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España

Nos estamos volviendo locos

Pasa una señora que explica a su marido cómo debe limpiarse los pies con lejía cuando vaya a entrar en casa. Y él le replica que lo más importante es no respirar en espacios cerrados
Por ITXU DÍAZ

Apuro una caña en una terraza frente al mar. Están las olas ya teñidas de invierno, repletas de soledad, y con una espuma que ya no baña sino que corta. A mi lado dos parroquianos hablan del asunto del día que, a falta del fútbol, es el coronavirus. Se aprietan un orujo y sendos habanos y comentan entre risas, a sus setenta y muchos, que a ver si bicho tiene huevos a decir esta boca es mía con semejante cóctel. Después tosen de un modo cavernoso y fatal y eso me incomoda y hace que, fiel a mi propensión a la hipocondría, vaya desplazando mi mesa y mi silla cada vez más hacia el borde del dique, llegando a tener hasta dos patas colgando sobre el mar, rizando el rizo de quienes disfrutamos dando porqués a los que estudian el viento favorable de la extinción masculina.

Al fondo pasa por el horizonte esa amalgama de gabardinas y vestidos marrones, ya no hay panas, creo, pero sí cueros, pieles, y cosas de esas mullidas que se ponen las mujeres alrededor del cuello y caen como cataratas de mantas, para explicar al mundo que, de acuerdo, puede que nos vayamos a morir todos, y que ya nada tenga remedio, pero ni siquiera eso es una razón para que tengamos que hacerlo de frío. También veo los primeros paraguas y me acuerdo de que es temporada de setas. No sé cuál es la conexión mental, pero qué quieren, soy escritor. Tal vez sea solo un cortocircuito.

Ante los ojos del otoño desdoblo otra columna urbana y escucho fragmentos de conversaciones y, la mayoría hablan de lo mismo, del virus. Como si no existiera otro tema. Tanto que he llegado a pensar si será sano toda esta endogamia patógena, este cóctel mundial de monotemismo, este tedio sobrevenido por las extrañas circunstancias. Que sigue el mar y toda su belleza ahí, y los bares vuelven a hacer ricos los gintonics, y hay amigos incluso que se rompen piernas o pierden dedos en accidentes de bicicleta, y te dan la paz de lo malo conocido, de saber que el coronavirus no ha impedido que todo lo que ya iba penosamente antes no siga marchando ahora por los mismos derroteros.

No hay tema ni para el amor. Que tengo al lado a dos jóvenes entre los soportables, abrazados bajo una lluvia fina, y con la severidad en el rostro que los problemas del amor solo saben dibujar a los 20 años; después o no te perturba o te levanta surcos vitalicios en la sien. Y se miran y se dicen esas cosas propias del amor puro, eso de seguiré a donde vayas, no habrá ojos más que para ti, y celebro que hayas nacido. No sé, lo que se digan ahora los niños cuando están con las niñas con las que quieren estar y viceversa. Pero es un lío de conversación. Porque el susurro en el amor es fundamental, por la discreción. Y la mascarilla les obliga al berreo entonado, como actores de teatro declamando versos de una profundidad demasiado abrumadora como para decirlos a viva voz. Y ella le ha de responder en el mismo código y con los mismos decibelios. Y al final parecen dos astronautas sordos diciéndose que se quieren a gritos desesperados y con la voz enlatada como en un walkie talkie. Tan solo los ojos llenos de lágrimas corroboran que el momento no es del todo sarcástico, e impone un respeto al drama de sus promesas. Pero se mueven al fin torpemente, entre la distancia que quieren mantener y la que no, entre la delicadeza del que demuestra las medidas y el que busca la complicidad de un cariño que pueda dar más credibilidad a las promesas declamadas desde el otro lado de la mascarilla.

Miro hacia otra parte. Esperando que la noche haga su trabajo y me engulla. Y que el invierno nos traiga el hielo, harto ya de los calores de un 2020 que es pesado en todas sus malditas facetas. Y pasa entonces una señora que explica a su marido cómo debe limpiarse los pies con lejía cuando vaya a entrar en casa. Y él le replica que lo más importante es no respirar en espacios cerrados. Y ella le pregunta, enfadada, que eso cómo coño se hace. Y él, que estaba muy concentrado en su tesis, la mira, se parte de risa, y le dice que no tiene ni idea. Y ambos se pierden por la calle, rozan ya los 60, cogidos del brazo y muertos de risa, comentando que, de todos modos, si el coronavirus no acaba con ellos, los acabará matando cualquiera de esas ideas idiotas y elaboradísimas, sin más base que la veleta de los titulares científicos en los periódicos, que todos hemos ido tejiendo desde marzo y elevando a condición imprescindible para salvar la vida, y que defendemos si es necesario con nuestra propia vida ante quién sea.

Al fin, es posible que el virus no nos mate, pero no va a haber psiquiátricos en España para dar cobijo a tanta locura, la mía y la vuestra, como está aflorando en esta crisis.

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