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OPINIÓN

¡Viva la nación!

El concepto de nación, esencial para entender la Revolución Francesa, se manifiesta como un vínculo espiritual y social que une a los ciudadanos en un destino común.

Por Edgar Cherubini Lecuna

El concepto político de Nación adquiere su significado moderno durante la Revolución francesa de 1789, debido a que el poder deja de concebirse como un patrimonio del monarca y pasa a ser sujeto de la soberanía popular.

La Revolución Francesa que, entre 1789 y 1799, convulsionó ese país y cambió la historia de Occidente, vivió múltiples acontecimientos dramáticos. En septiembre de 1792, Francia enfrentó uno de los episodios más críticos de la Revolución como fue la batalla de Valmy. La monarquía de Luis XVI había sido derrocada el 10 de agosto de ese mismo año y el 21 de septiembre la Convención Nacional instauró la Primera República francesa. El rey permanecía prisionero y en el país la radicalización política y las masacres habían creado un clima de profunda tensión en la población. Aprovechándose de esta crisis, las monarquías europeas se unieron para detener la Revolución y restaurar en el poder a Luis XVI. El ejército prusiano fue el primero en avanzar hacia París.

Ante tal amenaza, se movilizó de urgencia al ejército francés que para el momento era una fuerza heterogénea que reunía a soldados profesionales del antiguo ejército monárquico y voluntarios patriotas: sans-culottes, comerciantes, artesanos, asalariados y otros voluntarios que se sumaron a la defensa. Los dos ejércitos se encontraron frente a frente en Valmy, al este de París, el de Prusia compuesto de soldados veteranos y el francés por una mayoría de voluntarios sin experiencia bélica salvo algunos de sus comandantes. Cuando cesó la artillería prusiana para dar paso a la infantería, de las filas republicanas surgió un grito que cambiaría el destino de Francia: “¡Viva la nación!” (Vive la nation !), al momento fue seguido de un coro de miles de voces que con tal fuerza y convicción atronadoras repitiendo sin pausa “¡Viva la nación!”, “¡Viva la nación!”, que el ejército prusiano se detuvo y su comandante ordenó toque de retirada. Valmy representó una victoria militar y política decisiva al detener la invasión extranjera en nombre de la nación, concepto político que por primera vez se manifestaba en Francia como un indispensable vínculo espiritual y social.

Una nación es un principio espiritual, una comunidad de destino

El término “Nación”, proviene del latín nascere, “nacer”. Una nación la conforman quienes han nacido en su territorio y comparten la misma lengua que a su vez unifica su historia. Esa lengua se transforma en lenguaje político cuando se utiliza en el logro acuerdos para un pacto social, como única herramienta de búsqueda de conceptos, estrategias y soluciones colectivas concertadas para aglutinar las individualidades en una causa común, en un destino común. Podríamos decir que una nación es la unión espiritual y psicológica de un pueblo que toma conciencia de un destino común.

El historiador Ernest Renan, en una conferencia pronunciada en la Sorbona el año 1882, titulada: Qu’est-ce qu’une nation? afirmó en ese entonces: “Una nación es un alma, un principio espiritual”. Por eso, la gente que siente a su nación en lo profundo de su ser lucha por su construcción y su defensa, a través de decisiones éticas como lo ocurrido en Valmy, donde miles de ciudadanos comunes enfrentaron con arrojo al enemigo. Eso es el verdadero ejercicio de la libertad. Sin esa capacidad de elegir a diario, a conciencia, lo que se debe hacer para fortalecer y proteger la nación no hay libertad posible y sin libertad una nación agoniza, es débil, es avasallada o desaparece. Cada una de nuestras decisiones y actos, nos va construyendo a nosotros mismos y a la vez va construyendo la nación que deseamos. Sobre esto último, Hubert Peres (Conferencia en la Universidad de Montpellier, 2024), reafirma la importancia de participar en “una comunidad de destino”, compartida por sus miembros más allá de los desacuerdos posibles, ya que una nación es la suma de las convicciones, fidelidades, solidaridades y narrativas personales que cada uno de sus ciudadanos desarrolla en libertad e igualdad.

Una nación destruida

En Venezuela, la idea de nación fue demolida por el chavismo-madurismo y junto con ésta se extinguieron la democracia, las instituciones y su sistema de libertades y derechos, de progreso individual y colectivo en un despropósito violento, corrupto, falsario y desatinado. En el presente, no solo contemplamos una nación destruida, saqueada, arruinada física y moralmente en manos de la corporación criminal que aún usurpa sus instituciones, hay que añadir que durante la era democrática tampoco se unificó al pueblo en un destino común de nación, de allí las consecuencias. Las ganancias petroleras no se utilizaron entonces para empoderar a los ciudadanos de manera que estos emprendieran su propio desarrollo y progreso individual, por el contrario, los convirtieron en vasallos de los partidos políticos y después, con el chavismo-madurismo, en mendigos de las misiones y de las CLAP.

