LOS ÁNGELES.— En un caluroso viernes de agosto, Ricardo Montaner regresó a Los Ángeles para reencontrarse con un público que ha acompañado sus canciones durante décadas. En el Peacock Theater, en pleno centro de la ciudad, el artista ofreció una noche donde la nostalgia, el romanticismo y la excelencia musical caminaron de la mano.
Ricardo Montaner: El último regreso
El cantautor volvió a Los Ángeles con un concierto marcado por la nostalgia, la elegancia musical y una voz que conserva intacta buena parte de la emoción que lo convirtió en referente de la balada hispanoamericana
Se suele decir que el paso del tiempo termina transformando inevitablemente la voz de los cantantes. En el caso de Montaner, sin embargo, permanece esa particular combinación de frescura, ternura y calidez que convirtió muchas de sus grabaciones en parte de la memoria sentimental de varias generaciones.
Su voz continúa siendo reconocible desde la primera frase. Y, más importante aún, conserva la capacidad de comunicar.
El repertorio estuvo construido con inteligencia: grandes éxitos de antaño convivieron con canciones más recientes, creando un recorrido por distintas etapas de su trayectoria artística. No fue simplemente una sucesión de temas conocidos, sino una evocación colectiva de recuerdos, amores, despedidas y momentos que el público parecía reconocer como propios.
Y sí, hubo lágrimas. Me incluyo.
La música tiene esa extraordinaria capacidad de devolvernos, en apenas unos segundos, a épocas, lugares y personas que creíamos distantes. Las canciones de Montaner provocan justamente ese fenómeno. Cada melodía parece abrir una puerta hacia algún recuerdo, y en el teatro se percibía constantemente esa conexión entre artista y audiencia.
Una banda de primer nivel
Montaner estuvo acompañado por una magnífica banda de alrededor de doce músicos, cuyo trabajo merece una mención especial.
El nivel interpretativo y de producción musical es de primera línea. Los arreglos preservan elementos esenciales de las grabaciones que el público conoce, pero adquieren una nueva dimensión en vivo. Los interludios, introducciones y preludios instrumentales entre canciones cumplen además una función narrativa: preparan emocionalmente al espectador para lo que vendrá después.
Nada parece improvisado.
Cada transición forma parte de una arquitectura musical cuidadosamente concebida. En ocasiones, basta escuchar algunos compases de introducción para que todo el teatro reconozca la canción que está a punto de comenzar.
Es entonces cuando ocurre la magia.
Una conversación con el público
Entre canción y canción, Montaner se detiene, conversa, recuerda historias y establece una cercanía con la audiencia que por momentos hace olvidar las dimensiones del teatro.
Esa comunicación directa constituye una de las fortalezas del espectáculo.
Montaner conoce el escenario, conoce sus canciones y conoce, sobre todo, al público que ha envejecido junto a ellas. No necesita grandes artificios para mantener la atención. Le bastan una melodía, una historia y esa manera tan personal de interpretar una frase.
El concierto posee además un arco dramático bien construido. Comienza, crece progresivamente y finalmente se desvanece dejando una de las mejores sensaciones que puede producir un espectáculo: el deseo de que todavía no termine.
Cuando llegan los últimos aplausos, queda la impresión de haber recorrido no solamente una carrera musical, sino también parte de nuestras propias vidas.
El romanticismo sigue vivo
En una industria donde las tendencias cambian con extraordinaria rapidez, la música romántica podría parecer para algunos un lenguaje perteneciente a otra época.
La noche de Montaner demuestra lo contrario.
El amor, la nostalgia y la sensibilidad continúan teniendo un espacio legítimo dentro de la música contemporánea. Conviven con la danza, la tecnología, la experimentación y todas las demás expresiones que forman parte de nuestra cultura.
Tal vez ahí resida una de las claves de su permanencia.
Ricardo Montaner no regresó simplemente para cantar sus éxitos. Regresó para recordarnos por qué esas canciones permanecen.
Al final de la noche queda, inevitablemente, un agradecimiento.
Gracias, Ricardo, por mantener viva esa chispa del romanticismo y por recordarnos que todavía existe espacio para la emoción, la poesía y el amor.
Los Ángeles ya espera el próximo regreso.
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