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Comprar en Venezuela: una lotería con pocos ganadores

En el país con la inflación más alta del mundo, se buscan con ansia los productos precios están regulados por el Gobierno. Además de paciencia, se necesita suerte para no irse con las manos vacías


CRÓNICA | 31 de enero de 2016

Comprar en Venezuela: una lotería con pocos ganadores
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Comprar medicinas, alimentos o cualquier otro artículo de primera necesidad, se ha convertido en una verdadera odisea en Venezuela (EFE)

CARACAS.- ROBERTO DENIZ
Especial

Desde la industria de alimentos reportan una situación de “extrema criticidad” y aseguran que “nunca antes” habían tenido un declive en la producción como el que están sufriendo desde el año pasado.

Caracas es por estos días la ciudad de las colas. En la capital de la Venezuela del “Socialismo del Siglo XXI” comprar alimentos, medicamentos o repuestos para vehículos es una prueba de resistencia. Hasta el presidente de la República, Nicolás Maduro, admite que esas colas son una “herida” en la “vida social de los venezolanos”.

“Garantizar la atención, estabilización y mejoría de ese elemento tan pernicioso que nos introdujeron y que la dejaron como una herida allí, y que hoy está allí como una herida, en la vida social de los venezolanos, que son esas colas”, planteó el 19 de enero un mandatario que sólo tras la derrota electoral sufrida el 6 de diciembre de 2015 ha aceptado la gravedad de la crisis, aunque insiste en atribuírsela a una “guerra económica” y la califica como una “emergencia económica”.

Ese día Maduro instaló el Consejo Nacional de Economía Productiva, instancia conformada por funcionarios, empresarios y trabajadores para enfrentar la grave situación económica, cuyos indicadores más alarmantes son una inflación de tres dígitos (141,5% hasta septiembre de 2015, la más alta del mundo) y ocho trimestres consecutivos de contracción del Producto Interno Bruto (PIB). “No es hora de pesimismos”, declaró en el evento el flamante Vicepresidente del Área Económica, Luis Salas, a quien Maduro encomendó coordinar al nuevo tren ministerial que deberá trazar los caminos de la recuperación. El mensaje esperanzador contrasta con lo que se ve en calles.

Colas y más colas

Es sábado, el día que muchas familias escogen para hacer la compra, y las colas se reproducen en supermercados y farmacias. Se respira preocupación y cansancio. “Es terrible, yo siento como si estuviera mendigando la comida, pidiendo prestado, algo así, todos los días pienso en dónde iré a conseguir la comida, es terrible, muy deprimente”, afirma Ana Piñango, ama de casa, tras salir del supermercado Unicasa, ubicado en Bello Monte, una urbanización de clase media.


En este supermercado ubicado en la populosa parroquia de La Candelaria, los compradores amanecen haciendo cola para comprar alimentos (FOTO: ROBERTO DENIZ)

Lleva dos paquetes de pasta y dos potes de mayonesa, productos muy demandados por los venezolanos. El precio de la pasta está regulado por el Gobierno en 15 bolívares el kilo, ni medio dólar al mercado paralelo y muy por debajo del precio de 141 bolívares que reclaman los fabricantes del producto. Pese a que esa compra le tomó dos horas, Piñango se sentía afortunada. “Yo toqué con suerte, llegué como a las 10 y 30 de la mañana, como llegó un camión y empezaron a sacar pasta, me quedé (…) Vivo en otra zona, vine por casualidad a ver si tenía suerte de conseguirme algo”.

Comprar lo más básico es una especie de lotería, hay que tener paciencia, pero también suerte. A la 1 de la tarde en el establecimiento donde compró la señora Piñango, un centenar de personas espera en una cola que se extiende una cuadra. Otro grupo más pequeño se agolpa en la puerta para intentar saber qué productos se están despachando. "Nunca en la vida habíamos pasado por esto, yo tengo 75 años, esto da ganas de llorar", lamenta una vecina de la tercera edad que observa el alboroto.

"Señores vamos a organizarnos, uno detrás de otro", dice un empleado intentando poner orden. Muchos de los que están allí ni siquiera saben qué podrán adquirir, pero esperan desde el amanecer. “Llegamos a las 4 de la mañana, abrieron a las 8, había margarina, hace un rato llegó un camión de aceite, estamos esperando a que lo saquen”, explica una joven.

Un directivo de un supermercado, que prefiere reservar su identidad, narra lo que viven a diario. “Le dices a la gente que no van a llegar productos regulados y no se mueve, no sabemos cómo hacer”.

En los supermercados estatales también

La escena de las colas se repite en Abastos Bicentenario, red estatal que administra el Gobierno y nació de la expropiación de una cadena privada. Son las 3 de la tarde del sábado, el calor aprieta y cientos de personas aguardan en una cola que se prolonga alrededor del establecimiento. La gente acude con sillas plegables y paraguas para protegerse del sol. Luis Gallardo está allí desde las 6 de la mañana y espera conseguir pollo. Si tiene suerte conseguirá el kilo en menos de 100 bolívares, un precio subsidiado, incluso, por debajo del que impone el Gobierno para el resto del mercado.

“Esto es gravísimo, la única solución es meterle comida a los anaqueles porque ese es el problema, no hay en ningún lado”, opina Gallardo. Guardias Nacionales vigilan e impiden la entrada a quien no haya hecho la cola. A través de las vitrinas se comprueba la poca diversidad de productos y se ven unas cuantas estanterías vacías. “Hay gente que desde que amaneció está aquí, llegaron a las 5 y 30 de la mañana y aún esperan afuera”, asegura a un señor, cuyo familiar logró ingresar al local. Agrega que mañana le toca comprar a él.


