LA HABANA.- Luego de prestar servicios médicos por tres años en un pueblo intrincado del Brasil profundo, con una agreste Amazonía y copiosas lluvias tropicales, Yulia, 38 años, anestesióloga, en abril de este año regresó a Cuba con el sueño de comprar una casa en La Habana.
“Estuve ahorrando gran parte de mi salario, alrededor de 1.200 dólares mensuales más otro dinero que el Ministerio de Salud Pública te guarda en una cuenta bancaria en Cuba, con la intención de comprar una casa para mí y otra para mi hija de 17 años, y también adquirir muebles de calidad. De Brasil traje dos televisores inteligentes, electrodomésticos y dos equipos de aire acondicionado que instalaría en mi futuro hogar”, cuenta Yulia.
Antes de su misión en Sudamérica, la anestesióloga residía en un apartamento estrecho de dos habitaciones junto con su padre, su hija, dos hermanas y tres sobrinos en la barriada de Mantilla, en las afueras de La Habana.
“Como la mayoría de los cubanos, tres generaciones vivíamos hacinadas en el mismo domicilio. Yo dormía en una colchoneta en la sala. Esa situación provocaba roces y discusiones. Se cocinaba por turnos y el ambiente familiar era tenso. Por suerte se me dio el viaje a Brasil y aproveché para ahorrar y poder comprarme una casa”, confiesa Yulia.
Antecedentes
Desde 2010, el régimen de Raúl Castro autorizó la compra y venta de viviendas. En un principio, el precio se acordaba entre los implicados en el negocio. Al final de la venta, tanto el vendedor como el comprador, debían pagar un impuesto al fisco del 4%. Pero de un tiempo a la fecha, el Estado, alegando subdeclaraciones en las ventas, decide el precio final de la transacción.
“Con la vendedora había acordado el precio de 15.000 dólares. Pero cuando fuimos a realizar los trámites en la oficina de Notaría y Vivienda, se nos informó que esa propiedad estaba valorada en el equivalente de 19.000 dólares. Fui a varias instancias, pues no tiene sentido si el comprador y el vendedor se ponen de acuerdo en un precio, que el Gobierno diga que se debe pagar más. Al final tuve que pedir dinero prestado para poder comprar la casa”, explica Yulia.
El caos en los negocios inmobiliarios en Cuba es monumental. Según consta en actas de propiedades revisadas, el precio de una vivienda de tres habitaciones, cocina, baño y terraza, construido antes de 1959, suele fluctuar entre 5 y 8.000 pesos, cantidades que equivalen a 220 y 350 dólares. Un precio demasiado barato para un apartamento.
“Esos precios se determinaron en la etapa que Cuba recibía subsidios millonarios de la antigua URSS y el banco, artificialmente, equiparaba uno por uno al peso contra el dólar. Después llegó la crisis económica convoyada con una altísima inflación y devaluación de la moneda. Entonces en la compra y venta de casas comenzó a decidir el valor del dólar primero y luego el del peso cubano convertible. Fue cuando los precios se dispararon. Como referente se tomaban los precios inmobiliarios en América Latina y Europa, pero al no existir un marco regulatorio adecuado, ni el otorgamiento de créditos bancarios que posibilitaran la adquisición de inmuebles, los vendedores situaban cifras descabelladas para el contexto cubano”, indica un funcionario del Instituto de Vivienda.
Los precios de residencias en las zonas habaneras más cotizadas, como El Vedado, Nuevo Vedado, Casino Deportivo o Miramar, pueden fluctuar entre el medio millón y tres millones de dólares. Y el pago es al contado.
La gran brecha
Según Orestes, arquitecto jubilado, “existe una brecha abismal entre los salarios promedios en Cuba y el precio de venta de cualquier morada. Incluso, una habitación en una cuartería (casa de vecindad) no baja de 3.000 dólares. Y el salario de la mayoría no supera los 30 dólares. Es una locura. A eso súmale que son casas que no están en óptimo estado constructivo. Casi siempre el comprador debe invertir varios miles de dólares en su remodelación”.
Pero el problema de la vivienda en Cuba va mucho más allá de los precios absurdos del extravagante mercado inmobiliario local. En la última sesión del monocorde parlamento, la propia autocracia verde olivo reconoció que existe un déficit de 880.000 viviendas en la Isla.
“Creo que el déficit es mayor, porque muchas parejas jóvenes, si pudieran, vivirían sin sus padres. De acuerdo a mis cálculos, el déficit real de viviendas en el país supera el millón y medio. Y no se ve una salida. El Estado solo está construyendo de 2.000 a 3.000 viviendas anuales. Y los ciudadanos, con esfuerzo propio, no construyen más de 16.000 casas cada año”, subraya el funcionario.
Las viviendas que edifica el Gobierno son una auténtica chapuza. Si usted visita una urbanización en fase constructiva al borde de la autopista nacional, en San Miguel del Padrón, al sureste de la capital, observará pisos sin baldosas, pasos de escaleras ausentes, ventanas mal coladas, filtraciones en techos y paredes, entre otras chambonadas.
“Las casas están a medio construir y tienen un montón de defectos. Aceptamos recibir los apartamentos de esa manera por la sencilla razón llevamos 15 y hasta 20 años, residiendo en albergues colectivos, donde las condiciones de vida son aún peores”, dice Zoraida, ama de casa.
Fidel Castro prometió acabar con el problema de la vivienda en Cuba. Contrató plantas de piezas prefabricadas en la antigua Yugoslavia, creó cientos de empresas de materiales de la construcción y aseguró que la Isla podía edificar 100.000 viviendas por año. Pero ha llovido bastante desde aquella promesa y de la etapa de la Cuba soviética.
Hoy, cuando en el país existe un capitalismo corporativo de Estado, los gobernantes no cuentan con una estrategia en la mesa para paliar el déficit habitacional. Son las familias las que deben buscar sus propias soluciones. Es el sálvese quien pueda.