Una premisa resulta de elemental y en doble banda. En la misma medida en que cede o se admite que pueda manipularse o modificarse a discreción al sistema de administración de justicia y los valores que lo soportan dentro de todo Estado, para que los juzgadores forjen desde lo judicial la mentira política, afirmándola como fisiología del poder – no se olvide que el TSJ venezolano nombró presidente a Nicolás Maduro luego de ser derrotado en las elecciones por Edmundo González Urrutia – al cabo, todo atentado a la ley como expresión de moralidad social termina siendo justificado y normalizado. Es lo que viene ocurriendo dentro de las dictaduras del siglo XXI, que no son ideológicas, sino que, proviniendo de las viejas derechas e izquierdas expresan verdaderas satrapías electivas, en suma, expresiones de la decadencia civilizatoria que hoy avanza en Occidente.
Venezuela, ante el espejo de la decadencia
Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia
El crimen y el delito, ahora transnacionalizados y organizados como poder por el derrumbe de las fronteras soberanas y el dominio de la Aldea Global, encuentran, además, una senda ancha para verse purificados y quedar coludidos, es decir, a la orden de las élites tanto políticas y económicas que los prohíjan por razones utilitarias; lo que es peor, con un manido argumento que nos lega la historia. Se viola la ley y se subvierte a la Justicia en nombre de supuestos intereses superiores, dado que la misma Justicia o la ley, dentro de sus nichos formales, resultarían incapaces o insuficientes para atender las urgencias de la nación en su conjunto. Y así, dejan a la misma nación en el descampado, a la suerte de lo mesiánico.
Esas élites dominantes, sin patria, distintas de la misma nación a la que estas desprecian, encuentran un camino sin alcabalas para realizar sus despropósitos. Entre tanto las gentes, el común de los mortales, pierden el único mecanismo de protección que la misma historia del Occidente judeocristiano les ofrece frente al poder desembozado y arbitrario, el juez independiente. Sólo les resta confiar en que el padre bueno y fuerte emergente o de turno – resurrección del viejo cesarismo napoleónico – cumpla y les proteja.
Nada más, pues la instancia que le quedaba antier a todo marchante frente al funcionario represor y ante el diputado abusador y de privilegios, a saber, la del mismo juez, muta y queda reducido al papel de notario para el registro del mal absoluto. Es el que se limita a legalizar las ilegalidades por vía del fraude semántico. Esas tenemos, huelgan los ejemplos. Se encuentran a la vista.
De allí que otra vez sirva, para mejor comprender el entuerto, lo que ya he repetido en otros ensayos y columnas, a saber, la enseñanza que toma de la experiencia, de la suya, Joseph Ratzinger, el Papa Emérito fallecido y que vierte ante sus compatriotas del parlamento alemán: “«Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?», afirma este citando a San Agustín.
Y cabe la cruda consideración, como mero indicio, de lo igualmente ocurrido en Venezuela. Por una parte, la satrapía reinante, que con toda liberalidad paga el precio de su prórroga en el poder a su tutor extranjero de circunstancia, ayer los cubanos y ahora los norteamericanos, sabiéndose que es ilegal e ilegítimo su ejercicio, pacta negocios sobre el oro negro unas veces con gobiernos y otras con sus criminales asociados.
Esa contraparte, decadente, me refiero a la norteamericana, por la otra parte firma y consiente sobre esos pactos espurios; mientras que a la par pide de la satrapía y de sus amanuenses opositores, para el futuro, que le agencien nuevos jueces para que administren una justicia decente y ofrezcan las seguridades propias de un Estado de Derecho. ¿Acaso para que protejan y vuelvan legal lo que negocian y en su origen es fraudulento, nada transparente, violatorio del propio orden constitucional que formalmente existe y rige entre los venezolanos?
¿Cómo se resuelve esa aporía? Bajo la ilegalidad conocida y actuante se suscriben entendimientos que después se espera a que puedan sostenerse en el futuro, dentro de un régimen de legalidad en vías de ser construido, que no existe. Y en esa estamos.
