Escribo en la fiesta de Santa Teresa de Jesús con la resaca de sus versos más populares en la conciencia. Tiene la santa largo trabajo por delante conmigo en el día de hoy, que acabo de perder la columna que les traía a ustedes, en algún pliegue de un traje con el forro roto, o tal vez se me escurrió en el fondo de un gintonic, o en la sala de espera de la comisaría, o en cualquiera de los sitios que frecuentamos los de las luces de bohemia. Cuando un escritor pierde su columna a pocas horas del cierre es como si a los Gremlins les anunciasen una ducha inminente, o como si a los galos les dijeran que el cielo caerá hoy mismo sobre sus cabezas. De pronto, en medio del berrinche, he leído que dos cohetes chocarán esta madrugada y he pensado que, después de todo, yo solo he perdido el artículo, otros perderán chatarra estelar millonaria, y si el caprichoso del universo torciera las trayectorias, incluso también los dientes. El consuelo me ha durado solo un verso, el de “todo se pasa”. Pero por suerte, Dios no se muda.
Un milagrito teresiano
Ahora que me encuentro cara a cara con la desdicha del folio viudo, el infortunio, y la rabia del autor torpe incapaz de mantener en orden sus propios escritos, me ha venido a la mente Todo va bien, un libro sobre la tristeza y la vida, que acabo de arrojar gentilmente a las librerías, con la alegre esperanza de que acabe en las manos de todos mis queridos lectores, que son todos los que tengo. A fin de cuentas, lo escribí pensando en lo que a mí me gustaría leer alguna vez, sobre todo cuando las cosas se ponen cuesta arriba, y cuando detestas que el mundo te diga “supéralo”, “tienes derecho a ser feliz”, o “todo está en tu mano”, que cada vez que alguien sentencia estas vaguedades, Dios mata un gatito, y un hombre honrado le da una colleja a traición a Paulo Coelho en algún lugar del planeta.
Durante los últimos dos años, con la locura de un explorador, he recorrido las venas de la tristeza para ir tejiendo este libro. Con alma de cronista emocional, buscando las vetas más exquisitas del desconsuelo, la desesperanza, y las razones últimas de por qué la tristeza es compañía inseparable de vida, y hasta condición para la felicidad, he dialogado con el dolor, la muerte, la crisis y la pandemia. Confieso con tímida originalidad que muchas de las respuestas las he encontrado en los textos clásicos, del mismo modo providencial en que hoy, cuando me disponía a rociar de gasolina mi escritorio y prenderle fuego por el artículo perdido, asomó en mi dietario el nombre de Santa Teresa y su “no hay amor fino / sin la paciencia”. Supongo que ya puedo decir que si todos mis muebles no son pasto de las llamas a esta hora es porque, un instante antes de la enajenación, se produjo una sutilísima mediación de la santa abulense.
Sin ánimo de desmerecer -líbreme el Espíritu Santo- la propuesta espiritual de Santa Teresa y su “solo Dios basta”, lo cierto es que, en el preciso instante de la debacle, lo humano es acudir a la gasolina y el mechero en primer lugar, con excepción de aquellos que guardan cabezas nucleares en la nevera, una opción más rápida y eficaz, y con la que se descarga mucha más adrenalina. Ya más tarde, pasado el drama, cuando das por perdido el artículo, tan brillante, aquel que te haría periodista de provecho, escritor de culto, prometido de la Reina, y varón más bello del bosque de Blancanieves, se te esfuma el sueño de la gloria literaria, y asumes que tu brillantez y perspicacia para las letras no está reñida con la incapacidad para guardar a buen recaudo lo que exhumas en tinta. Tampoco te guardes rencor por ello. Nota mental: Solo Dios basta; pero todo lo que no es Dios no llega.
Es en ese momento de la derrota, en ese divertido baño de humildad, en esa asunción de la propia limitación, es donde he revivido el espíritu de Todo iba bien, el libro con el que, Dios y Santa Teresa mediante, confío en acompañar al que está desvanecido, al que ha perdido la esperanza, al que la crisis le ha agujerado el optimismo, o simplemente al que disfruta viendo a un escritor perder los papeles y tratar por todos los medios de encontrarlos, con un éxito descriptible y sonado -a los párrafos precedentes y siguientes me remito-.
Frente a frente, el autor y su libro, y el artículo perdido. Podría estar sonando una muy triste de Joaquín Sabina. Pero de pronto, sin previo aviso, me ha invadido la calma, demostrando que hay siglos en que todo se tuerce y entonces sonríes otra vez, como quien ha dado en la diana de las cosas del vivir, y prendes un cigarro al sol, con todo el teclado al aire, y relees a Santa Teresa, pensando que en su desesperanza esperanzada podrían abrazarse Chesterton, Cioran y Houllebecq, incluso antes de dos botellas de Zacapa.
Que después, con el tiempo y la distancia, baste esta columna de lamento para celebrar Todo iba bien -a eso he venido- y para olvidar el artículo perdido en el campo de batalla. Que no todos los días tiene uno la ocasión de contar, ufano y desprendido, que ha escrito un libro con una única idea: no tienes ni la obligación ni el derecho a ser feliz.
¿Y qué ocurre si todo va mal? Nada. Todo lo alcanza.
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