Hoy día de Navidad no es la alegría lo que domina las horas de millones de venezolanos. Tampoco la esperanza y mucho menos la confianza en el liderazgo que se eroga la conducción de la oposición.

Hoy día de Navidad somos muchos los que hemos aprendido que existen sonrisas que compiten con las lágrimas que rocían tanto dolor que acumulamos por este nuestro país destrozado y tan abandonado de Dios. Porque aunque a mucho rezandero le moleta que se diga que Dios abandona, hay razones y hay circunstancias que lo muestran. Este transitar un tiempo horroroso que ya lleva más de 17 años y transitarlo de la mano de la aceptación resignada, de la apatía y que nos ha condicionado a una tragedia que es el resultado de un plan muy pero muy bien estructurado y cuyos resultados están a la vista y es necio desconocer, puede perfectamente haber hartado a un ser supremo del que proverbios aseguran que siempre ha condicionado su ayuda a nuestro coraje, a nuestra capacidad de reacción y acción. Un ser que se dice recomendó la autoayuda para beneficiarnos con la ayuda de él…

Hoy día de Navidad desearía más bien permanecer alejada de esas llamadas a revisar nuestros errores, nuestras torpezas… Hoy día de Navidad quizá sea hasta bueno mi silencio, más si éste posee un porqué... Hoy día de Navidad no sé cómo serenar mi desesperanza y sobre todo no contagiar a otros de ella, pero también me es imposible despojarme de la verdad que es criminal vestir de simulaciones. Por eso retomo lo que le respondí hace algunas horas a una inteligente tuitera que me decía que si podía copiarse mi frase sobre la desesperanza porque bien describía como se siente. Hoy día de Navidad por tanto la repito: La tristeza no tiene derecho de autor.

La tristeza, emoción humana básica no debe avergonzar, debe sí ser motor para ver salidas, para no resignarnos, para nunca claudicar ante el mal. Para cambiar una realidad horrible, esa que ha hecho de los venezolanos seres cuyas vidas están plenas de dolorosas situaciones y muy pocas alegrías. Un lugar en el cual la sobrevivencia obliga a ver dónde se consigue comida, dónde efectivo, dónde un juguete, dónde un medicamento urgente. Dónde quedó la hidalguía de la gente si es que algún día se tuvo o solo estaba simulada por la falta de necesidades primarias.

Hoy día de Navidad, cuando me siento a compartir en esta columna que leerán después, tantas sensaciones, tantas preocupaciones, tantas decepciones no puedo sino recordar lo que escribí el 18 de septiembre de 2014 y que por verdad siempre permite repetirse. Decía en aquel artículo y titulé al respecto que una Nación es su gente. Comentada la propensión a confundir país o estado con Nación, explicando que país o estado se refiere a lo que podemos considerar un grupo social con una organización política común que actúan en un territorio y poseen órganos de gobierno propios. Que puede ser soberano e independiente políticamente y no dependiente de otro país u otras comunidades, en contraposición a lo que es Nación, ese grupo humano con un origen étnico similar y que comparte vínculos históricos, culturales, religiosos, vivenciales…

Nación donde los que la integran poseen sentido de pertenencia, conocimiento y orgullo de su historia, sus tradiciones, su idioma y algo trascendente: Aman y defienden su territorio.

Y por eso este triste día de Navidad en Venezuela pienso en todos los que integramos esta Nación, pero sobre todo en ese porcentaje (Según encuestas, cada día más reducido) que todavía apoya esta peste roja. Esa que nos convirtió en provincia de la tiranía cubana, la que saqueó las arcas públicas y nos arruinó. La sembradora de odios y cosechadora de muertos. La del miedo como táctica.... Pienso en el saqueo que un Narcoestado convierte en ley y donde malandros considerados nacionales (pertenecientes o relativos a una nación), se abalanzan a robar juguetes, ropa, comida. Se abalanzan sobre el esfuerzo de otros y borran toda posibilidad de creer que Venezuela es una Nación y menos un país.

Se abalanzan como buitres sobre lo poco que queda de lo que fuimos antes de llegar a ser este terreno baldío donde Maduro y sus secuaces hacen lo que les da la gana. Terreno baldío, guarida de hampones y carroñeros en calles y gobierno y donde la alegría, la paz y la esperanza son parte de esas desapariciones que padecemos. Terreno baldío que debemos reclamar con los documentos que guarda nuestra historia y darle de nuevo la condición de país soberano. Ese es mi único deseo en Navidad.

ebruzual@gmail.com / @eleonorabruzual

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