-No estamos en condiciones de despegar porque un pájaro se he metido en la turbina –dijo el capitán del avión.

Una hora después, seguíamos sentados a la espera de que el avión se moviera. Pero nada se movía. Los tripulantes no ofrecían comidas ni bebidas y la gente se impacientaba. Yo había visto la película Sully el pasado fin de semana y sabía que pájaros en la turbina podían traer problemas serios. Sin embargo, el capitán había dicho “un pájaro”, no “una bandada de pájaros”. No podía ser que un solo ganso, un halcón, una cigüeña o un buitre estropeara el avión entero. Pero el capitán anunció:

-No podemos usar esta aeronave. Les rogamos que desocupen el avión. Tendremos que conseguir otro avión para llevarlos a su destino.

Mi destino era Medellín, la fiesta del libro, dos conferencias, una el viernes, otra el sábado. Nadie me había invitado, me había invitado yo mismo. Nadie me pagaba el pasaje ni el hotel, me los pagaba yo mismo. Nadie me esperaba en el aeropuerto para conducirme al hotel. Nadie, en el peor de los casos, iría a verme a las conferencias. Era, pues, un viaje perfectamente inútil, caprichoso, innecesario. ¿Por qué me obstinaba en ir, a despecho de los sabios consejos de mi mujer y los reproches amorosos de mi hija? Porque me parecía que un escritor, para sentirse vivo, tenía que hablar con sus lectores, y saberse leído. Y porque desde siempre he tenido una pasión por la tierra colombiana, y en particular por la agreste geografía antioqueña, cuna de gente de carácter.

Bajamos del avión y esperamos resignados en la puerta de embarque. La espera se hizo larga: dos, tres, cuatro horas. Algunos desertaron y se marcharon a casa. Yo, tozudo, me quedé esperando a que los empleados de la aerolínea nos dijeran que habían conseguido otro avión. Pero nadie decía nada. La gente reclamaba comidas, bebidas. Caminé hasta un restaurante de comida cubana y me despaché un pollo a la plancha con plátanos fritos y me entoné con varios cafés colados. Estaba listo para irme a la guerra, armado de cafés.

Hacia la medianoche, anunciaron que habían conseguido otro avión. A esa hora debíamos estar ya en Medellín. Entretanto habían ofrecido abundante comida chatarra que preferí no consumir. Algunos pasajeros que me reconocieron y pidieron fotos me preguntaron a qué iba a Medellín.

-Tengo que dar una conferencia –les respondía, dándome aires de intelectual.

Pero la conferencia era en realidad una tertulia, y la tertulia una charla, y la charla una confesión pecaminosa, y la confesión pecaminosa un ejercicio impúdico de cabaret.

El vuelo, como tengo aprendido, se hizo menos tedioso porque saqué la computadora y la zarandeé a golpes en el teclado, rumiando una novela, aporreando a las musas, persiguiendo a tientas a la imaginación, la loca de la casa. Cuando escribo, el tiempo vuela: por eso escribo cuando estoy incómodo, disgustado, furioso: la furia se descarga a golpes en el teclado.

Llegando a Medellín, me preguntaron si votaría por el SÍ o por el NO.

-Un periodista vota siempre por el NO –dije-. Un periodista debe estar siempre en la oposición.

Me preguntaron por el presidente de ese país y no me corté:

-Es un panqueque, un chaquetero, un tránsfuga, un travesti.

Amanecía cuando el conductor del taxi descendió en curvas serpentinas la montaña del aeropuerto al valle, a la ciudad. Sentía muy viva la presencia del gran Fernando Vallejo. El muchacho que me recibió en el hotel, cargando mis maletas, parecía salido de La virgen de los sicarios o El desbarrancadero. Nadie como Vallejo para convertir en literatura el campo minado de la familia.

