Los españoles conocemos bien al espécimen. En el accidente del petrolero Prestige se disfrazaron de ecologistas. La pegatina era “Nunca máis”. La culpa era de la derecha. Durante la guerra de Irak fueron pacifistas vestidos de neo-hippies. La pegatina era “No a la guerra”. La culpa era de la derecha. Tras el atentado del 11M cercaron las sedes del PP. La pegatina era “¡Asesinos!” –Spoiler: no iba dirigida a los terroristas–. La culpa era de la derecha. Y en la primavera cursi del 15M, acamparon en la calle vestidos de piojos. La pegatina era “No nos representan”. La culpa era de la derecha. En ocasiones, los guionistas no encuentran tragedia lo bastante sólida y entonces la fabrican. Es el caso de la emergencia climática, cuando se disfrazaron de brécol. La pegatina era “el capitalismo mata el planeta”. La culpa era de la derecha. Y es el caso del 8M, cuando se travistieron. La pegatina era “el machismo mata más que el coronavirus”. La culpa era de la derecha. Ahora, en la pandemia, se visten de ángeles. La pegatina es “Este virus lo paramos unidos”. Y la culpa, naturalmente, es de la derecha. A todos los problemas del mundo proponen la misma solución: el comunismo. Pero le van cambiando el nombre para disimular, porque su solución ha causado cien millones de muertos sin haber resulto ningún problema.
Los guionistas de Sánchez
Aborrecen los momentos de esplendor de las naciones. Ellos disfrutan como cochinos en su charca cuando el dolor, la miseria y el hambre azotan al país. Entonces trazan su plan y comienza la película. Y casi siempre es de ciencia ficción, primero, y de miedo, después. El estreno sería un fracaso en taquilla si no fuera por los tontos útiles. Los ingenuos. Los buenistas. Los temerosos. Si a menudo les funciona la mentira es gracias al respaldo de los bobalicones, los que creyeron que el movimiento era espontáneo y apartidista, los que creyeron que la causa era la paz, los que creyeron que el compromiso era con el medio ambiente, cuando lo único que estaba en juego era la libertad. Y los guionistas odian la libertad. Odian a la gente que se sale del guion. Son las reglas de comunismo, y si te sales del carril, acabas en la cuneta.
España vive desde hace semanas en una película de terror. Ve cientos de vídeos de médicos bailando en el telediario, mientras rebosan de ataúdes las morgues con casi mil muertos al día. Sale aplaudir a los sanitarios al balcón, y el Gobierno convierte el aplauso en un mitin contra la sanidad privada. Cree de buena fe que todos estamos juntos en esto, mientras escucha una y otra vez que la culpa de todo es de la oposición. Traga con que la pandemia ha sido inevitable, cuando el Gobierno sabía que alentar las marchas del 8M era un atentado. Se escandaliza porque Rajoy sale a la calle, sin preguntarse por qué se ha filtrado esa imagen justo el día en que sabemos que ha muerto un trabajador en La Moncloa; ese lugar donde el Gobierno se salta la cuarentena a diario a la vista de toda España.
Pero el plan es más ambicioso que sobrevivir políticamente a esta crisis. Por eso los guionistas de Sánchez no se detienen. Por eso aparece la encuesta del CIS en la que el 87% de los españoles creen que hay que respaldar al Gobierno. Por eso la pregunta de la vergüenza, que es en realidad una afirmación profética: si debe el Gobierno prohibir la libertad de información sobre la pandemia. Por eso Sánchez nos atiza un sermón cada fin de semana a la hora del telediario, que estos señores, además de arrebatarnos la libertad, se sienten en la obligación de dar intensamente el coñazo. Por eso purgan a los periodistas disidentes. Por eso los socialistas denuncian a la oposición. Por eso la televisión pública ridiculiza al expresidente Rajoy en un programa educativo infantil que ya está maduro para poner a la portavoz del Gobierno a dar clases de gramática.
Y es que el gran plan para España, en definitiva, es imponer el comunismo de Iglesias con el 12% de los votos, gracias al tonto útil de Sánchez. Y Sánchez, aunque tonto y útil, es el máximo responsable. Él es el director de la película. Iglesias es solo el acomodador. Y si la oposición no se opone de una vez por todos los medios, pronto se convertirá en las palomitas.
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