Cada tiempo tiene su propio tiempo y hace historia propia, es la afirmación que hicimos constar en nuestra precedente crónica, del mismo título, buscando referir la realidad y dinamismo como la autonomía del ser humano, que en modo alguno pueden obviarse. No significa ello que la historia haya de reescribir a la Verdad y sus verdades sin antes considerar - lo precisa León XIV en su amplia relectura - “la forma en que la Iglesia habita la historia y se relaciona con el mundo”.
Magnifica humanitas, 2
Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia
Esta es una cuestión clave para comprender la aproximación que hace su Encíclica Magnifica Humanitas sobre la cuestión digital y la Inteligencia Artificial (IA), a fin de que no se las vea como un tema singular sino como la manifestación de un «cambio epocal» en la misma historia; que, si bien interpela al magisterio eclesial con las cosas nuevas, este, como doctrina social y aquella como poseedora de “una consistencia y un orden propio”, permanecen atados a una raíz que las trasciende.
La creación, en efecto, lleva impresa una bondad originaria - lo recuerda la Encíclica - que la mirada humana debe custodiar, cultivar y hacer madurar, siempre con la libertad que es inherente a la existencia del hombre, a su albedrío. De donde la tarea de la Iglesia Católica, en el marco de ese reservorio de sabiduría que conjuga lo teológico con lo antropológico, sólo busca acompañar, ayudar al discernimiento comunitario. La Doctrina social de la iglesia en modo alguno es “un manual de principios y de normas que hay que aplicar”, precisa la Encíclica, pues se concreta como ayuda en la tarea de reconocer y promover “lo que contribuye a la dignidad de las personas, a la vitalidad de las comunidades y al bien de todos”.
El señalado Magisterio, que ausculta a la historia al objeto de acompañarla y caminar a su lado, es de suyo perfectible, pero a su vez está inspirado en la verdad constante de los Evangelios. Contiene una “comprensión de la verdad” y posee “un don que hay que compartir”. No es “una posesión que hay que reclamar”, como en los tiempos en los que se cedió - lo recuerda la misma Encíclica apelando a San Juan Pablo II - a métodos de intolerancia e incluso de violencia al servicio de la verdad, y tampoco “un territorio que haya que defender”. La Doctrina social de la iglesia, lo recordaba San Pablo VI, mal puede “pronunciar una palabra única” ante la gran variedad de las situaciones históricas, como la presente, signada por una ruptura epistemológica que diluye espacios y exorciza al tiempo.
Cabe observar, sin perjuicio de lo anterior y justamente por inspirarse tal Doctrina o por beber ella en las fuentes invariables del Evangelio, que su tradición ha evolucionado de manera coherente, sin fracturas intelectuales a la vista; todo lo contrario. Sin perjuicio, como conjunto de ideas, de haberse renovado mediante la escucha de las situaciones históricas concretas e interpelada por las preguntas que nacidas de la realidad social e histórica del hombre se le han dirigido.
Tal “corpus orgánico de enseñanzas sociales”, que Pio XII califica por vez primera como Doctrina social de la Iglesia, como se ha dicho la inaugura la Encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891), sobre la cuestión obrera y la dignidad del trabajo, revalorizando la dignidad humana por sobre el capital y defendiendo a la propiedad privada junto a su “indispensable función social”.
Le siguió la Quadragesimo Anno de Pio XI (1931), que al conmemorarla hace crítica, en medio de la crisis económica mundial, tanto a la competencia sin límites, concentradora del poder, como a los colectivismos “que anulan la libertad y la responsabilidad de las personas”. Da lugar, así, a la emergencia y reconocimiento del principio de la subsidiariedad, que proscribe la absorción por instancias superiores de aquello que corresponde y han de realizar “las personas, las familias, los organismos intermedios y las comunidades locales”. Su pontífice autor, lo precisa Magnifica Humanitas, “denuncia los totalitarismos que atropellan la dignidad de la persona, sofocan la vida social, exaltan al Estado por encima de su justo valor y adoptan la categoría discriminatoria de la raza”.
Pio XII, en su momento (1939-1958), “sostiene la necesidad de un Estado de Derecho sólido para prevenir los abusos de poder y reconoce en la democracia un instrumento adecuado para favorecer el ejercicio correcto de la autoridad”.
Tres enseñanzas o principios son extraídos como síntesis de lo anterior y para lo actual por León XIV, a saber, que (1) el derecho prevalezca sobre el interés, (2) la conciencia de que las disparidades económicas son fuente de tensiones, y (3) el valor del tejido asociativo como vía para la mediación entre el individuo y el Estado; lo que, al paso y mutatis mutandis, propugna este para orientar la dinámica de la globalización y la forja de un orden internacional que sea justo y pacífico.
Juan XIII, con su Mater et Magistra (1961) y Pacem in Terris (1963), apuntará, sucesivamente, a dos aspectos cruciales en su época, la vida social y el reconocimiento de los derechos y deberes de las personas, señalando, en cuanto a lo primero, el equilibrio que ha de mantenerse “entre la iniciativa de los ciudadanos y de los grupos, llamados a autoorganizarse, y la acción del Estado, que debe coordinar y sostener sin sofocar la libertad”; lo que sugiere la idea del Estado promotor. Y en lo relativo los derechos humanos, los vincula orgánicamente con la dignidad connatural de la persona, obligándose tanto el Estado como la comunidad internacional a su reconocimiento, con fundamento “en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”.
Caminar dentro de la historia
Con la celebración del Concilio Vaticano II (1962-1965), que a distancia del tiempo aún suscita controversias, se promueve que la Iglesia deje atrás las abstracciones y se involucre con “la realidad concreta de las situaciones históricas”, observando a las estructuras institucionales y económicas según que sirvan o no “al desarrollo integral de la persona” y favorezcan “la participación responsable de todos”, como lo dispone la Constitución Gaudium et Spes (1966).
