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Opinión

Las últimas medallitas

Delcy Rodríguez reparte grados de fantasía a una Fuerza Armada convertida en colección privada del poder

Por Elizabeth Sánchez Vegas

Sobre la mesa hay carpetas, sellos, cintas, firmas y una larga fila de nombres esperando su ración de utilería. Delcy Rodríguez toma el bolígrafo, se atribuye el título de “Presidenta Encargada” y “Comandante en Jefe”, y reparte grados como quien liquida las últimas existencias de un negocio condenado a cerrar. Mayor general. General de división. General de brigada. El vocabulario conserva todavía cierta pompa, pero detrás de las mayúsculas se distingue el sonido barato de la bisutería. Son las últimas medallitas de la despedida: adornos apresurados para una cúpula que pretende llegar engalanada al final de una época que la historia recordará por su corrupción descarada, su silencio cómplice y su total renuncia a toda dignidad institucional.

Delcy Rodríguez no ascendió a nadie. Quien carece de mandato legítimo puede llenar expedientes, invocar al tribunal que le sirve de notaría y estampar su firma sobre cien resoluciones; seguirá sin poseer la autoridad que pretende repartir. La resolución deja constancia del acto, pero también de la impostura. Cada nuevo grado nace averiado porque procede de una jefatura política que necesita disfrazarse de institución para ocultar su origen.

La degradación más profunda, sin embargo, ocurre del otro lado de la mesa. Allí esperan los oficiales que aceptan la estrella, ofrecen el hombro, ensayan la solemnidad y posan para la fotografía. Delcy les presta mando de cartón; ellos le prestan sus uniformes para que la usurpación parezca Estado. Ella necesita una hilera de generales que exhiba obediencia. Ellos necesitan una firma que garantice su permanencia dentro del sistema. Se sostienen mutuamente en una ficción tan precaria que requiere cada vez más sellos, más condecoraciones y más ceremonias.

¿De qué preparación pueden presumir? Hasta la solvencia profesional de esa cúpula resulta difícil de comprobar dentro de una estructura donde los méritos reales, los expedientes académicos y los criterios de promoción permanecen cubiertos por la opacidad. Tampoco basta con acumular cursos, desfilar, manipular armamento, exhibir diplomas de Estado Mayor o memorizar reglamentos que después se incumplen en lo esencial. Un oficial formado para defender una república debe distinguir la autoridad del abuso, la disciplina de la servidumbre y el deber constitucional de la conveniencia personal. Quien luce charreteras y recita manuales, pero no reconoce la ilegitimidad cuando la tiene delante, no demuestra preparación: exhibe obediencia mecánica, ineptitud moral y fracaso de criterio.

Tampoco queda demasiado espacio para invocar el orgullo nacional. El orgullo nacional protege al ciudadano; no lo vigila, no lo intimida ni lo encierra. Defiende la soberanía; no convierte los cuarteles en oficinas partidistas ni los grados en fichas de intercambio. Durante años, demasiados mandos pronunciaron la palabra patria mientras el uniforme quedaba asociado al miedo, la persecución, la corrupción y el enriquecimiento de quienes debían servir. Una institución que distribuye intimidación hacia abajo y privilegios hacia arriba dejó de custodiar la República para custodiarse a sí misma.

La jerarquía terminó convertida en una franquicia. Para los venezolanos quedaron las alcabalas, los fusiles, las amenazas y el silencio. Para la cúpula, los cargos, las escoltas, los negocios y esa pequeña ferretería ceremonial que se cuelga del pecho para disimular la indigencia moral. Cada estrella nueva funciona como un recibo de obediencia. Ya no reconoce mérito: documenta dependencia. Ya no engrandece al oficial: revela cuánto aceptó encogerse para seguir perteneciendo.

Presento mis disculpas al militar que todavía conserve honor, por si aún queda alguno dentro de esa estructura capaz de recordar para qué juró servir. Pero también debe comprender que el honor escondido no protege a nadie. La decencia silenciosa no abre una celda, no impide un abuso ni devuelve una elección. Si por conciencia o por milagro queda algún oficial digno de ese nombre, deberá demostrarlo mientras todavía exista riesgo, cuando actuar cueste carrera, privilegios y seguridad; no en unas memorias tardías donde todos aseguren que obedecían sin creer y callaban mientras aguardaban una ocasión más cómoda.

Algún día, cada uno deberá responder qué hizo con el rango que ya tenía: a quién protegió, a quién obedeció y qué decidió ignorar.

El papel no crea mando. El sello no funda legitimidad. El metal no fabrica honor. Y una Fuerza Armada que necesita ser premiada por una autoridad ilegítima para recordar que existe ya ha confesado su verdadera dimensión: dejó de ser institución y aceptó convertirse en colección.

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