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ANÁLISIS

Sistemas, poder y teoría de juegos

Más temprano que tarde llegará el día en que millones quieran regresar en vez de escapar y que ser venezolano vuelva a sentirse como una gran fortuna

Por Jesús A Riera S

Venezuela, parafraseando a Churchill cuando hablaba de la Unión Soviética, cada vez más parece un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma.

Hace dos semanas publiqué un escrito en el que planteaba la hipótesis de que, hacia diciembre, Venezuela debería estar avanzando de manera más clara hacia unas elecciones y que, si para entonces no se veían señales en esa dirección, habría que revisar las premisas.

Pero, más allá de todo esto, sigo recibiendo las mismas preguntas: ¿por qué Estados Unidos trabaja con Delcy Rodríguez después de remover a Maduro? ¿Por qué aparecen otra vez figuras como Alejandro Betancourt? ¿Por qué María Corina Machado todavía no regresa? ¿Por qué Washington no impone unas elecciones? ¿Es una traición de Trump o una estrategia?

Quien haya leído mis artículos anteriores ya habrá notado un enfoque con la teoría de juegos. Me parece uno de los mejores marcos para entender Venezuela porque obliga a preguntarnos quién está jugando, qué quiere cada actor y cómo sus decisiones dependen de lo que hagan los demás.

Por ende, aquí quiero ir un poco más profundo. Primero, entender el sistema dentro del cual ocurre todo esto. Segundo, entender el poder, y tercero, profundizar un poco más sobre el juego.

La gobernante interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, recibe la ley de amnistía de manos de su hermano y presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, mientras el ministro del Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello, expresa malestar en su rostro durante la entrega de la ley, en el Palacio de Miraflores en Caracas el 19 de febrero de 2026.

De Nueva Ámsterdam a Nueva York

El mundo está hecho de sistemas. Monedas, mercados, instituciones, ejércitos y alianzas forman estructuras dentro de las cuales los países toman decisiones.

Uno de los sistemas que más ha moldeado el mundo moderno nació, en buena medida, en los Países Bajos del siglo XVII alrededor del comercio marítimo y los mercados de capitales. Gran Bretaña tomó esas innovaciones y las expandió a una escala mayor, y Estados Unidos heredó posteriormente buena parte de esa arquitectura y, después de la Segunda Guerra Mundial, la convirtió en un sistema global de comercio, finanzas y poder militar.

Ningún lugar representa mejor esa sucesión que Nueva York, hoy probablemente la ciudad más poderosa e influyente del mundo. Nació como Nueva Ámsterdam durante el auge comercial holandés; pasó después a manos inglesas y fue rebautizada Nueva York; y finalmente se convirtió en el centro financiero de Estados Unidos, la potencia que heredó y extendió ambas tradiciones. La ciudad que hoy concentra Wall Street y poder global es, literalmente, heredera de los sistemas holandés, británico y estadounidense que estoy describiendo.

Walter Russell Mead desarrolla esa evolución en God and Gold casi como si fuera un software: los holandeses desarrollaron una versión, los británicos la expandieron y los estadounidenses construyeron sobre ella su versión actual. Hoy ese «software» enfrenta una competencia muy importante en Asia. China ha alcanzado suficiente peso económico, tecnológico y militar para disputar espacios históricamente dominados por Occidente, y la inteligencia artificial vuelve esa competencia todavía más significativa. Energía, microchips, centros de datos, minerales y seguridad nacional están cada vez más conectados.

Venezuela forma parte de ese tablero. La estrategia de seguridad nacional estadounidense colocaexplícitamente entre sus prioridades la preeminencia en el hemisferio occidental, el acceso a recursos estratégicos, la protección de cadenas de suministro y la reducción de la influencia de competidores extrarregionales. Eso ayuda a explicar por qué Estados Unidos busca ampliar su presencia económica y energética en Venezuela.

En general, la política de Trump puede parecer errática y difícil de interpretar, pero aquí Mead vuelve a ser útil. En Special Providence identifica cuatro tradiciones dentro de la política exterior estadounidense: los hamiltonianos, concentrados en comercio y poder económico; los wilsonianos, en democracia y principios internacionales; los jeffersonianos, más cautelosos frente a compromisos externos; y los jacksonianos, más nacionalistas y dispuestos a utilizar el poder cuando consideran amenazados los intereses estadounidenses, particularmente cuando perciben desafío o humillación.

