en la universidad contemporánea. Multiplica departamentos, cursos, comisiones y reglamentos, pero ya no sabe para qué existe. Produce egresados con títulos, pero sin convicciones. Publica estudios, pero sin sentido. Se ha convertido en una maquinaria sin dirección.
La educación, sostenía Dawson, no puede ser neutral, pues o forma una visión del mundo ordenada hacia el bien, o la deja a merced del caos ideológico. Y eso es exactamente lo que hemos hecho, entregar la universidad al nihilismo posmoderno, a la tecnocracia sin alma y al activismo infantil. Tres formas distintas del extravío contemporáneo.
En términos generales, la universidad pública ya no forma la élite intelectual de los países. Forma la brigada cultural de la ideología dominante. Las universidades privadas, por su parte, salvo excepciones, compiten por ofrecer cursos de “ciudadanía global”, “decolonialismo epistémico”, “resiliencia afectiva”, “liderazgo” y “emprendimiento” en sus múltiples versiones edulcoradas, mientras abandonan las humanidades clásicas, la historia y la filosofía primera. Los estudiantes egresan sabiendo que existen ciento veintisiete géneros, pero sin haber leído La República de Platón. Manejan lenguaje inclusivo, pero no saben redactar. Militan, pero no piensan.
Dawson insistía en que la educación occidental nació del encuentro entre Atenas, Roma y Jerusalén. Separada de esas fuentes, inevitablemente se marchita. El drama no es solo pedagógico, sino civilizacional. Y el remedio no se encuentra en reformas ministeriales, ajustes curriculares ni becas inclusivas. El remedio consiste en recuperar el sentido de la verdad, del bien y de la belleza. Recuperar el sentido de lo sagrado.
Porque, como bien comprendía Dawson, formar al hombre es mucho más que entregarle herramientas, entrenar en habilidades y capacitar competencias, como se lee en casi todos los syllabus de los cursos universitarios. El hombre para florecer requiere fortalecer sus raíces. Pues, sin raíces, toda civilización termina desplomándose. Hoy, muchas universidades son edificios impresionantes, modernos, digitalizados, pero sin cimientos.
No necesitamos más diagnósticos. Necesitamos el valor suficiente para reconocer que la universidad moderna ha desdibujado su misión. Y que solo podrá recuperarla cuando deje de arrodillarse ante el progreso tecnocrático o la religión de la identidad. Cuando vuelva, simplemente, a mirar hacia arriba.
Como expresa Dawson al final de sus reflexiones, la tarea es inmensa, ya que supone una inversión del movimiento que ha dominado la civilización occidental los últimos tres siglos. Aunque este cambio ha sido pronosticado desde principios del siglo XIX, por poetas como Blake, Coleridge y Novalis; socialistas y sociólogos como Comte y Saint-Simon; y filósofos como Nietzsche, el gran cambio espiritual queda todavía pendiente, pues los poetas desechaban la ciencia, los sociólogos rehusaban a Dios, y Nietzsche rechazaba simultáneamente tanto a Dios como a la humanidad.
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