Los dueños de los establecimientos deben atender con las rejas abajos para evitar que haya conflicto entre los compradores (FOTO: ROBERTO DENIZ)

Desde 2014 se institucionalizó en Venezuela un sistema de racionamiento. Por orden del Gobierno los supermercados y grandes cadenas de farmacias instalaron un sistema de máquinas “capta huellas” por el que deben pasar los consumidores para adquirir los productos con precios regulados. El dispositivo verifica si la identidad coincide con la información de la cédula y deja registro de la compra para que el mismo día no pueda repetirla en otro comercio. Los lunes el turno es para personas cuya cédula termina en 0 y 1, los martes para los que poseen cédula terminada en 2 y 3, y así sucesivamente hasta el viernes. Los sábados el control va del 0 al 4 y los domingos del 5 al 9.

"Cuando esté funcionando este mecanismo, que es para detectar el contrabando y garantizar los productos de la mesa diaria de los venezolanos, van a ver lo beneficioso que es y el país va a aplaudir", había prometido Maduro en agosto de 2014.

De poco sirvió la medida. Ni acabó con las colas, ni ha evitado a los “bachaqueros”, como se denomina a quienes se dedican a cazar productos con precios regulados para luego revenderlos a mayor precio en mercados informales.

"Esa gente no es de aquí", se quejaba un vecino el pasado viernes mientras veía un extensa cola a las puertas del supermercado Luz, ubicado en El Pedregal, una comunidad popular insertada dentro de la urbanización de La Castellana, zona de clase media alta de Caracas. Estudios de la encuestadora Datanálisis indican que hasta 65% de las personas que hacen cola se dedican a la reventa de la mercancía.

"Hay que esperar, hay que tener paciencia", explicaba el vigilante que repartió 420 números, para listar a las personas que desde las 6 de la mañana estaban en cola. Al mediodía sólo habían comprado unas 100 personas. Las bolsas de los que salían del local permitían comprobar que fue un día de suerte: llevaban papel higiénico, aceite, huevos, margarina y arroz, todos productos a precios regulados y cada vez más escasos.

En Farmahorro, una cadena de farmacias, ubicada cerca de ese automercado también había una cola, en su mayoría mujeres que comprarían pañales y toallas sanitarias. Los anaqueles del local lucían vacíos o con muy poca variedad de mercancía.

Estallaron las distorsiones

Mientras el Gobierno reitera que la situación es producto de una “guerra económica” causada por empresarios y la oposición, los gremios empresariales insisten en que el desabastecimiento es producto de la política de controles aplicada durante años y que poco a poco fue anidando las distorsiones que hoy parecen haber confluido.

El 22 de enero Francisco Acevedo, presidente de la Asociación Venezolana de la Industria Química y Petroquímica (Asoquim), le expuso al presidente de la República una radiografía en la que señaló la restricción en la asignación de divisas para las empresas (hay un control de cambio desde 2003), el férreo control de precios y la imposibilidad de obtener materia prima, como algunas de las causas que explican la insuficiente oferta de productos para el cuidado personal y aseo del hogar.  “Eso lo que ha llevado es que simplemente no hay manera de producir el producto, los productos están desaparecidos, hoy vemos en supermercados una lejía porque ya no existe el cloro”, dijo Acevedo a propósito del control de precios.

El 28 de enero la Cámara Venezolana de la Industria de Alimentos (Cavidea) también alertó al Gobierno que la situación es de “extrema criticidad”, como consecuencia de la baja asignación de divisas, la falta de materia prima y la imposibilidad de importarla por la deuda de 1.600 millones de dólares que acumulan con sus proveedores en el exterior, así como por el desfase provocado por el control de precios, que obliga a las empresas a vender productos como la harina de maíz, el arroz, la pasta o el aceite a precios que ni siquiera cubren los costos de producción.

 

Los supermercados Bicentenarios, administrados por el gobierno nacional, tampoco tienen toda la cesta básica (FOTO: ROBERTO DENIZ)

 

“Lo que no está siendo capaz la industria es de producir alimentos de forma suficiente”, dijo Manuel Felipe Larrazábal, presidente de Cavidea. Los datos de la organización indican que en los últimos cuatro meses la “producción ponderada” de alimentos descendió 10%. “El índice de Cavidea muestra un deterioro evidente de los niveles de producción nunca antes visto”, insistió el directivo.

El deterioro ha sido progresivo. Cifras de Nielsen Venezuela, difundidas en septiembre del año pasado, indicaban que entre 2013 y 2015 la presencia de marcas en supermercados descendió de 3.404 a 3.234, mientras que el total de ítems ofertados bajó de 27.419 a 22.676. “Esos números está más críticos ahora”, reconoce el directivo de un supermercado.

En el sector farmacéutico también manejan datos que muestran una drástica disminución en el total de presentaciones de medicamentos que se comercializan en el mercado, también asociada a la poca disponibilidad de dólares para importar, a los estragos que el control de precios ha causado en algunos fabricantes y a la deuda en dólares que acumulan con sus casas matrices. “Tenemos que utilizar los medicamentos que realmente necesitamos, no tenemos porqué comprar de manera compulsiva una cantidad de medicamentos que en realidad no necesitamos”, declaró el 29 de enero la ministra de Salud, Luisana Melo.

La tendencia a la baja de los precios del petróleo y la insistencia del Gobierno en ahondar el modelo levantado en los últimos años amenaza con agudizar la crisis. “Con urgencia hay que abordar esta crisis que jamás habíamos visto los venezolanos”, alertó recientemente Francisco Martínez, presidente de Fedecámaras, la mayor organización empresarial del país.

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