Que Cristina Kirchner se aleja día a día de la cordura, no debería sorprender a nadie. Hillary Clinton nos avisó y el mundo entero se puso en su contra. Fue en 2010, cuando se empezaron a conocer los famosos papeles de Wikileaks. Que la entonces secretaria de Estado de EEUU se interesara por la salud mental de la presidenta argentina le pareció a muchos una intromisión intolerable.
¡Pobre Cristina!
Tanto ella como su marido Néstor quedaban muy mal parados en Wilileaks. "Siempre han sido ácidos, impermeables al consejo ajeno y paranoicos en relación con sus adversarios políticos e incluso en relación a sus ayudantes", se podía leer en uno de los famosos cables
El informe se redactó bajo el título Estado mental y salud. Hillary había pedido a sus diplomáticos en Buenos Aires que indagaran sobre "cómo controla Cristina Fernández sus nervios y ansiedad"; "cómo afecta el estrés la relación con sus asesores"; "¿toma alguna medicación?"; "cómo afectan las emociones en su proceso de toma de decisiones"; "como reduce la tensión cuando se siente angustiada".
Tanto ella como su marido Néstor quedaban muy mal parados en Wilileaks. "Siempre han sido ácidos, impermeables al consejo ajeno y paranoicos en relación con sus adversarios políticos e incluso en relación a sus ayudantes", se podía leer en uno de los famosos cables.
El interés del Gobierno de EEUU también se centraba en cómo se organizaba la temperamental pareja que por entonces al estilo Pimpinela regía los destinos de Argentina. Hillary Clinton estaba muy interesada en el estado anímico de Néstor y sobre quiénes eran las víctimas más recurrentes de sus ataques de ira. En ese punto además -como si se estuviera recabando material para construir el libreto de una telenovela- se ponía el énfasis en cómo era la relación de pareja. “¿Respeta sus decisiones o si impone las suyas? ¿Pelean con frecuencia?” Otra interrogante a despejar por la embajada de EEUU en Buenos Aires era si la presidenta compartía "la visión beligerante de Kirchner o si intenta moderarlo".
Confieso que el análisis de las cuentas de Facebook y Twitter de Cristina que he hecho esta semana, a raíz de la muerte del fiscal Alberto Nisman, me reconcilia con Clinton en que la viuda de Kirchner no está realmente en sus cabales.
Nisman apareció muerto en la madrugada del lunes en su residencia de Puerto Madero, un populoso barrio de Buenos Aires. El fiscal había presentado denuncias que involucraban a la mandataria en el encubrimiento del atentado contra la AMIA y murió a pocas horas de comparecer ante el Congreso donde iba a presentar las evidencias de su investigación.
Cristina en su primera declaración -a través de Facebook- demostraba sus dotes de novelista armando una conspiración en la que Nisman se había suicidado como acto final de una conspiración en la que el diario Clarín era uno de los protagonistas diseñando perversas portadas contra la inocente presidenta. Otras escena de la película de Cristina estaban rodadas en el atentado contra la revista Charlie Hebdo y en la manifestación de condena a la que acudieron líderes mundiales.
A las pocas horas, cambió el guión y Nisman ya no se había suicidado sino que le habían suicidado. Si uno bucea un poco más atrás en sus publicaciones en redes sociales, sólo se encuentran ataques, insultos y amargura. ¡Pobre Cristina!
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