martes 25  de  agosto 2026
OPINIÓN

Tan cerca, pero tan lejos

Delcy y quienes la rodean buscan garantías y acceso, mientras Washington exige reformas, realineamiento geopolítico y cumplimiento. Es una relación transaccional fundamentada en el realismo, no en la justicia

Por Jesús A Riera S

En 1965, Elvis Presley interpretó su éxito «Tan cerca, pero tan lejos del paraíso», una frase que, en mi opinión, describe bien la situación venezolana de hoy.

Este año han ocurrido más cambios en Venezuela que durante la década anterior y, sin embargo, el camino preciso hacia la libertad sigue siendo difícil de interpretar.

Este artículo intenta darle sentido a esas contradicciones, plantea algunas hipótesis sobre las dudas que generan más incertidumbre y explica en qué debería enfocarse el país a medida que avanza este proceso.

La magia del tres

Los cuentos tienen tres actos, los genios conceden tres deseos y Julio César dijo veni, vidi, vici. Una vez que empiezas a observar cosas que vienen en tres, comienzas a encontrarlas por todos lados. Y eso sin nombrar el 3 de enero, quizás el «tres» más importante para Venezuela, pero ese es otro tema.

En tecnología, cuando desarrollamos productos, solemos pasar de alpha, a beta y finalmente a disponibilidad general, probando en el camino para reducir las probabilidades de que algo se rompa a medida que aumentan los riesgos. Cada fase tiene un propósito, hitos y criterios de salida que nos indican cuándo estamos listos para avanzar.

Por eso no debería sorprendernos que el plan estadounidense para Venezuela tenga tres fases: estabilización, recuperación y transición. El problema es que todavía no sabemos exactamente cuándo termina la Fase Uno, qué desbloquea la Fase Dos ni cuándo la Fase Tres produce los resultados esperados.

Gran parte de esa opacidad es comprensible. Detrás de puertas cerradas se están llevando a cabo negociaciones entre distintas facciones, con temas de seguridad y concesiones que simplemente no pueden hacerse en público. Los terremotos de junio añadieron, además, una enorme complicación a un proceso que ya era difícil de manejar.

Sin embargo, la opacidad genera incertidumbre y, aunque a las personas les encantan las cosas que vienen en tres, su aversión a la ambigüedad es aún mayor. Se vuelve más difícil saber qué creer, qué esperar o cómo planificar. Los seres humanos toleramos mucho mejor esa incomodidad cuando existe confianza, pero la confianza se vuelve difícil de sostener cuando no se sabe bien cómo conectar los puntos.

Eso explica parte de la frustración actual con la transición. No solo es que el país se encuentra en una grave crisis económica, sino que además la población no logra entender muy bien qué está pasando. Delcy Rodríguez continúa hablando el lenguaje del chavismo mientras mantiene una relación de trabajo con Washington. Diosdado Cabello permanece dentro del sistema a pesar de una recompensa estadounidense de 25 millones de dólares por su arresto o condena. María Corina Machado sigue en el exilio y algunas figuras repudiadas de la vieja era han reaparecido.

Al mismo tiempo, presos políticos han sido liberados, el ambiente mediático se ha abierto y Estados Unidos está impulsando negociaciones hacia nuevas instituciones. En términos netos, Venezuela claramente se está moviendo en la dirección correcta, pero el reto está en poder separar la señal del ruido. Por eso esta fase resulta tan incómoda y confusa. El plan podrá venir en un simple y elegante paquete de tres, pero ahora estamos atravesando la parte más difícil de ejecutarlo.

En el medio

A nadie le gusta el asiento del medio en un avión, la mitad de la semana ni, aparentemente, ser el hijo del medio. Yo pertenezco a esta última categoría, así que dejaré ese debate en manos del lector. Lo que sí está claro es que los venezolanos nos encontramos ahora en nuestro propio «medio» y, como era de esperarse, no lo estamos disfrutando demasiado.

Un problema aquí es que el 3 de enero fue un acontecimiento tan impresionante que casi cualquier cosa que viniera después estaba destinada a parecer decepcionante. Después de décadas escuchando que el chavismo estaba demasiado enquistado y protegido como para ser removido, Estados Unidos acabó con todos esos mitos en cuestión de horas.

Sin embargo, sacar a Maduro y desmontar el sistema que él y Chávez dejaron atrás son problemas distintos. Estados Unidos tiene hoy una enorme capacidad de influencia sobre Venezuela, pero Washington no administra directamente el Estado venezolano. Las Fuerzas Armadas, los servicios de inteligencia, ministros, gobernadores y distintas facciones chavistas siguen allí. Están heridas y dispersas, pero continúan formando parte de la ecuación.