Trump encaja en buena medida dentro de esta última tradición. Sin duda es una figura profundamente disruptiva que genera reacciones muy fuertes tanto entre sus partidarios como entre sus detractores. Pero durante años ha mostrado una admiración especial por Andrew Jackson y durante su primer mandato lo señaló repetidamente como uno de sus presidentes favoritos. Un ejemplo interesante fueron los videos de Maduro bailando y mostrándose desafiante mientras aumentaba la presión estadounidense. Según reportes de prensa, esto fue uno de los factores que contribuyeron a la decisión final del 3 de enero.

Por eso, desde una óptica wilsoniana, la democracia ocuparía el centro de la política hacia Venezuela. Pero desde una lógica jacksoniana pesan mucho más la seguridad hemisférica, la reducción de la influencia de rivales y la protección de intereses. Eso no significa que la democracia y las metas estadounidenses sean incompatibles en este caso, sino que pueden tener distintas prioridades y secuencias. Un sistema legítimo, estable y predecible puede terminar sirviendo también objetivos económicos y geopolíticos. Por eso todo esto es más grande que Venezuela y también más grande que Trump. Los presidentes cambian, pero la geografía, los recursos y la competencia entre grandes potencias permanecen.

Entender el sistema nos explica dónde estamos. Para entender qué puede hacer cada jugador dentro de él, hay que entender el poder.

El presidente de EEUU, Donald Trump, ofrece su discurso inaugural durante la 81ª Asamblea General de la ONU este 22 de septiembre de 2026 en Nueva York.

La justicia necesita poder

En Venezuela hay mucha sed de justicia, y es comprensible. Después de décadas de corrupción, persecución, exilio y destrucción, queremos saber quién responde y qué consecuencias existirán.

Pero para entender la justicia también tenemos que entender el poder. Jeffrey Pfeffer, profesor de Stanford y autor de The 7 Rules of Power, dedica su séptima regla a una observación incómoda: una vez adquirido el poder, lo que alguien hizo para obtenerlo suele terminar siendo perdonado, olvidado o ambas cosas. No está diciendo que así debería funcionar el mundo, sino describiendo una realidad que, según su investigación, aparece una y otra vez.

Orwell, quizás de manera indirecta, escribió acerca de este tema en su novela distópica 1984, donde «el Partido» termina buscando el poder no como instrumento para alcanzar otras metas, sino como el fin en sí mismo. Estas dos descripciones son útiles para este análisis. Pfeffer, porque nos demuestra por qué enfocarnos primero en obtener poder, y después ver lo demás, es tan importante. Y Orwell, porque en Venezuela el gobierno interino de Delcy, Jorge y Diosdado entiende el poder como el principio, el medio y el fin.

Pero no hay que confundir esa obsesión con fortaleza. Como escribí anteriormente utilizando la analogía del póker, el chavismo ha demostrado una capacidad para jugar manos débiles y convencer al resto de que posee más opciones de las que tiene.

Por eso, esta capacidad camaleónica, que para muchos resulta intolerable, debería leerse como una señal de desesperación. Pueden cambiar el discurso, negociar con sus antiguos enemigos, hacer concesiones económicas o tratar de acercarse a Washington, pero lo hacen como forma de supervivencia; adaptarse a como dé lugar es el único mecanismo que les queda. Eso los convierte en adversarios difíciles, pero no necesariamente fuertes. Un jugador con pocas cartas puede jugar con agresividad precisamente porque perder la partida significa perderlo todo.

Lo más importante por comprender es que saber qué es justo no significa tener capacidad para hacer esa justicia realidad. Por eso la pregunta no puede ser solamente sobre la justicia, quién habla con Delcy o qué concesiones nos resultan desagradables, sino cómo recuperar la capacidad para poder ejecutar los cambios deseados. Mientras esto permanezca fuera del alcance de quienes buscan el cambio, gran parte de esa discusión seguirá siendo teórica.

En otras palabras, en gran parte del sector opositor venezolano se piensa mucho en la justicia y no suficientemente en el poder. Y lo cierto es que, sin poder, no llega la justicia.

El juego cambia mientras se juega

La teoría de juegos estudia situaciones en las que la mejor decisión de un jugador depende de lo que crea que va a hacer el otro y viceversa. Hay estrategias, información incompleta y payoffs, es decir, aquello que cada actor quiere obtener o evitar. Un payoff es algún resultado final, como seguridad, poder, libertad, legitimidad, estabilidad o inmunidad.