Por supuesto, casi no dormí. Al día siguiente, me arrastraba como un zombi. Una bola de fuego ardía en mi garganta. Traté de apagarla con pastillas, pero de nada sirvió. Me hice de un precario coraje a base de cafés, una seguidilla de expresos con hielo que me pusieron crispado, beligerante, locuaz. Así salí del hotel, así llegué a la fiesta del libro, en pleno Jardín Botánico. Nadie me esperaba. Tomé más cafés helados. Eventualmente encontré la sala donde debía hablar. Hablando, desperté, renací, hallé mi identidad: la del charlatán, la del hablantín, la del piquito de oro. Solo me animaba un propósito: entretenerlos, hacerlos reír. Recordaba lo que había escrito Vargas Llosa:

-En la civilización del espectáculo, el cómico es rey.

Esa noche, devastado, exhausto, mudo, caí en la cama y dormí doce horas como un oso. Al día siguiente, comí una tortilla de claras de huevo, salí a caminar por el barrio, me di una ducha y volví a la fiesta del libro. De nuevo, hablar fue como un ejercicio de levitación: me empiné, me elevé, quedé suspendido en el aire, volé, planeé, fui el capitán Sully planeando mi maltrecha aeronave sobre el río Hudson, tratando de que ninguno de mis pasajeros, mis lectores pasajeros, perdiera la vida. No sé si lo conseguí, pero creo que volaron contentos conmigo porque al final aplaudieron y se quedaron para las firmas, las fotos y los tocamientos: une escritor que no se deja tocar, toquetear, manosear, acariciar furtivamente, es un escritor bobo y presumido, y yo adoro que mis lectores me toquen con la intención que quieran.

Al llegar al hotel, tuve que tomar una decisión terrible: ¿salía a toda prisa a tomar el vuelo de la medianoche de Jet Blue, o pasaba la madrugada desvelado para tomar el vuelo de American a las siete de la mañana? Si decidía lo segundo, no dormiría nada, tendría que estar en el aeropuerto a las cinco, salir del hotel a las cuatro. Si decidía lo primero, tenía que hacer maletas enseguida y condenarme a viajar en clase económica, porque ese avión de Jet Blue no tenía nada parecido a una clase ejecutiva ni a una clase turista superior. Valiente, gallardo, indesmayable, hice maletas y me dispuse a viajar en Jet Blue por primera vez en mi vida, tal vez despechado porque American me había tratado tan mal a la ida por culpa del bendito pájaro intruso.

Tan pronto como me senté en el asiento angosto, diminuto, de dimensiones infrahumanas, un asiento de lesa humanidad perpetrado por Jet Blue, primera fila, pasillo, comprendí que había cometido un error suicida. Y eso que mi vecino no había comenzado a roncar. Cuando empezó a roncar, luego de sacarse las zapatillas y las medias, y de poner sus grandes pezuñas hediondas allí arriba, apoyadas en la pared metálica, pensé que estaba por inaugurarse el peor vuelo de mi vida. No me equivoqué: mi asiento no se reclinaba, a duras penas cabía en él, no me sirvieron agua tan siquiera, mi vecino roncaba como una bestia y sus pies apestaban. Me puse mis audífonos, pero no sirvieron de nada. Fue terrible. Hacía mucho tiempo no me ponía en una situación tan incómoda. ¿Y todo por qué? Para llegar más temprano a casa. Recordé lo que decía el filósofo:

-Casi todos los males provienen de no saber estarse quietos.

Tan estridentes y pedregosos eran los ronquidos de mi vecino, que cada cierto tiempo yo le daba codazos, o le arrojaba caramelos de menta a sus pezuñas, o tosía forzadamente tratando de despertarlo, pero todo era inútil y él dormía como la bestia indómita que era. Y en la segunda fila, una novia con su vestido de recién casada, todo manchado y pisoteado, completamente alcoholizada, dormía a pierna suelta junto con su marido también borracho y oliendo a aguardiente: una linda estampa romántica, el comienzo de una bella luna de miel:

-También el amor se aprende –dejó escrito García Márquez.

Fueron las cuatro horas más largas, arduas, insufribles de mi vida. Cuando llegamos por fin a Fort Lauderdale, esperando mi turno en una larguísima cola para pasar los controles migratorios, juré que no viajaría más a una feria del libro. Pero en unos días debo ir a la de Montevideo: que Dios me salve de los pájaros intrusos.

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