Esto ayuda a entender a Delcy. De una manera u otra, maneja cosas que hoy la oposición democrática no controla, incluyendo los poderes más relevantes del Estado. Si fuera simplemente una empleada de Estados Unidos esperando instrucciones de Rubio, las cosas probablemente estarían avanzando mucho más rápido. Desafortunadamente, es muy posible que tenga más cartas que jugar de las que conocemos y que sea una operadora política hábil. Por eso elogia públicamente al nefasto dictador comunista Fidel Castro mientras coopera estrechamente con Washington en privado. Está navegando dos realidades políticas distintas al mismo tiempo, intentando mantener un delicado equilibrio mientras juega con el tiempo.

El reciente caso de Alejandro Betancourt encaja dentro de esa misma dinámica. Ver reaparecer a uno de los bolichicos más infames — un grupo, por decirlo suavemente, profundamente repudiado en Venezuela — es comprensiblemente incómodo. Sin embargo, esto probablemente forma parte de las negociaciones que están ocurriendo detrás de cámaras.

Delcy y quienes la rodean buscan garantías y acceso, mientras Washington exige reformas, realineamiento geopolítico y cumplimiento. Es una relación transaccional fundamentada en el realismo, no en la justicia.

No es agradable, pero lo más importante son los resultados que puedan producir. Si permiten desmontar pilares del viejo sistema y encaminar las instituciones hacia la democracia, entonces Venezuela está avanzando, aunque sea de manera bastante imperfecta. Nuestro rechazo natural a estar en este «medio» debe transformarse en entendimiento, paciencia y presión estratégica hacia el próximo paso, en lugar de asumir que nos quedaremos atrapados aquí para siempre.

Polonia

A principios de este mes, Rubio argumentó que estos sistemas políticos que han existido por décadas desarrollan raíces que requieren tiempo para desmontarse. Mencionó las transiciones de Europa Oriental, explicó que tomaron tiempo y describió a Polonia como un buen ejemplo.

En 1989, el movimiento Solidaridad se sentó en la Mesa Redonda con el gobierno comunista que había perseguido a sus miembros. Bajo el acuerdo alcanzado, al Partido Comunista y a sus aliados se les garantizó la mayoría de los escaños de la cámara baja del Parlamento, mientras apenas alrededor de un tercio quedó abierto a una competencia genuina.

Solidaridad tenía un enorme apoyo popular y legitimidad, pero los comunistas continuaban dentro del gobierno y tenían puestos garantizados en el Parlamento. Imaginemos lo difícil que debió sentirse aquello para personas que llevaban décadas luchando por su libertad.

Sin embargo, Solidaridad arrasó en los escaños que sí podía disputar, el equilibrio político existente comenzó a desmoronarse y, pocos meses después, Polonia se convirtió en el primer país del bloque soviético en tener un líder que no fuese comunista. La transformación continuó siendo compleja e incompleta durante años, pero su dirección se volvió imposible de revertir.

Y es precisamente esa direccionalidad la que más importa para Venezuela. Las transiciones exitosas rara vez resultan satisfactorias mientras están ocurriendo, porque el viejo sistema todavía conserva suficiente poder como para exigir concesiones. La verdadera medida del progreso es determinar si cada etapa deja a ese sistema más débil y a la alternativa democrática más fuerte.

Venezuela tiene sus propias circunstancias, pero estamos viviendo un momento parecido, en el que el viejo orden está herido sin haber desaparecido por completo, mientras el nuevo comienza a surgir sin estar todavía completamente formado. El ejemplo polaco debería, por lo tanto, darnos confianza en las posibilidades de una transición gradual, pero efectiva.

Dónde estamos

Mi hipótesis es que Venezuela se encuentra aproximadamente en un 70–80 % de la Fase Uno, mientras la Fase Dos comienza a superponerse. El número es obviamente subjetivo, pero los peores escenarios que la estabilización buscaba evitar no ocurrieron. El país no colapsó ni cayó en una guerra civil. La influencia de Cuba ha desaparecido, presos políticos han sido liberados y la reconstrucción institucional ha comenzado. Lento, quizás, pero en movimiento.

Todavía queda trabajo importante por delante, pero el principal hito pendiente es ahora una fecha creíble para unas elecciones presidenciales que se celebren el próximo año. Eso nos llevaría decisivamente hacia la Fase Dos mientras se terminan de resolver los últimos componentes de la primera.

Rubio tiene razón cuando dice que anunciar unas elecciones resuelve muy poco si las instituciones necesarias para hacerlas libres continúan secuestradas. Al mismo tiempo, mantener el proceso abierto indefinidamente también genera problemas, porque las reformas pueden dilatarse sin una fecha límite. Una fecha electoral le pondría un reloj a la transición.

