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España

Sánchez o el socialismo en propiedad

Con la amenaza en el horizonte de unas terceras elecciones que serían las terceras generales en un año, no creo que mi cuerpo esté preparado para tanta emoción electoral, sin que me dé un acceso de gozo electoral, y empiecen a salirme papeletas por las orejas y urnas por la boca
Por ITXU DÍAZ

Pedro Sánchez es un señor que se concede más importancia a sí mismo que la que los españoles le conceden. El exsecretario general de los socialistas tuvo que dimitir el pasado sábado, tan pronto como se dio cuenta de que era imposible hacer dimitir al resto del país, tumbar las instituciones, instalar el home cinema de su casa en el centro del Congreso de los Diputados, y contratar a Mariano Rajoy como masajista personal. España es un país ingrato que maltrata a los jefes de la oposición. Decir que Sánchez simplemente dimitió, después de atrincherarse 48 patéticas horas a su sillón en la sede del PSOE, es una manera romántica de contar la historia, de un modo que los niños puedan escucharla antes de dormir y luego no tener pesadillas. Si bien soñar con un político deja a cualquier niño al borde del precipicio de la peor de las pesadillas.

A Sánchez, después de cosechar los peores resultados de la historia del PSOE en cada cita con las urnas, le creíamos capaz de todo. Y lo fue. De milagro no tuvieron que entrar los Grupos de Operaciones Especiales en la sede socialista de Madrid, para sacarlo sano y salvo, junto a su equipo, igualmente atrincherado y capaz de resistir a las dimisiones masivas de su propia ejecutiva. En democracia, como en la vida, hay un principio que debía ser inquebrantable para todos los seres humanos: si percibes que no te quieren lo suficiente, vete antes de que sea tarde.

Por razones que se me escapan, hay gente que se amarra a un trabajo, a una relación, o a un puesto público, con la misma intensidad con la que lo hace el pulpo sobre las rocas cuando percibe que se acerca el maremoto. Esto si el pulpo es bobo, si es inteligente y realmente quiere sobrevivir a cualquier terremoto, soltará la roca y se abrazará a Pedro Sánchez.

Todo un referente para el socialismo español, Felipe González, alzó la voz pidiendo un tiempo nuevo en el partido, tras los últimos reveses electorales, y tras el enroque de Pedro Sánchez en no abstenerse en la investidura de Rajoy –el PP fue el ganador de las últimas elecciones-, y bloquear así el gobierno de España desde hace meses. Y eso, con la amenaza en el horizonte de unas terceras elecciones que serían las terceras generales en un año, y no creo que mi cuerpo esté preparado para tanta emoción electoral, sin que me dé un acceso de gozo electoral, y empiecen a salirme papeletas por las orejas y urnas por la boca.

Sánchez tuvo en su mano evitar esa trágica circunstancia, absteniéndose para que el PP gobernara en minoría y aprovechando el tiempo para rehacer la oposición firme que todo país necesita. Pero, por lo visto, estaba demasiado ocupado probándose trajes para su propia sesión de investidura, en la que sueña cada noche, mientras llega lento y perezoso el invierno, y con él, el día de Reyes. Es posible que todo el plan de Sánchez pase por pedirle a los Reyes un gobierno. Pero un gobierno con lucecitas, rampas mecánicas, granja de ovejitas en los jardines de La Moncloa y puertas automáticas. Si no se lo conceden, allá ellos, caerá todo el peso de su republicanismo sobre sus coronas. Y para entonces, después de ver lo que vi el sábado en la sede del PSOE en Madrid, yo no quiero estar presente cuando Sánchez ejecute el regicidio, secuestre a los camellos, apague la estrella polar, y mande construir su busto en el desierto. Sus amigos de Podemos le acompañarán generosamente en tamaña gesta del pueblo.

Al fin, me dicen los viejos del PSOE que la máxima de los políticos del partido, en virtud de su servicio al país, siempre fue: primero, España; después el PSOE; y después, cada uno. Sánchez, con esa vocación fundadora y ese ademán salvífico –heredado del zapaterismo- que guía su vida, ha corregido el frontispicio socialista: primero, Sánchez; después, Sánchez; y después, Sánchez.

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