Sostiene León XIV al respecto, que dicha Constitución proporcionó un método valioso a objeto de que el diálogo de la Iglesia con el mundo no se reduzca a lo táctico, sino que se vuelva “una forma concreta de su misión”. Y ajusta que la Declaración Dignitatis Humanae (1966), enhorabuena vino a defender la libertad religiosa como “un derecho fundamental arraigado en la dignidad de la persona”.
Las dos encíclicas que siguen, de San Pablo VI, a saber, Populorum Progressio (1967) y Octogesima Adveniens (1971), una postula la idea del desarrollo integral - condiciones de vida más humanas - que atañe «a todos los hombres y a todo el hombre» en sus variadas dimensiones, siendo aquella “el nuevo nombre de la paz; en tanto que la otra, que renueva la Encíclica fundacional de la Doctrina social de la Iglesia, traslada su perspectiva a la sociedad posindustrial y a los cambios que ya se aceleran - como las transformaciones urbanas, la modificación de lo laboral y lo cultural - poniendo en tela de juicio “el futuro de las personas y de las comunidades”.
Lo esencial es que se reivindica la fuerza del mensaje evangélico, pues si bien pasa a ser otra la circunstancia histórica, diferente a la del puente entre los siglos XIX y XX, recuerda San Pablo VI que son sus criterios los que permiten “reconocer lo que humaniza o deshumaniza”. O según la exégesis de León XIV con vistas a nuestro siglo, “para que ninguna persona ni ningún pueblo sea tratado como prescindible en los procesos de desarrollo”.
En la singladura del tiempo recorrido desde el quiebre epocal, tras descubrirse la falacia del socialismo real y en las décadas que ya frisa el siglo XXI, y mientras la acción de los añejos sindicatos cristianos y partidos políticos de raigambre humanista cristiana que luchaban contra la explotación del hombre por el hombre ha quedado como pieza de museo, el alerta de León XIV a propósito de la revolución digital y de la IA no se hace esperar: “No deben subestimarse las formas más sutiles de dependencia vinculadas a la economía digital…, donde las plataformas y los servicios están diseñados para captar el tiempo y la mirada de los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando la libertad interior”.
Las enseñanzas sociales de San Juan Pablo II resultan de mucho peso en tal orden, dada la encrucijada que le toca y marca la crisis de los grandes sistemas ideológicos del siglo XX e inicios de la globalización. A sus encíclicas las transversaliza la idea de la solidaridad y dos de ellas, Laboren Exercens (1981) y Centesimus Annus (1991), son conmemorativas de la Rerum Novarum que marca la deriva secular de la Doctrina social de la Iglesia. La primera resitúa la significación del trabajo - que deja de ser costo de producción, problema de gestión, o medio para obtener ingresos - estimándolo como el elemento que pone en juego a la libertad, la creatividad y la capacidad de cada hombre para cooperar, “contribuyendo a la elevación cultural y moral de la sociedad”.
Mal cabe, así, según León XIV, evaluar al trabajo “únicamente en términos de eficiencia”. De allí que, entienda el Papa polaco, en su otra encíclica, que la democracia y la economía de mercado son las garantías de la participación ciudadana mientras se subordinen a la ley moral, sin sacrificar a los más débiles en aras de la lógica del lucro.
En Sollicitudo Rei Socialis (1987), conmemorando la Populorum Progressio de San Pablo VI, que media entre las dos señaladas con anterioridad, dirigiéndose a la comunidad internacional San Juan Pablo II la interpela sobre la importancia del juicio ético riguroso y no sólo técnico de los mecanismos económicos y financieros gestionados por las grandes potencias. Pide hacer prevalecer “una forma de amistad social”, de solidaridad, entendida como corresponsabilidad entre las personas, los pueblos y las naciones.
Benedicto XVI, su sucesor y previamente su Prefecto de la Congregación de la Fe, desde su denso pensamiento teológico y filosófico reinterpreta el concepto de desarrollo planteado en Populorum Progressio, para pedir se le concilie con “los límites de la creación”. No solo eso, sino que advierte la emergencia de nuevas formas de exclusión en los países ricos mientras que, en los pobres, aparecen sectores de fuerte consumismo conviviendo con la miseria deshumanizante. Destaca, seguidamente, el marco de esa movilidad de capitales globales que “ha reducido el poder político de los Estados”. Enseña, en fin, que la lógica del mercado debe orientarse por el bien común, sin sustituir la responsabilidad necesaria de la “comunidad política”.
León XIV recuerda que el gran aporte de Papa Ratzinger a la Doctrina Social de la Iglesia fue “mostrar que el desarrollo, la justicia, las instituciones y el mercado no son realidades neutras”, sino “espacios en los que la caridad en la verdad debe tomar forma histórica”. También que destacó la importancia de recomponer la relación entre la política y la economía a la luz de dos paradigmas, el bien común y “reconocer a la caridad un papel crítico y generativo en la vida pública. Lo que exige, en otras palabras, reconstruir la confianza en una hora de desestructuración de los sólidos culturales, de culto al relativismo y de perturbación de las distintas formas de relación social y política entre los hombres.
El patrimonio intelectual único que ofrece el magisterio social de la Iglesia, según reza Magnifica Humanitas, se resume en la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz, y la fraternidad; que, en palabras de Francisco (Fratelli Tutti, 2020), significa la “cultura del encuentro” y “una mejor política” capaz de ofrecer un mundo que garantice “tierra, techo y trabajo para todos”.
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