MIAMI.-BELÉN GONZÁLEZ
Especial

El término probiótico aparece cada vez con más frecuencia en las etiquetas de muchos productos, pero no se trata de un nuevo componente  desarrollado por los científicos para mejorar nuestra alimentación, sino de una serie de microorganismos vivos que forman parte de las “especies” que habitan en nuestros intestinos. 

En el tracto digestivo de los seres humanos están presentes más de 400 diferentes tipos de bacterias saludables, la mayoría son Lactobacillus y Bifidobacterium,  así como también hay gérmenes patógenos, virus, hongos y otras especies. 

La misión de los probióticos es mantener un sistema digestivo saludable fomentando el equilibrio en la proliferación de bacterias “buenas” y “malas”.  Al contribuir al equilibrio de la microbiota intestinal, estos microorganismos potencian el sistema inmunitario

humano. 

Las también llamadas bacterias buenas se encuentran de forma natural en alimentos como el yogur, la leche de soya y el chucrut, así como en aquellos productos que indican la presencia de “cultivos activos vivos” en su etiqueta, además pueden encontrarse

en el mercado en forma de suplementos en polvo y píldoras.

Un antiguo aliado

El consumo de probióticos se remonta siglos atrás en la historia del hombre, específicamente al momento en el que los nómadas comenzaron a consumir la leche que se “cuajaba” al transportarla en recipientes de piel,  producto al que llamamos yogur. 

Este patrón se hizo costumbre en distintas culturas, en India, por ejemplo, se volvió tradición el consumo de lassi, una bebida hecha a base de yogurt,  después de la cena; mientras que para los búlgaros el consumo de leche fermentada y  kéfir se convirtió

en parte habitual de su dieta.

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Pero no solo el yogurt era en la antigüedad una fuente importante de probióticos, pues los romanos consumían el chucrut o sauerkraut, como se llama a la col fermentada elogiando  sus beneficios en la salud; y en las culturas asiáticas, los encurtidos de

nabos, berenjenas, pepinos, cebollas, calabaza y zanahoria, ricos en microorganismos vivos, siguen teniendo una gran aceptación.

Para aquel entonces no estaban del todo claro los beneficios que proporcionaban al organismo estos microrganismo, pero todo cambio a principio de la década de los noventa, cuando científico ruso Elie Metchnikoff  estableció como origen de la excelente

salud de los habitantes de los Balcanes el consumo en grandes cantidades de leche fermentada, fuente de una serie de bacterias "buenas". Esa fue la primera denominación de los probióticos, término que proviene de la terminología griega y que se traduce

"para la vida".

Efectos en la salud

Recientes estudios establecen que la cantidad necesaria de prebióticos para un adulto oscila entre dos  y seis gramos diarios, pero la dieta moderna no cumple con estos requerimientos, por esta la razón los fabricantes de alimentos están ha impulsado la

adición de cantidades sustanciales de bacterias sanas en muchos productos.

Nuestro sistema digestivo depende de un delicado equilibrio, tan frágil, que puede verse afectado por la alimentación, el estrés, las enfermedades e incluso ciertos medicamentos. Mantener este balance es indispensable para garantizar la salud intestinal y la

función inmunitaria. 

De hecho, desde principios del siglo XX, se ha confirmado que el consumo de probióticos disminuye la intensidad y la duración de las diarreas al disminuir el pH del intestino; facilita la síntesis y absorción de vitaminas, especialmente la K, B12 y ácido fólico. 

Así mismo el consumo habitual de estas bacterias sanas permite regular el sistema inmune o de defensa al estimular la producción de inmunoglobulinas A, células plasmáticas, linfocitos y macrófagos, permitiendo combatir la gripe y los resfriados.

Los probióticos previenen el cáncer por su cualidad antimutagénicos, lo cual ha sido confirmado por el Nacional Institute of Cancer de Estados Unidos. Además,  modulan la movilidad del intestino por lo que permiten combatir el estreñimiento, las

enfermedades inflamatorias intestinales y el síndrome del intestino irritable, ayudan a mejorar la astenia, mejora la intolerancia a la lactosa y enfrentar al temido Helicobacter pylori.

Recomendaciones para su dieta
•    Consuma al menos dos yogures al día, preferiblemente bajos en grasa, y pruebe introducir en su alimentación otras leches fermentadas como el kéfir.
•    Añada ajo, cebolla o puerros a sus guisos.
•    Aproveche la temporada de alcachofas y consúmala en diferentes presentaciones.
•    También es recomendable consumir Chucrut, hecho de col fermentada, un alimento rico en cultivos vivos y sanos, al igual que el Kimchi coreano. Entre los encurtidos destaca además el hecho con pepino.
•    Aumente la ingesta de productos integrales.
•    Tenga presente que las microalgas como la espirulina, chorella, y las algas azules y verdes, son una excelente fuente de probióticos. 

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