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RELATO

Una de Hialeah

Vivencias que toman forma de relatos y conducen a la reflexión

Por CAMILO LORET DE MOLA

Del grupo que espera en la caja registradora de Walmart, Daniel es el único feliz con la incertidumbre que ahora mismo viven los indocumentados cubanos en Miami, para este emigrante de la primera oleada los muchachos nuevos se buscaron lo que tienen, “Es que trajeron todos los vicios desde Cuba y los quieren implantar aquí”. El tipo dice que ya era hora de que alguien los metiera en cintura y este es Marco Rubio.

“Han aparecido hasta coleros revendiendo turnos en las oficinas de renovar las licencias de conducción, incluso pelean entre ellos por los incautos clientes que les terminan pagando para un espacio que es gratis y libre para todo el mundo”.

Los protagonistas de esta historia conforman un pequeño grupo que se ha formado mientras un gerente y la cajera destraban el sistema, así dijeron al pedir paciencia. Los intranquilos usuarios comenzaron a interactuar y como era de esperar, terminaron con el tema recurrente de la inmigración.

Daniel se ha tornado en el intransigente que alza la voz para exponer sus argumentos, espantando a muchos de los que inicialmente le rebatían. Ahora unos pocos insisten en defender a los cubanos recién llegados. “Es como los venezolanos que ahora quieren vender de pandilleros a todos y vienen mucha gente buena que no tienen la menor idea de Aragua y los trenes” dice una rubia teñida entre caramelo y caramelo que consume directamente de un paquete que aún no ha pagado.

Daniel dice que los venezolanos y los cubanos tramposos que pululan ahora mismo en las calles de Miami deben ser enviadnos al Salvador lo antes posible, “a ver si podemos tener tranquilidad otra vez, dormir como antes, con las ventanas abiertas de par en par, sin miedo a los ladrones”

“¡Pero si en los ochenta el tiro estaba a la orden del día y el muerto daba al cuello aquí en Miami!”, defiende otro de los del bando de la rubia de los caramelos, “¿ahora la culpa de la violencia en los últimos cuarenta años va a ser de unos venezolanos y cubanos que llevan diez meses aquí?

Enseguida comienzan los ataques personales, la rubia dice que Daniel tiene cara de marimbero y Daniel se ríe, da su nombre y apellido para que busquen si tiene antecedentes, “en cambio tu pelo teñido de seguro no pasa una revisión”.

Una tercera mujer toca por los hombros al gerente y a la cajera al mismo tiempo, “mijitos destraben esa mierda antes que se arme la de San Quintín aquí” les apremia y provoca la risa de muchos.

La mujer vuelve al ataque, “no se qué pasa, ¿con tantas cajas registradoras y solo una funciona?, por suerte la conversación toma otro rumbo, “es que no están contratando, no quieren pagar y por eso nada más usan una”, dice un muchacho que hasta ahora no había opinado. El gerente deja de tantear en la máquina para aclarar que las horas de menos publico llevan menos cajas, “mijito sigue en lo tuyo y no te entretengas que todavía yo tengo que llegar y hacerles la comida a mis fieras, que lo mío es la olla, con deportación o sin ella”, dice la mujer que vuelve a provocar las risas de todos.

Hasta Daniel tiene una carcajada en el rostro, aunque sigue cazando la oportunidad para decirle más cosas a la rubia de los caramelos. Pero se queda con las ganas porque el muchacho que casi no hablaba ha “tocado una tecla” que dispara a todos los presentes: “con lo caro que está todo y el servicio ahora es el peor de la historia” dice entre el asentimiento general.

“Parece que compré sushi por lo que pago y lo que llevo es la misma salsa, el espagueti y el picadillo de siempre” dice la rubia mientras lanza otra envoltura de caramelo al suelo, “están acabando”.

“El maltrato es porque los recién llegados, los nuevos, no tienen educación” contrataca Daniel, “vaya Juana con la palangana” dice la mujer simpática y el gerente pide silencio para escuchar lo que está diciendo la maquina por las bocinas, “ni andar con esa mierda saben, claro, seguro que acaban de llegar también”, dice Daniel provocando que el gerente vuelva a interrumpir su labor de rescate para asegurar que llegó por reunificación familiar hace más de 20 años, “pero en ese tiempo no aprendiste computación mijito”, vuelve la mujer a provocar la burla general.

Ahora hablan todos, algunos gritan y la cajera parece desesperada. Por fin van a abrir otra caja, una línea al lado, “respeten la cola” dice la rubia en medio de las carreritas que los clientes improvisan hacia la isla de al lado, “Hialeah carajo” dice Daniel, agitado mientras intenta recuperar su segundo lugar en la fila, “la ciudad que progresa, ¡no jodas!”

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