Cuando el crimen se vuelve normal
Ante los hechos y dado el absurdo, en espera de que las leyes elementales de la decencia alguna vez regresen y se instalen para diluir – uso la expresión de Cioran – el breviario de podredumbre que se nos muestra sin rubor ni reservas, en especial a quienes observamos la dinámica que se desarrolla sobre un territorio que purgó al 30 % de su población y a la que se persigue como la diáspora judía del siglo XXI, la cuestión estriba en que cuando menos busquemos entenderlos. Sin que podamos justificarlos.
Quien repase lo actual mirando a la distancia lo que nos enseña la historia, que es irrepetible pero que siempre es maestra, tendrá presente el dilema platónico sobre la república. Los filósofos de su tiempo discernían entre la patria interior, la del alma, y la ciudad patria, es decir, la que se construye desde la inteligencia y la conciencia en la cotidianidad de lo colectivo. Es la que después nos llevaría hasta la Ciudad de Dios o la civitas divina, desde la república como estado terrenal o civitas terrena.
De modo que, si bien algunos sostenían que dentro de esta Ciudad del Hombre predomina la maldad, a la que sólo escapan los filósofos que se dejan atrapar por el ideal o el deber ser, Platón enseña que cabe y le urge al filósofo bajar a la tierra. Es de obligarlos a que participen en la vida del Estado, para superar sus males intestinos. Y no le faltaba razón. Los que anclan para el desempeño de la vida política en el mundo de los principios y los valores no se dejan tentar fácilmente por la liza política, a saber, por el manejar a la política como un terreno cerrado para un combate o torneo. Mas por lo pronto, es este el ecosistema que domina y nos tiene por testigos. De donde, alguna consideración mayor se nos impone, para mejor comprender.
Simplificando las cosas, lo que no siempre es admisible para un juicio prudente, tengo la creencia – acaso por leer atropelladamente a Max Weber – que ese choque de realidades que observamos atónitos los venezolanos, léase, las víctimas del doble terremoto y los que hacen pleno dentro de las mazmorras políticas del régimen y sus asociados, en una banda, a saber, la de la nación nuestra en su conjunto, de estirpe hispanoamericana, que profesa valores antagónicos. Y es que, en la otra banda se encuentran los tributarios del puritanismo anglosajón, dominados por la experiencia de la vida sensorial y en lo político la «civilización del tener».
Toda empresa y el tener éxito dentro de la misma purificaría, facilitando al que lo logra e igualmente al logrero asociado, el camino ganado hacia la Ciudad Dios. Quienes somos tributarios de la visión judeocristiana, tamizada por lo hispano y lo latino, que asume el trabajo como un deber y un medio para llevar una vida digna en lo propio y para nuestras familias como extensión, cultivamos, antes bien, la «civilización del ser».
Pues bien, volviendo a simplificar las cosas, la perspectiva anglosajona penetró en las élites de la América Colombina a finales del siglo XX, mientras las grandes mayorías no se despegaron de su identidad raizal, conservándola con orgullo, repito, destacando el valor de la dignidad personal, humana y que humaniza. Eso lo grafica una sola imagen. La de la mujer guaireña que, desde los escombros de su vivienda, pasados los terremotos, descubre ocultas unas pacas de dólares a los que quiso ponerle la mano un funcionario judicial. Y necesitada como ninguno otro de esos billetes, incluso para proveerse de comida al siguiente día y encontrar algún refugio, los rompió ante todos. Significaba en su hora de dolor que, mientras unos se afanan por tener y en expoliar al país, ella intentaba elevar a su ser en búsqueda de empatía, ante el familiar fallecido y la indiferencia del poder.
Es esto, sencillamente, lo que divide a la república de utilería que aún se mantiene en Venezuela por quienes transan sus riquezas con Estados Unidos, y que la separan de manera irreconciliable con la nación que somos los venezolanos. Se trata, insisto, de la gente, que son los presos políticos, es el país carente de agua y luz eléctrica, es el conjunto de las familias separadas por el ostracismo, es cada muerto y cada familiar que sobrevive bajo los edificios mal construidos que les proveyese a los habitantes del Estado Vargas la satrapía del Estado criminal instalado y protegido por Estados Unidos.
