El canciller del Cartel de La Habana, Bruno Rodríguez, convocó a la prensa internacional para anunciar desde la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores la suma que Estados Unidos le debe a Cuba por concepto del mal llamado bloqueo y las sanciones.
Las cuentas de Bruno no cuadran
“De tal cuenta, tales cuentos” Refrán popular
Parece que por falta de pan y circo el canciller ha asumido el rol de payaso principal del circo castrista. Dijo descaradamente que Estados Unidos le debe a Cuba 8.08 billones de dólares, pero esta descomunal cifra solo aplica al año correspondiente entre el primero de marzo de 2025 y el 28 de febrero de 2026. El resultado acumulado es de 178.7 billones de dólares, adeudados a un país que no produce, al que nada le han confiscado y cuya cúpula gobernante, su parentela y amistades viven como si fuesen reyes, aplicándole la igualdad, en pobreza, a los demás.
Lo interesante sería sacar la cuenta de lo que confiscó Cuba a Estados Unidos y lo que una pandilla de delincuentes le robó a los cubanos.
¿Cómo podría el régimen compensar el costo humano acumulado durante 67 años? ¿Cómo devolvería la vida a los fusilados, a los asesinados dentro y fuera de las prisiones, a quienes fueron hundidos en alta mar? ¿Cómo devolvería el tiempo perdido a los condenados a penas desproporcionadas? ¿El tiempo perdido en celdas tapiadas? ¿Cómo compensar los abusos sistemáticos y violaciones de derechos humanos? Las víctimas son cientos de miles, no casos aislados.
Bruno Rodríguez ha ido más lejos: quiere que Estados Unidos le rinda cuentas de cómo distribuye la ayuda humanitaria. Esto lo pide el mismo régimen que ha vendido la ayuda de otros países en tiendas estatales y se ha robado el resto. Su retórica, marcada por un decadente discurso antiimperialista, resuena con ironía cuando se analiza cómo el régimen ha manejado esa ayuda, a menudo revendiéndola y manipulando la narrativa en un contexto de escasez y precariedad.
En los últimos años, Estados Unidos ha enviado diversas formas de asistencia a Cuba, desde medicinas hasta alimentos, alegando que estas ayudas son esenciales para el pueblo cubano, que sufre bajo un régimen que ha limitado las libertades económicas y civiles. La respuesta de Bruno Rodríguez ha sido clara: primero aceptar la ayuda, después decir que la ayuda de Estados Unidos no solo es vista como un intento de socavar el sistema socialista cubano, sino que, como una estrategia destinada a sembrar discordia y desconfianza entre la población y el gobierno. ¿En qué universo paralelo vive el canciller que no se ha dado cuenta de que la culpa y la desconfianza del pueblo es contra ellos y no contra Estados Unidos?
Lo que llama la atención es la aparente hipocresía que se manifiesta en esta postura. Mientras Bruno Rodríguez denuncia la interferencia imperialista, se sabe que una parte significativa de la ayuda humanitaria recibida por el régimen cubano termina por ser revendida en las tiendas estatales. Hasta el petróleo donado por Venezuela y México terminó vendido a mercados asiáticos. Ahora las condiciones de miseria y escasez de alimentos han llevado a una economía paralela donde los productos destinados a aliviar la crisis se convierten en un bien de lujo al cual solo unos pocos pueden acceder.
Más allá de las retóricas políticas, la experiencia cotidiana de los ciudadanos cubanos refleja una realidad alarmante. A medida que el gobierno insiste en la narrativa de que el país es víctima de un bloqueo y necesita solidaridad internacional, la población se enfrenta a un entorno denigrante: calles llenas de basura, infraestructuras en ruinas y servicios básicos casi inexistentes. La crítica a la ineficiencia del sistema es una constante en las conversaciones de los cubanos, que a menudo ven cómo su entorno se deteriora mientras el régimen parece ajeno a sus realidades.
En las redes sociales, sin embargo, emergen imágenes y anuncios de nuevos restaurantes y negocios que ofrecen una magnitud descomunal de sabores y manjares. Estos negocios, en su mayoría, pertenecen a funcionarios del gobierno, su parentela o empresarios cercanos a la cúpula del poder. Mientras el ciudadano de a pie lucha por encontrar productos básicos, estos elegidos disfrutan de un acceso privilegiado a recursos que, en teoría marxista, deberían ser distribuidos equitativamente entre la población. Esta disparidad es un evidente foco de frustración, malestar social e hipocresía.
Otro de los símbolos más visibles de esta paradoja es la acumulación de basura y el deterioro urbano. Las calles de La Habana y otras ciudades cubanas están cubiertas de basura, lo que afecta tanto la salud pública como la calidad de vida de los habitantes. A pesar de las quejas y las denuncias constantes, el régimen ha optado por establecer "contenedores con candado", destinados a facilitar la recogida de basura en áreas donde los funcionarios y sus familias residen o tienen negocios. Este tipo de acciones, que parecen más un intento de salvaguardar los intereses de la élite que una verdadera política de bienestar social, contribuyen a la percepción de un sistema que opera para perpetuar la desigualdad.
Y es aquí donde, una vez más, la hipocresía de la cúpula gobernante se vuelve evidente: un discurso de lucha contra el imperialismo y el bloqueo que convive con una gestión ineficaz de los recursos y la corrupción visible. La narrativa construida por el régimen, con Bruno Rodríguez de vocero, se enfoca en mostrar a Estados Unidos como el enemigo principal, mientras el pueblo vive la cruda realidad de una vida diaria marcada por la privación y la desilusión.
Cynthia Torroella tenía 7 años cuando Raúl Castro ordenó el fusilamiento de su padre. No solo lo ordenó, sino que le dijo que, como no delató a sus compañeros, él mismo presenciaría el fusilamiento. Cynthia acaba de publicar un artículo diciendo que ya es muy tarde para que Raúl Castro deshaga sus crímenes, pero que lo que sí podía hacer, después de 64 años, es decir dónde está enterrado su padre. ¿Entonces cómo le ponemos precio al dolor y sufrimiento que los Castro han causado en Cuba? ¿Cómo compensar a tantos hijos de fusilados, a los hijos de los presos políticos que crecieron sin un padre o, en muchos casos, sin los dos?
Mejor es que Bruno Rodríguez bote la calculadora, porque las cuentas no dan. Eso sí, un buen ajuste de cuentas sería que termine de una vez y por todas un régimen criminal, corrupto y mentiroso. Que, en fin, es el único responsable del desastre que padece el pueblo cubano.
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