Más allá de Gorbachov y su glasnost, la historia demuestra que la perestroika y en consecuencia la caída de la Unión Soviética se fraguaron fundamentalmente en las míseras cocinas de los edificios de apartamentos que inundaban todo el país: La premio nobel de literatura Svetlana Aleksiévich cuenta en sus libros cómo en las pequeñas mesas a orillas del fogón, las familias soviéticas discutían, desmontaban y concientizaban sobre la necesidad de acabar con el sistema que los había oprimido por más de 60 años.
Una sobremesa cubana
Vivencias que toman forma de relatos y conducen a la reflexión
Y es que las cocinas humildes de 10 metros cuadrados eran también la sala de recepción de los invitados, el despacho de los profesionales y hasta el sitio de debates de las noticias de actualidad.
En su narrativa directa Aleksiévich concluye que, si en el siglo XIX la cultura rusa nació en las haciendas de los nobles, en el siglo XX fueron estos espacios privados construidos por primera vez durante el gobierno de Nikita Krushov, los motores intelectuales. Unas míseras cuatro paredes que los soviéticos solo pudieron disfrutar a partir de los años 60. Todo un lujo luego de tantas décadas de casas comunales con baños y cocinas de uso común.
Ahora que en Cuba ha aparecido un espacio virtual para el debate y la entrevista conocido como “La sobremesa” muchos se preguntan si estaremos reeditando el fenómeno de la cocina rusa en una Cuba socialista, depauperada y en una eterna implosión social.
A esta sobremesa cubana llegué por casualidad mientras navegaba por internet en mi diaria cacería de temas cubanos. La asociación con la cocina de Aleksiévich fue inmediata: el espacio cubano está montado en lo que aparenta ser el comedor de una casa típica cubana, con muebles heredados de los abuelos y libre de adornos costosos o despliegue de tecnología moderna. Es evidente que quienes ensamblaron este concepto al menos leyeron “El fin del homo sovieticus”.
Debo confesar que disfruté mucho la entrevista que los moderadores del espacio, (la periodista Mariana Camejo y el comediante Jorge Bacallao), le hicieron al director de cine y presidente de un festival provincial, Iván Giroud, quien valientemente respondió a pecho descubierto cuanto dardo afilado le lanzaron los entrevistadores. Igualmente disfruté las preguntas de la periodista Camejo, (esta vez ella sola), con las que intentó acorralar al esquivo, ladino y hombre de “poca fe” Israel Rojas, quien se movía como anguila desde la quietud de su silla para evitar el riesgo de tener que contestar con sinceridad a las interrogantes claras y directas que le llegaban del otro lado del comedor.
Pero ¿de dónde sale esta sobremesa tan distinta a los espacios de debates montados o de respuestas y preguntas preconcebidas a que nos tienen acostumbrados los que laboran como periodistas desde la orilla de enfrente? Pues resulta que se trata de un podcast asociado a la revista digital La joven Cuba, un espacio dizque diferente y que supuestamente cuenta con financiamiento de una embajada europea. Es sin duda un proyecto polémico que recibe acusaciones de parcialidad por ambos bandos de la ecuación cubana:
Desde su espacio virtual el periodista cubano Ernesto Morales los acusa de ser voceros de los peores ataques contra su persona en lo que él califica como un evidente intento de asesinato de carácter, culpándolo sin razón de supuestos pedidos de bombardeos contra Cuba. Refuerza su sospecha demás con la asociación de su nombre con los sueños socialistas de un malogrado Antonio Guiteras.
Del otro lado no han dudado en tacharlos de contrarrevolucionarios: Justo cuando el integrante del oficialista dúo musical Buena Fe anunció que aceptaba ser entrevistado por La Sobremesa, un ejército de cibercharlas le salió al paso para “abrirles los ojos”, advertirle que le hacia el juego a un mercenario, enemigo del legado de Fidel. Aun así, Israel asistió a la entrevista y nos dejó como regalo el ridículo del que todos hablan hoy.
La sobremesa cubana es un incipiente esfuerzo por hacer un periodismo diferente desde Cuba, a veces con tímidas incisiones en la dura corteza de la dictadura, pero heriditas de cualquier forma que al menos obligan a los censores a rascarse con insistencia.
Lo veo como el primer paso, como lo fueron las cocinas rusas en su momento. Que la sobremesa desate polémica y crítica por ambos bandos es también loable y necesario en nuestro universo insular monocromático. Lo percibo como un ejercicio de criterio nada habitual en el reino de los ukases. Esperemos que además sea el “Damián” de Hesse para muchos cubanos, tan necesitados de amor propio, de revalorizar principios.
Esperemos que La Sobremesa perdure, que se multiplique, que no termine desapareciendo o convirtiéndose en comedia, como dijera Carlos Marx en su Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte cuando condenó a la historia a repetirse dos veces: la primera en tragedia; la segunda en farsa.
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