Un ejemplo reciente es Paraguay. Santiago Peña había reconocido a Edmundo González como ganador de las elecciones venezolanas de 2024, tras lo cual Caracas rompió relaciones con Asunción. Sin embargo, este 19 de septiembre Peña viajó a Caracas, se reunió con Delcy Rodríguez y abrió un diálogo orientado al restablecimiento de relaciones diplomáticas y consulares.

Paraguay mantiene una deuda de aproximadamente 300 millones de dólares al Estado venezolano, asunto que su canciller confirmó que formaba parte de la agenda.

Es improbable que Peña haya cambiado sus posiciones políticas. De hecho, este martes, durante la reunión del Escudo de las Américas en Nueva York, le recordó a Trump y a los demás participantes la necesidad de seguir trabajando para que vuelva la democracia a Venezuela. Precisamente por eso el episodio es útil: demuestra que varias piezas pueden moverse al mismo tiempo. Y, nos guste o no, existen intereses económicos y nacionales que pueden hacer racional la cooperación entre actores con profundas diferencias de valores. Es la vieja máxima asociada al primer ministro británico del siglo XIX, Lord Palmerston: «Los Estados no tienen amistades o enemistades eternas; tienen intereses».

En general, uso estos ejemplos recientes para explicar cómo el juego va cambiando y porque sirven para analizar los tres grandes grupos dentro del juego venezolano: Washington, lo que sobrevive del chavismo y la oposición, y cómo se desenvuelven en este contexto.

Washington, Trump y Rubio forman parte del mismo gobierno y comparten objetivos importantes, pero no necesariamente asignan el mismo peso ni el mismo tiempo a cada uno. Trump ha enfatizado públicamente la estabilidad, la recuperación económica y los resultados inmediatos de la relación con Delcy. Dijo que Venezuela todavía no estaba preparada para elecciones y elogió el progreso bajo el gobierno interino actual.

Rubio, por su parte, definió desde enero una estrategia de tres fases: estabilización; recuperación y reconciliación; y finalmente transición. Además, lleva años personalmente involucrado con Venezuela y mantiene vínculos de larga data con sectores de la oposición.

El punto es que dos personas dentro del mismo equipo pueden asignar valores distintos a los payoffs intermedios. Trump puede otorgarle hoy un enorme valor a la estabilidad, al petróleo y al realineamiento geopolítico; Rubio puede valorar esas mismas cosas y, al mismo tiempo, otorgarle mayor importancia a que la tercera fase termine produciendo una transición política sostenible.

Eso introduce complejidad, ya que Washington reúne actores e instituciones con prioridades y horizontes distintos. Esto ayuda a explicar por qué Estados Unidos puede trabajar con Delcy, promover conversaciones sobre una futura transición y no comprometerse todavía con una fecha electoral.

También importa distinguir entre remover a un gobernante y controlar un país. La superioridad militar estadounidense puede ser enorme sin resolver quién administra ministerios, tribunales, Fuerzas Armadas y burocracias.

Desde esa perspectiva, trabajar temporalmente con el status quo puede resultar racional para Washington aunque esas personas formen parte del sistema que los venezolanos quieren reemplazar, y esto le cueste puntos políticos al gobierno de Estados Unidos entre quienes se sienten defraudados o traicionados. Todo esto puede resultar desagradable, mas no es inexplicable, sobre todo si tratamos de separarlo de las emociones. Lo importante es recordar que cooperar con alguien porque posee una capacidad necesaria hoy no significa compartir objetivos futuros.

La líder opositora venezolana, María Corina Machado, saluda a sus partidarios al salir de la Casa Blanca tras reunirse con el presidente estadounidense Donald Trump en Washington, D.C., el 15 de enero de 2026.

El chavismo (o lo que queda de él)

El segundo jugador tampoco es un bloque perfectamente alineado. Los Rodríguez y Diosdado presentan hoy un frente común, pero se parece más a un matrimonio de conveniencia que a una verdadera alineación de intereses. Diosdado resume bien la contradicción del momento. Sigue formando parte del núcleo gobernante y conserva poder interno, mientras Estados Unidos mantiene una recompensa por información que conduzca a su arresto o condena. Sin embargo, Reuters reportó que funcionarios estadounidenses habían mantenido comunicaciones con Cabello durante meses antes de la operación y continuaron haciéndolo después, advirtiéndole que no utilizara los servicios de seguridad o grupos armados bajo su influencia contra la oposición.

