@ovierablanco

“Sin duda la indiferencia de nuestra ascendente clase media por la marginalidad de Petare a la Pastora, se convirtió en una bomba de tiempo que explotó en nuestras narices…”

Confieso que poco en mi vida había participado en asuntos humanitarios en comparación a la labor que hoy hacemos desde nuestra fundación Venezuelan Engagement Group, (Canadá, US y Europa). Con papá como médico dedicado a la medicina pública, creí desde niño haber cumplido el dote humanitario recorriendo barriadas Caraqueñas.

Cuántos pacientes, caseríos, cuánta hermosa gratitud y humildad recibía aquel médico joven y pujante, de aquella digna y desposeída gente que sin tener como comprar un medicamento o un trozo de pan, daba la bienvenida [a papá] con un café o le despedía con una gallina, un morrocoy o un rosario como pago. “Dios me lo guarde, Doctor, no se olvide de nosotros…” Días y noches entre los módulos del IVSS de Baruta y El Valle, amén de visitas al 23 de Enero, Pérez de León o El Cementerio. El Hospital Clínico-Universitario era nuestro “recreo” obligatorio los fines de semana. Papá fue un fiel médico de cabecera y yo su imberbe escudero, que sólo servía el estetoscopio siendo un asustadizo pero curiosísimo observador. Y surgió la pregunta: ¿Cómo se puede vivir así? ¿Por qué aceptamos que vivan así?

Este es el tema. Como lo cuestionó alguna vez una socióloga en Montreal después de un cine foro de la película venezolana “Secuestro Express”. ¿Por qué la sociedad venezolana ha llegado al punto de convivir de esta forma, rodeada de miseria y testigo pasiva de ella? Recuerdo que le contesté con un dejo de autoridad (que pronto se convertiría en un derroche de ignorancia), ¡porque los venezolanos, profesora, nos acostumbramos a vivir así! La cara de todos los Québécoises era un poema. Habían quedado impresionados con el lance. No sé si por satisfacción o por horror. Pronto supe que por lo segundo. De inmediato la académica de la Université de Montreal, asentó: “Mr. Viera-Blanco, il n'y a personne qui s'habitue à la violence, o en parco español. Sr. Viera-Blanco, no hay persona que se acostumbre a la violencia… Esta frase ha vivido en mi consciencia por décadas… Es verdad. Los venezolanos evadimos el tema. La ocultamos, la aislamos, incluso anegamos. Pero siempre ha estado ahí y poco hemos hecho por enfrentarla y redimirla: la pobreza.

No hacerlo (nuestra pasividad frente al pobre), no supone habituarse a ella (la pobreza) sino ignorarla. Y esa ignorancia es rechazo, es violencia. Entonces ignorante no es el pueblo. Somos nosotros quienes desde posiciones privilegiadas, poco nos desprendemos de nada (dispossession), por nuestros miserables… Más nos preocupa el viajecito, la pinta, la seguridad o el placer de nuestros vástagos que la vida del lumpen. ¿Acaso exagero? Disculpen el pontificio.

Muy poco o nada mi generación se ha volcado a la noble tarea de ayudar. La formación jesuita que recibimos en la Escuela de Derecho de la UCAB nos conducía a ello. Pero por razones que sabemos o a lo menos deberíamos saber, después de largos y criminosos 20 años de odios y resentimientos, el germen del sufrimiento brotó de los miserables y permitió que un mesías tartufo (impostor al decir de Moliere) lo convirtieran en violencia. Tal violencia retornó en desquite, en revancha, en desplazamiento, en caos y muerte.

Hoy sufrimos nuestra habituación a la pasividad. El padre Olaso como parte de la cátedra de “Introducción al Derecho”, nos inculcaba dar clínicas legales en las barriadas de Mamera o Eucalipto cerca de la universidad. Recuerdo el frío sinuoso que sentía cuando íbamos de madrugada. Pero más que el escalofrío diagonal que entraba hasta los huesos era palpar que en aquellos humildes ranchos de techos de zinc y de cartón, los niños y niñas dormían con sus padres lo más cerca posible para recibir calor. Cuántas perversiones traían aquellas “juntas”. La miseria en todas sus versiones, el erotismo infantil. Luego, ilusión de ver llegar a alguien bien trajeado era la esperanza de salir de allí. No tanto por lo que uno pudiese darle sino por demostrarles afecto, que nos importan, que existían para nosotros… Sin duda la indiferencia de nuestra ascendente clase media por la marginalidad en el Valle caraqueño, de Petare a la Pastora, se convirtió en una bomba de tiempo que explotó en nuestras narices.

Al graduarme la historia fue otra. Meritoria como la de muchos. No digo que no debió ser así. Continuar educándome, ahorrar, casarme, aprender otras culturas e idiomas, en fin, hacer familia. Yo y mi circunstancia. Pero la tragedia que vivimos me llevó a mí y mi circunstancia, a ir por el mundo denunciando opresión, implorando libertad y pidiendo piedad y caridad para nuestro pueblo. Hoy sé cómo podíamos haber evitado este martirio. Pero no profetizaré el pasado. También sé cómo salir de este presente oprobioso y tener un futuro mejor. Basta de pasividad y banalidad. Antivalores en los que reposa todo. Es tiempo de reconocerlo. De desterrarlo. Con humildad. El resto: el pueblo, la unidad real de abajo hacia arriba y el cambio, también real y absoluto, de arriba hacia abajo, vendrá solo… Falta poco. No me queda la menor duda. Gracias, padres... papá y padre Olaso. En su ejemplo, en la virtud de la otredad y la mirada noble sobre el otro, está la redención y la justicia. Y seremos otros…

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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