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Religión

¿Por qué deberías confesarte?

Todos nacemos con una cierta inclinación a comportarnos como auténticos idiotas. No es grave y, además, tiene fácil remedio. Solo debes buscar un sacerdote
Por ITXU DÍAZ

Con los confesionarios me pasa lo contrario que con las manzanas: me gustan con bicho dentro. Esa luz prendida al fondo de la Iglesia es una puerta a la paz en la penumbra del templo, un remanso en medio del ruido ensordecedor de la vida. Si hay algo reconfortante en el catolicismo es la certeza del perdón de Dios. Esto facilita mucho las cosas a los que somos un poco cafres. Tampoco tengo la exclusiva del mal. En realidad, todos nacemos con una cierta inclinación a comportarnos como auténticos idiotas. No es grave. Pero lo que yo quería resaltar es que además, tiene fácil remedio. Solo debes buscar un sacerdote y vaciar ese saco de miseria que llevas en la espalda desde hace tanto tiempo que, tal vez, ya ni te acuerdas. Tampoco es necesario que recuerdes todos los crímenes: Dios es buen pagador, pero como contable es un absoluto desastre.

Algunos no se confiesan solo porque no saben cómo hacerlo. Otros, por una mezcla de vergüenza y pereza. No confesarse es la mejor manera de garantizarse la infelicidad. Hay quien considera humillante arrodillarse ante un hombre y escupir las torpezas personales una detrás de otra. Ciertamente, lo es. Por eso yo no me arrodillo delante de ningún hombre. Fue Jesús quien envió a los apóstoles y sus sucesores a confesar en Su Nombre. De modo que el tipo que está al otro lado de la rejilla, durante tu confesión, ya no es un hombre, sino Cristo. Si fuera un notas cualquiera, confesarse sería una bobada. El sacerdote absuelve tus pecados en el nombre de Dios. Eso hace de la confesión uno de los momentos más divertidos y emocionantes de la vida en la Iglesia.

Por razones que se me escapan, algunos católicos renuncian a este placer liberador. Y en algunas iglesias ya no hay ni confesionarios, que es algo así como ir a una heladería y que te vendan el barquillo sin helado. En otras los hay, pero son como un despacho. En esos extraños confesionarios he visto curas corrigiendo a fieles por arrodillarse en la confesión. Supongo que esto solo es un recordatorio de que los curas también deben confesarse con frecuencia. Ni caso. Incluso aunque no sea obligatorio, postrarse es el mejor modo de iniciar una confesión en la que de verdad deseas expulsar de tu alma el mal que has hecho, el que te has hecho, y todas las veces que has negado a Dios con tu vida. Una vez más, no te estás humillando ante un hombre, sino ante el mismo Dios.

También he conocido a algún amigo que no se confiesa por economía. No porque haya que pagar por la absolución, sino porque tiene la certeza de que pronto volverá a cometer los mismos pecadillos. Eso es tan inteligente como no comer porque, de todos modos, dentro de unas horas volverás a tener hambre. La confesión te permite volver empezar. Jesús pone el abrazo y siembra luz en tu corazón. Cristo nunca te ha pedido que seas santo de la noche a la mañana. Si pudieras ser impecable tras una confesión, se le habría acabado el negocio de la divinidad. Y a Dios, por razones obvias, nunca se le acaba el negocio. La confesión te da la gracia, la fuerza, una y mil veces. Y el confesor te da el consejo. ¿Sabes la compañía que pueden llegar a hacerte las palabras de un buen sacerdote cuando salgas de nuevo ahí fuera a la intemperie de maldad del siglo XXI? A veces te quejas de que nadie te escucha. Bien. Ahí tienes a un profesional del oído. El cura.

Con siglos de tradición, la Iglesia Católica no ha puesto límites a la confesión. Puedes hacerlo cada vez que lo necesites. Los curas ofrecen una impresionante tarifa plana de perdón, solo debes solicitarla en taquilla. En mi experiencia, una semana o quince días es bastante para pasar de ser un tipo angelical a convertirse en un sembrador de odio, en un asesino en potencia, en un jodido asilvestrado. De modo que la confesión frecuente ayuda a mantener a raya al soberbio enajenado que llevamos dentro. Pero sea cuando sea que te decidas a acercarte a un sacerdote y limpiar esa alma tuya en la que ya han crecido hasta tomateras, será una experiencia única y maravillosa. Tal vez podrías hasta salir cantando de allí.

Esa lucecita del confesionario al final de la Iglesia es la esperanza del mundo. La esperanza del sacerdocio. Y la del penitente. Como la barra del último bar abierto. El consuelo de un buen hombre está bien, pero el consejo inspirado por el Espíritu Santo y la plenitud que siente un alma que acude a la confesión es sencillamente inexplicable. Reconcíliate con Dios y con los tuyos. Busca un cura y vuelve a empezar. No te importe molestarlo. Les pagan por eso. Al menos, en la vida eterna.

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