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Salitre

Paseo el filo de los mares, con la mirada clavada en esas rocas que parecen islas, o faraones, o qué sé yo. Me roban el presente unos recuerdos de niñez
Por ITXU DÍAZ

Hay algunas golondrinas rasgando el cielo en el camino hacia la playa. He perdido la cuenta de las páginas del calendario que he arrojado al fuego esperando a recorrer estos pastos y sembrados. El verde oliva no amarillea donde la humedad es marinera y el sol es tibio. Mediada la tarde, la toalla bajo el brazo, cruzo el arenal como un náufrago que examina con desconfianza el buque de salvamento; a ratos, la mirada se me evapora en el horizonte, dejando atrás todo lo que ha llovido. A cada zancada, siento arder a mis espaldas miles de portadas de periódicos, titulares espantosos, fotografías dramáticas, y tuits aterradores. Días de incertidumbre y zozobra, ansiedad en los ojos ahuecados y ojerosos, desconfianza en las viejas certidumbres, la vida lánguida y tristísima al otro lado de las mascarillas, y la luz extraña de una primavera silenciosa, con las calles desiertas siniestramente repletas de gorriones extasiados. Todo queda atrás. Explota lo vivido, a mi paso, como el batallón de soldados vuela el puente tras cruzar el cauce del río. Voy a un lugar donde nada importa. El reino de la salitre, el fulgor añil de agosto, las pieles tostadas del Cantábrico, siluetas y tizones en la espuma de la orilla, los cielos arañados de hilos grises.

El agua es un cristal de sal cortado por la luna y la arena está limpia y apelmazada aún. No hace ni tres horas que la marea ha barrido todas sus huellas, temblores de un presente ya extinguido. Algunos bañistas se aventuran a lo lejos, remontan el arenal con el paso perezoso del veraneo, pero la costa está inmensa, casi no alcanzo a verlos.

Paseo el filo de los mares, con la mirada clavada en esas rocas que parecen islas, o faraones, o qué sé yo. Me roban el presente unos recuerdos de niñez, de los días en que nos bronceábamos en la piedra inclinada, estirando la playa mañanera, cuando los críos intentábamos arrancar el último chapuzón, mientras la abuela apuraba en el patio de casa la paella del día. Se abrían las conchas de los crustáceos, vaporeaba a mar el arroz, crujía al fin en el punto de su encanto mediterráneo, y el aroma le contaba al barrio entero los secretos de nuestros modos de vida.

Eran aquellos los días de las patatas fritas en la orilla, para vencer el hambre del aperitivo, cuando el futuro entero estaba por escribir, y aún el novelista no había comenzado a experimentar con LSD como en este 2020 no apto para tipos con problemas cardíacos. Habría sido tan inútil hacer planes como soñar que, al cabo de los años, este lugar seguiría siendo el abrazo de los abuelos que ya no están, el colchón de los niños que ya no somos, la serenidad de los amigos que ya no tenemos, la brisa cálida de una vida huracanada, en un rincón del mundo que cada año es más mío y menos del mundo.

Están tibias las aguas, inaudita celebración. Las acaricio hoy como dos enamorados que se abrazan por primera vez, que aún no lo saben, que no reconocen sus propios latidos, que aún no han descubierto que están enfermos el uno del otro. El mar respira selvático y excesivo, arroja golpes de sal y hace tirabuzones con las algas que arrancó anoche en el fondo. Asoman como bocas negras las cuevas, con sus misterios antiguos inundados por la marea. Se dibujan arriba los cielos de tus sueños y enloquecen las formas de las olas, en los últimos estertores de la marea baja. Aquí cada golpe del mar es una obra de arte. Cada verano un balneario en mitad de una noche de nieve y tormenta. Donde solo existe este presente, que querríamos atrapar, como quieren también los enamorados retener los instantes primeros, aunque, por más que los evoquen, terminarán huyendo entre los dedos del tiempo. Tampoco lo saben aún.

Escribo al fin al doblar la tarde, con toda la calma y la melancolía temblando en estos huesos a ratos aburridos de soportar el edificio, a la sombra agosteña de la higuera de cada estío. Enrojece el cielo del norte de España, con la prisa de un adolescente regresando tarde a casa. Y ya es 13 de agosto. Todo pasa. Me agarro con fuerza a la luz del día, no sé si por detener el instante y recrearme en su belleza, o para suplicarle que me conceda la esperanza que nos hará falta cuando vuelva otra vez los ojos sobre la bruma intoxicada de la gran ciudad.

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