Los subordinados del general Gustavo González López le dicen el Conde del Guácharo. Si lo sabe no parece importarle porque realmente para él nada es serio, incluido su trabajo. Esa actitud del ministro de la Defensa ha terminado permeando la institución armada, desbarrancada moralmente, totalmente desdibujada.
Son malos hasta para los chistes
Hay que admitir que en Venezuela hacerse el payaso ha dado buenos resultados. El talk show “Aló Presidente” es una muestra irrefutable del despojo de la majestad del máximo cargo político en el país
¿Cómo un personaje como él llegó allí? O tal vez por eso… Miembros de su entorno destacan que González López es un personaje que para salvarse entregaría hasta a su mamá. También refieren que su nivel de perversión no tiene frenos, no tiene límites.
Al mismo tiempo para él la vida es un chiste. Un chiste malo, aun cuando él mismo se considera un personaje divertido, sin embargo, impera su condición de hombre mediocre, incapaz de dirigir algo, tanto, que públicamente llegó a burlarse de un subordinado que por equivocación o con intención de lanzar una lisonja deliberada, le dijo ministro cuando él ni soñaba con serlo.
Hay que admitir que en Venezuela hacerse el payaso ha dado buenos resultados. El talk show “Aló Presidente” es una muestra irrefutable del despojo de la majestad del máximo cargo político en el país y una brújula para seguir el inicio del proceso de la destrucción de la democracia venezolana.
Recordemos que Hugo Chávez en ese programa de televisión llegó a contar con detalle la ruta de un dolor de estómago que le comenzó en un acto público y cómo se incrementó hasta el momento de la evacuación. Y la gente aplaudía y reía. Lo seguro en su performance es que disfrutaba burlándose del resto del mundo: a veces de él mismo; todo servía en un espacio que insuflaba su ego con aplausos que celebraban sus pesadas gracias con las que en muchas ocasiones disparaba contra las mujeres que entre susurros temerosos lo registraban como maltratador.
Luego vino el desabrido Nicolas Maduro. Su debut fue premonitorio cuando dijo que estando en el Cuartel de la Montaña ante el féretro de Hugo Chávez, un pajarito se le había acercado para hablarle. Lo dijo sin pensarlo, sintiéndose gracioso y asumiendo que la masa ignorante en Venezuela creería que su jefe reencarnado en ave lo bendecía como heredero del poder.
Los cubanos, conociendo las limitaciones del personaje, activaron maratónicas sesiones para que a Maduro no le chorreara la baba por las comisuras de sus labios. Fueron horas y horas para que no hablara como un tonto, o solo lo suficiente para hacer reír. Avanzaron mucho, es incuestionable. Los enviados de Fidel Castro fracasaron en aumentar su léxico, pero entendieron que al país le gustaba verlo hacer el ridículo, asunto que a Maduro no importaba porque -igual que González López- después de alcanzar la cúspide de su aspiración, lo demás era secundario.
Así que se dedicó a contar pésimos chistes, a hacer carantoñas y mimos a Cilia Flores. Se burlaba del mundo y algunos reían, aunque cada vez menos.
Maduro no veía -o fingía no saberlo- que era un personaje estruendosamente detestado y una fuente inagotable de burlas que disparaban odio y dolor. Su cuerpo mofletudo moviéndose en una tarima era patético. Pero él feliz porque se hacía viral en las redes sociales.
La imagen de su detención al arribar a Estados Unidos saludando a sus captores diciendo Happy New Year y después haciéndose el desenfadado ante las cámaras levantando los dedos pulgares dándoselas de sobrado con un ridículo gorro en la cabeza cuya deformidad en la cima resultaban en las orejas de Micky Mouse, fue un cierre magnífico para Venezuela, que hizo reír a muchos. Son los únicos aplausos bien ganados. Resonantes y prolongados.
Pero quedaron otros payasos en la programación. Con Diosdado Cabello es imposible reír ni siquiera cuando hace el ridículo lo que ocurre con frecuencia. Él también -cosas del poder- fue montando su talk show que cobardemente ha convertido en una especie de paredón de diferentes venezolanos y a veces hasta de extranjeros. El asunto se reduce a un gordito con cara de diablo que exuda veneno.
Hay que comprenderlo, es un hombre muy resentido que sabe que no hay lugar en el mundo donde pueda esconderse y que ni pagando obtiene risas. No llega siquiera a chiste malo.
Pero algo retrata mejor al tercer hombre del interinato: una gallera. Para Diosdado las reglas de las apuestas en una gallera se anotan en una servilleta sin que nadie lleve la cuenta, y aunque Jorge Rodríguez se le ha ofrecido para mejorar el sistema, Diosdado se niega convencido de que si lo deja en sus manos lo va a estafar. Él sabe de qué van los hermanitos: haciendo méritos para ser el peor chiste de la historia contemporánea de nuestro país.
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