Mi hipótesis es que hoy existe una especie de tregua implícita. Diosdado observó la superioridad militar estadounidense y tiene razones evidentes para evitar una confrontación. Pero Washington también tiene incentivos para tolerar temporalmente un status quo imperfecto. Si Cabello conserva capacidad para movilizar estructuras armadas y generar caos, enfrentarlo podría aumentar considerablemente los costos de una transición que Estados Unidos, hasta ahora, intenta manejar sin hacerse cargo del Estado venezolano. Reuters ha descrito precisamente la capacidad de Cabello de alterar la estabilidad interna como una preocupación para Washington.

Delcy funciona, mientras tanto, como un canal de ejecución. Puede mantener funcionando partes del Estado y cumplir determinados compromisos con Washington. Eso hace que el equilibrio actual sea imperfecto pero, por ahora, tolerable para ambos grupos. Washington obtiene estabilidad y capacidad de ejecución sin asumir directamente el costo de gobernar Venezuela. Delcy obtiene apoyo y espacio para consolidarse. Diosdado conserva suficiente poder para seguir siendo demasiado difícil de sacar.

Delcy y Jorge necesitan mantener funcionando el Estado y conservar su relación con Washington. Diosdado necesita proteger suficiente influencia para seguir siendo indispensable. Mientras que otros sectores del chavismo observan con desconcierto cómo un movimiento que construyó su identidad alrededor del enfrentamiento con Estados Unidos depende ahora de acuerdos con el Tío Sam.

Eso explica por qué el frente puede mantenerse aun cuando las grietas sean evidentes. Mientras cada jugador considere que romper la coalición lo deja en una posición peor, tiene incentivos para seguir alineado. Lo cierto es que no sabemos cuándo ni cómo cambiará este equilibrio, pero esta alianza es bastante frágil. El frente unido de hoy no implica intereses idénticos detrás de él, sino una serie de jugadores jugando las pocas cartas que les quedan y que, por ahora, los mantienen en el mismo bando.

La oposición

Aquí encontramos casi el problema contrario. La oposición tiene apoyo popular, pero enfrenta el reto de transformar legitimidad en capacidad de gobernar. También es importante recalcar que la oposición no es homogénea. María Corina ocupa un papel central, pero alrededor existen otros grupos, la Asamblea de 2015, organizaciones civiles, dirigentes con estrategias diferentes y una diáspora cuyos intereses tampoco son siempre idénticos.

En la diáspora venezolana de Estados Unidos, muchos rechazan profundamente al chavismo y al mismo tiempo se sienten frustrados con Trump por su política migratoria, por los tiempos de la transición o por ver a Washington trabajando con Delcy. Esas frustraciones son comprensibles, pero, si la prioridad es la libertad de Venezuela, si no se manejan correctamente, pueden generar más dificultades que soluciones.

Si hablamos de un concepto muy famoso de la teoría de juegos, el «dilema del prisionero», Washington y la oposición pueden beneficiarse de cooperar, pero no necesariamente lo van a hacer de la manera óptima, y ninguno controla completamente lo que hará el otro. Estados Unidos puede ser reacio a comprometerse plenamente con la oposición hasta tener mayor certeza sobre su capacidad para gobernar y preservar la estabilidad; la oposición, a su vez, puede desconfiar de comprometerse plenamente con una estrategia estadounidense si teme que Washington termine conformándose con un equilibrio estable junto al gobierno interino. El riesgo es que, al protegerse cada uno frente a la posibilidad de que el otro cambie de estrategia, ambos terminen dificultando el resultado que más les convendría. La clave, por tanto, está en evitar esa trampa y construir los incentivos y la confianza necesarios para que una cooperación estrecha siga siendo, para ambos, la mejor opción.

Por eso la idea de mi artículo anterior sobre no perder el norte. Si la relación entre Washington y Delcy responde a una fase particular del juego, interpretarla automáticamente como el desenlace puede llevar a leer mal los incentivos del jugador más poderoso del tablero.

Para María Corina en específico, quien entiende todo esto muy bien, el reto sigue siendo transformar legitimidad en capacidad. Y aquí aparecen dos variables muy importantes. La primera es pactar una fecha electoral. Hace poco el senador republicano Bernie Moreno propuso el 24 de julio de 2027, natalicio de Simón Bolívar, como fecha para unas elecciones presidenciales. No existe todavía una convocatoria oficial.

Dinorah Figuera, representante de la oposición, firma en Venezuela un acuerdo junto al presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez (a la derecha), después de una reunión en Caracas el 12 de agosto de 2026.