La radiante estupidez de los cándidos
Pero vayamos a lo central, para mejor seguir entendiendo sin justificar, por lo que vuelvo a Cioran: “Una civilización comienza a decaer a partir del momento en que la vida se convierte en su única obsesión. Las épocas de apogeo cultivan los valores por sí mismos: la vida – que puede ser larga o corta – no es más que un medio para realizarnos; el individuo no sabe que vive, él vive, esclavo feliz de las formas que engendra, mima e idolatra”.
Darle vida a los valores, ciertamente, es lo que hace a la vida una vida buena y la que potencia al ser, más allá del tener; así esos valores, superando a las meras ideas que surgen desde el plano de los sentidos, se nos vuelvan luego conceptos y los conceptos culminen en mitos o en utopías movilizadoras.
Lo cierto, es que cuando se reseca la afectividad – que es empatía, que la anima la inteligencia, que resulta del discernimiento, y de la experiencia concreta de la libertad hasta para soñar – llega a su final nuestra entrega al mundo de los valores. Y son estos los que le dan vida y vitalidad a nuestras categorías existenciales y a las normas que permiten nuestra convivencia social y hasta familiar. Es lo que llamamos Derecho.
En conclusión, a riesgo de que lo dicho resulte para algunos farragoso o abstracto o incluso indigerible en su lectura o políticamente incorrecto, cuando una nación se deja doblegar por las desviaciones de sus élites logreras, “convirtiendo a la vida en la finalidad”, los sueños y las utopías que nos empujan desde la ciudad del hombre hasta la ciudad del Dios y que nos permiten descubrirnos como criaturas trascendentes, se apagan, desaparecen. Se vuelven conceptos vacíos y de regreso y los conceptos degeneran en meras ideas y en voluntarismo, tomando cuerpo en nosotros la animalidad y el sueño de la razón, creyendo que tener nos hace vivir. Ni siquiera sobrevivimos.
Otra precisión histórica, aquí sí, resulta a todas estas pertinente. Los venezolanos somos genéticamente libertarios, de suyo dignos. En nuestro más remoto génesis no hicimos parte de estructuras piramidales, regimentadas, autoritarias o paternalistas como las conocidas por los originarios del altiplano americano.
Éramos nómades los venezolanos y el cacique nuestro dejaba que los niños se le fuesen a la selva, pues retenerlos mataba el sentido genuino de la libertad y también morían. Llegado el siglo XVIII, en nuestro primer 19 de abril, el de 1749, unos 800 mestizos venidos desde el Tuy tomaron a Caracas para protestar contra el monopolio de la Compañía Guipuzcoana, pues les frenaba sus hábitos de libre comercio, impidiéndoles ser, disminuyendo el ser de lo que eran. No les bastaba el tener, que cómodamente les ofrecían los vascos.
Eso fue lo que se nos extravío como huella de nuestro ser nacional, en la hora en la que, desde Cartagena de Indias, en 1812, se proclamó – como ahora en pleno siglo XXI – que no estábamos preparados para el bien supremo de la libertad. Allí se arguyó que los filósofos sentados en el Congreso nuestro de 1811 no hacían otra cosa que delirar con repúblicas aéreas, sin considerar que el pueblo medraba urgido de ser tutelado; presentándosenos a los venezolanos, ayer como ahora, bajo un defecto que sólo se encuentra acuñado en los “buenistas” de la república, en sus élites política y, antes que económicas, expoliadoras. Ese defecto es la moral turpitude.
En suma, así como en escrito reciente volví sobre las “Memorias de un venezolano de la decadencia”, para dar cuenta con Pocaterra de los que se desayunan sus vergüenzas llamándolas habilidad política, pregunto y me pregunto esta vez, con el propio Cioran, si ¿acaso no es la radiante estupidez de los cándidos quien realiza la tarea de las grandes épocas?
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