Ese reloj es particularmente importante porque retrasar el proceso probablemente sea la principal estrategia que le queda al chavismo. Su incentivo es negociar garantías y esperar que Washington eventualmente se distraiga o pierda fuerza política. Trump no será presidente para siempre, Rubio no será secretario de Estado toda la vida y otras crisis inevitablemente competirán por la atención estadounidense.

Por eso las elecciones de medio término en Estados Unidos son fundamentales para entender el ritmo actual. Trump llega a noviembre manejando Irán y el estrecho de Ormuz, Ucrania, China y unas elecciones que definirán el control del Congreso. Mi expectativa es que Washington se mantenga relativamente cauteloso con Venezuela hasta después de los midterms.

Adónde vamos

Una vez superadas las elecciones de noviembre en Estados Unidos, esperaría que el movimiento entre las distintas fases se acelere y se vuelva más visible, con la cuestión electoral adquiriendo mucha mayor importancia.

Sin embargo, las Fases Dos y Tres no pueden limitarse solamente a unas elecciones. También tienen que responder qué tipo de país queremos construir. El chavismo pasó décadas orientando al país hacia La Habana, Teherán y Beijing mientras trataba a Estados Unidos como enemigo, a pesar de nuestra geografía, comercio, energía y vínculos históricos. Tenemos hoy una oportunidad extraordinaria para corregir ese error.

El mejor camino para Venezuela es mirar hacia el norte y desarrollar la relación más profunda posible con Estados Unidos. Cómo se traduce eso en la práctica merece artículos separados, pero uno de los temas que ha regresado recientemente al debate es la dolarización, y debe discutirse seriamente. El capital y la experiencia estadounidense deben jugar un papel central en la reconstrucción, y una presencia militar estadounidense permanente sería altamente beneficiosa como parte de una arquitectura de seguridad de largo plazo firmemente anclada en Occidente.

Trump considera al hemisferio occidental una parte importante de su legado, mientras Rubio ha dedicado buena parte de su vida política a pensar sobre Venezuela y Cuba. Un futuro gobierno democrático en Caracas debería tomarse muy en serio ese nivel de compromiso estadounidense y construir una alianza capaz de perdurar mucho más allá de la generación política actual.

Gradualmente, y luego de repente

Hay un famoso intercambio en The Sun Also Rises, de Ernest Hemingway, que ha sobrevivido al paso del tiempo:

—¿Cómo quedaste en bancarrota? —preguntó Bill.

—De dos maneras —respondió Mike—. Gradualmente, y luego de repente.

Las transformaciones políticas suelen funcionar de manera parecida. Durante largos períodos, el progreso se acumula debajo de la superficie y parece lento. Luego cambian suficientes condiciones y el proceso comienza a moverse mucho más rápido de lo anticipado.

Venezuela está tan cerca de su libertad porque la realidad fundamental que definió al país durante la mayor parte de los últimos treinta años ya cambió. Maduro no está, el chavismo está roto, sus viejas relaciones geopolíticas se han debilitado y Estados Unidos está definiendo el destino final.

Pero hoy se siente tan lejos porque estamos atravesando la parte más desagradable y ambigua del camino. Conocemos las tres fases, pero no sus tiempos exactos. Sabemos que el viejo sistema fue debilitado, pero todavía no ha desaparecido por completo. La frustración es comprensible, pero no podemos dejar que los árboles nos impidan ver el bosque. Polonia nos

recuerda que debemos observar la direccionalidad. El contexto geopolítico actual nos recuerda que Washington tiene otras consideraciones y que probablemente el período hasta las elecciones de medio término seguirá siendo lento y gradual.

Lo importante es entender que la oportunidad que Venezuela tiene enfrente es mucho más grande que simplemente reemplazar a un gobierno. Tenemos la posibilidad de construir una república próspera, libre y justa, anclada en la civilización occidental y profundamente alineada con Estados Unidos.

Nuestra responsabilidad ahora es tener paciencia sin ser pasivos, ejercer presión de manera inteligente, comprender el contexto geopolítico y seguir llevando al país desde la estabilización hacia la recuperación y, finalmente, hacia una transición democrática que sea imposible de revertir.

Nuestra meta debe ser que, dentro de treinta años, las futuras generaciones puedan mirar este extraordinario momento de nuestra historia y agradecer que no hayamos desperdiciado esta oportunidad.

Como se dice popularmente, el dato mata el relato. Y los datos apuntan a que, a pesar de este momento incómodo, confuso y difícil, estamos mucho más cerca de recuperar la libertad de lo que a veces parece. No podemos perder eso de vista.

Jesús A. Riera S.
Venezuela: Geopolítica y Estrategia
Agosto 2026

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