Helen Pluckrose y James Lindsay no buscan provocar: buscan explicar por qué la universidad se ha vuelto un teatro de lo absurdo. En Cynical Theories (2020), los autores desmenuzan el proceso por el cual teorías posmodernas, inicialmente marginales y críticas, se transformaron en una religión laica. Una religión sin dioses, pero con dogmas.
Las teorías cínicas y la destrucción del saber
Según Cynical Theories, las corrientes identitarias dominantes en algunos campus han desplazado el método científico y la deliberación en favor de una política del agravio
El origen está en los años 60 y 70, cuando autores franceses como Foucault, Derrida o Lyotard comenzaron a desconfiar del lenguaje, de la verdad y del poder. Lo suyo era una crítica radical, no una propuesta. Pero sus herederos académicos no se quedaron ahí. Tomaron esos escombros y construyeron sobre ellos toda una constelación ideológica: estudios de género, estudios queer, teoría crítica de la raza, interseccionalidad, teoría poscolonial, etc. Y lo hicieron con una estrategia sutil: no argumentar, sino deconstruir; no refutar, sino invalidar por origen.
Según Pluckrose y Lindsay, estas nuevas teorías ya no buscan conocer el mundo, sino transformarlo en función de identidades ofendidas. Rechazan el método científico por “colonial”, la razón por “androcentrista” y el diálogo por “opresivo”. Todo es sospechoso: el currículo, la gramática, el canon literario, incluso el silencio. La sospecha es total, y por tanto, totalitaria.
El resultado es una academia convertida en maquinaria de resentimiento. Como afirman los autores: La verdad ya no importa; sólo importa si algo refuerza o desafía una narrativa de poder. Por eso se cancelan clases, se reescriben libros, se ridiculiza a Aristóteles y se castiga a Newton. No porque se haya descubierto algo nuevo, sino porque el saber ha sido declarado culpable por defecto.
En Hispanoamérica, los efectos se sienten con violencia disimulada. Las facultades de Humanidades y Ciencias Sociales ya no forman pensadores, sino activistas con terminología importada. “Cuerpos racializados”, “matrices epistémicas”, “subalternidades disidentes”... todo suena profundo, pero es puro humo con arrogancia posmoderna. Nadie piensa, todos posan. La virtud está en la consigna, no en la idea.
Los autores de Cynical Theories anticiparon que cuando se sustituye la búsqueda de verdad por la ingeniería del agravio, la universidad deja de ser una institución para convertirse en una empresa militante. Y como toda empresa militante, necesita enemigos. La deliberación y el diálogo, la tradición occidental, la ciencia, el mérito, la objetividad: todo debe ser desmantelado para que los nuevos profetas puedan instalar su fe.
La ironía es que, en nombre del anticolonialismo, se impone un colonialismo cultural anglosajón. Casi nadie ha leído a Foucault, pero todos repiten su jerga. No por comprensión, sino por prestigio. Los mismos que denuncian la “eurocentrización” de los saberes celebran la “descolonización” escrita en inglés por teóricos de universidades élite. Su rebeldía es financiada con becas internacionales y aplausos ministeriales.
Y mientras tanto, el lenguaje se enrarece, la conversación se acobarda, y el disenso se calla. Porque como advierten Pluckrose y Lindsay: el poder de estas teorías no reside en su capacidad para explicar el mundo, sino en su habilidad para callar a quienes lo contradicen. Es el triunfo del cinismo académico, que ya no necesita convencer: le basta con acusar.
La universidad, así, se convierte en un espacio ceremonial: textos oscuros, ritos ideológicos, sanciones morales. Pero sin logos, sin verdad. Sólo poder. Poder para redefinir lo humano según categorías que no admiten preguntas. Poder para suplantar el pensamiento con militancia. Poder para imponer silencio con retórica de justicia.
Si la universidad no se rebela contra este catecismo disfrazado de teoría, terminará por suicidarse intelectualmente. Y lo peor: nadie llorará por ella. Porque cuando la casa del saber común deja de servir a la verdad, lo único que produce es desprecio. Merecido.
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