Una nación por inventar

Según J. E. Cabot: “Aquellas naciones que siguen tratando de competir vendiendo materias primas sin conocimientos, son cada día más pobres. Una economía no solamente puede mover la riqueza física, reservas e inversiones, sino que también puede mover la riqueza intelectual” (Los imperios del futuro, 2006). Una sociedad que no se encuentre en este momento ensayando modelos alternativos para su futuro, en un franco proceso de reposicionamiento ante un entorno de incertidumbres y amenazas globales, será un país frágil o en vías de extinción. Esto será así en Venezuela, si los líderes políticos continúan sin entender que para reconstruir el país deben sacudirse los modelos obsoletos que no contemplan el desarrollo humano.

Ante la crisis global del presente, Yuval Harari (Sapiens, 2014; Homo Deus, 2015) augura para el mundo un escenario preocupante que debe llamar a la reflexión a todos los venezolanos conscientes: “Las tecnologías, el conocimiento y la información están ampliando las desigualdades entre una clase de superhombres con mayores capacidades y posibilidades y el resto de la humanidad, la casta de los inútiles”.

Esto ya es una realidad en Venezuela, ya que mientras otros países, muchos de ellos pequeños, sin petróleo ni fuentes de energía, se preocupan por invertir y desarrollar el conocimiento, retener y atraer a los mejores talentos, buscar la excelencia en sus campus universitarios, nutrir la cultura y las artes, potenciar la agroindustria, desarrollar start-ups, pequeñas y medianas empresas dedicadas a la innovación tecnológica, acelerar el desarrollo de las ciencias vivas, hacer emerger las ciudades del mañana mediante diseños urbanos sustentables, alentar economías de nicho, promover políticas públicas eficaces, empoderar al ciudadano, invertir en el desarrollo informático, en la investigación biomédica, en preservar la naturaleza, en fin, todo lo que esta civilización y en especial las sociedades democráticas están demandando de sus gobiernos, por el contrario, Venezuela, un gigantesco territorio pletórico de recursos, se ha quedado rezagada de la economía global, de las nuevas tendencias del desarrollo, de la sociedad del conocimiento, de las innovaciones y en general de la creatividad necesaria para enfrentar los retos que representan los nuevos paradigmas de la civilización, ya que una casta de inútiles en alianza con políticos, enchufados, militares y el crimen organizado han tomado por la fuerza a la nación y la han retrocedido a un estadio anterior al subdesarrollo.

No nos quedan más comienzos

Pienso que el verdadero reto es por un cambio de paradigmas. Entre los factores para lograr la reinvención del país es imperativo dejar de ser un petro-Estado rentista, corrupto y populista, a un Estado-emprendedor de ciudadanos responsables. De acuerdo con George Steiner “no nos quedan más comienzos”, por eso, a la esperanza hay que ponerle nombre, ideas y programas, para hacer posible el renacimiento y la reconstrucción de la nación.

La gesta popular y soberana del 28/07/2024, significó la puesta en marcha de la reconstrucción democrática de Venezuela. Sin embargo, hay que terminar de definir ese gesto masivo, acompañándolo de conceptos y objetivos de un nuevo modelo de desarrollo, de un nuevo posicionamiento como nación, de un concepto que unifique de una vez por todas a los ciudadanos en la defensa de la democracia y la búsqueda de un destino común de nación.

No dejo de repetir lo que expresó el pensador Buckminster Fuller: “No podrás cambiar las cosas luchando contra la realidad existente. Para cambiar algo, debes construir un nuevo modelo que haga obsoleto el modelo actual”. Por su parte, Benedict Anderson (L’imaginaire national, 1983), aporta una definición que motiva a la reflexión: “Una nación es una comunidad política imaginada”. Esto quiere decir que una nación no es un hecho en sí, algo consumado, sino la permanente construcción de un ideal.

En Venezuela, hay que comenzar por la reconstrucción de las instituciones y de los valores, para poder lograr la democracia, la libertad, la igualdad y la justicia social. Sin duda, eso debe estar acompañado con el empoderamiento del ciudadano para hacerlo responsable de su propio destino. Pero estas palabras son tan solo una representación ideal. Como dice James Baldwin (Nothing Personal, 1964), “La realidad detrás de estas palabras depende, en última instancia, de lo que todos y cada uno de nosotros entendamos lo que realmente representan, depende de las decisiones que uno esté dispuesto a tomar, todos los días”. Supeditar la política a la ética es el único terreno sólido desde donde tomar esas decisiones. Una nación, al igual que un individuo, se construye y se reconstruye todos los días. ¡Viva la Nación!

edgar.cherubini@gmail.com

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