Tener una fecha es clave porque cambia los payoffs. Le pone un horizonte a Washington, obliga al gobierno interino a decidir qué está dispuesto a negociar y obliga a la oposición a comenzar a transformar apoyo en organización y planes concretos. Una fecha sin condiciones para competir y hacer respetar el resultado no es suficiente, pero la transición necesita una fecha para poder acelerar.

La segunda variable es el eventual regreso de María Corina. Su retorno cambiaría el tablero porque introduciría dentro del país a la figura central de la oposición y obligaría al resto de los jugadores a reaccionar frente a esta nueva realidad. No sabemos cuál es el momento correcto porque no conocemos toda la información que ella maneja ni todos los riesgos involucrados. Pero esto debe ocurrir para poder alterar el tablero.

La teoría de juegos sugiere que Washington y la oposición actualmente no tienen exactamente los mismos payoffs. Estados Unidos puede priorizar estabilidad, energía y seguridad hemisférica en el corto plazo; la oposición prioriza convertir la transición en un nuevo sistema político.

Por último, si mencionamos brevemente el equilibrio de Nash, otro concepto importante, recordemos que un balance puede mantenerse incluso cuando ninguno de los jugadores obtiene exactamente todo lo que quiere, siempre que cambiar unilateralmente de estrategia parezca producir un resultado peor.

Eso ayuda a explicar por qué el juego parece tan trabado. Pero, de nuevo, no olvidemos que los payoffs van cambiando. Una fecha electoral, el regreso de María Corina, divisiones dentro del chavismo o un cambio en las prioridades de Washington pueden producir otro equilibrio. La teoría de juegos no permite conocer el futuro con certeza, pero sí ayuda a entender por qué algo que desde afuera parece incomprensible puede ser bastante racional.

Explicar no es justificar, y entender por qué Washington trabaja con el chavismo no significa aprobarlo. El objetivo es conocer mejor el juego y quiénes participan, porque, en esencia, todo lo que vemos hoy son jugadas y no el resultado final. Dulces salidas, amargas dificultades

Es lógico que los venezolanos estén agotados y poco receptivos a cualquier sugerencia de tener paciencia. Pero entender el sistema permite ver que esto forma parte de una competencia global que no tiene marcha atrás. Entender el poder permite reconocer que la justicia necesita capacidad para hacerse efectiva y que, una vez recuperada, existe mayor margen de maniobra. Entender el juego permite comprender por qué una cooperación temporal no define un desenlace, por qué una carta puede ser decisiva hoy e irrelevante mañana y por qué los actores modifican sus estrategias cuando cambian los incentivos.

Entonces, ¿por qué Estados Unidos trabaja con Delcy después de remover a Maduro? Porque todavía ofrece capacidad de ejecución. ¿Por qué reaparece Betancourt? Por muy incómoda que resulte su figura, la apuesta parece ser que tendrá utilidad dentro de una estrategia energética que busca recuperar producción y atraer de vuelta a las grandes petroleras. Su compañía es hoy una pieza importante de un acuerdo petrolero respaldado por Washington, mientras compañías como Chevron, Eni, Exxon y otras amplían o negocian nuevamente su presencia en Venezuela. Eso no borra las cuentas pendientes; simplemente las posterga. ¿Por qué María Corina no ha vuelto a Venezuela? Los reportes indican que recomendaciones de Washington han influido sobre los tiempos y que siguen existiendo riesgos mientras parte del aparato represivo permanece intacto, pero no conocemos todas las variables, y lo más probable es que vuelva pronto. Creo que ya es necesario para reajustar el tablero. ¿Por qué Washington no impone todavía elecciones? Porque, hasta ahora, sigue priorizando la estabilización antes de llegar a esa fase. ¿Es una traición de Trump o una estrategia? Todavía no lo sabemos. Mi hipótesis sigue siendo que diciembre será el momento de volver a evaluar las premisas y preguntarnos si existen señales claras de avance hacia unas elecciones.

Cervantes escribió en La gitanilla que hay que «dar tiempo al tiempo, que suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades». Venezuela todavía tiene dificultades por delante, pero el presente está ofuscando lo positivo que puede venir después. Más temprano que tarde llegará el día en que millones quieran regresar en vez de escapar y que ser venezolano vuelva a sentirse como una gran fortuna.

Todavía hay nubes tapando el panorama, pero, si observamos de cerca, el sol está ahí. Entender mejor el sistema, el poder y el juego probablemente sea una de las mejores maneras de conseguir esas dulces salidas de las que hablaba Cervantes.

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