BOGOTÁ.- Frente a este hotel situado en el centro de Bogotá duermen dos indigentes sobre la hierba. Sus camas son sendos pedazos de cartón. Un gran contraste: aquí esta cama es confortable, calientica, de olor a lavanda. Allá, a pocos pasos, las de estos seres incógnitos de la noche distan de ser algo que se pueda llamar cama. Una Luna pálida y melancólica es su medio de iluminación. Aunque ¿para qué quieren luz? Quizás nadie los ve, es muy probable que a nadie le importen.
Añoranzas en la otra Bogotá
La noche anterior, uno de estos pasajeros de la vida bajó sus pantalones sin reparo alguno y, junto a un pequeño árbol, impávido, indiferente, depositó todo aquello que le sobra al cuerpo después de algunas horas de digestión. No lo vi usar papel higiénico. Volvió a su lugar sobre el pedazo de cartón y se cubrió con una cobija de pies a cabeza. ¿Cómo puede dormir este hombre a la intemperie con este frío tan intenso? La temperatura, dos grados centígrados bajo cero.
Seguía mirando a través de la ventana cuando llegó el segundo, con la serenidad de quien nada tiene que perder en la vida, o ganar, como se quiera ver una situación determinada. Cruzó la calle. Sobre su hombro traía una mochila. Extrajo lo que bien podría ser una toalla playera, de colores alegres. La puso sobre la hierba y emuló a su compañero de infortunio.
Nadie nos advierte cuando llegamos a este mundo que la vida es dura, contradictoria. La realidad de estos mendigos es triste, dolorosa. Todos respiramos, comemos, hacemos nuestras necesidades fisiológicas, lloramos, reímos, tenemos sueños, proyectos. ¿Somos iguales?
Centro
Ahora recorro las calles del Centro. Gente azorada por doquier. Aquí nadie camina despacio. No hay tiempo para apreciar la arquitectura del área, los árboles, las flores de plantas que crecen en medio de las calles y aceras con aires de libertad. El tiempo, ¡bendito tiempo!, parece ser el peor enemigo del ser humano.
Un hombre viejo, de tez agrietada y cabello indio, vocifera palabras que no entiendo. Detengo el paso, afino el oído. Vende estampas de la Virgen. Hablo con él. Añora los tiempos del presidente Laureano Gómez. “Ya Bogotá no es lo mismo, hay muchos hampones”, dice sin aspavientos. Alguien se le acerca. “La estampita de la Virgen de la Candelaria vale cinco mil pesos (casi un dólar)". La mujer saca el dinero de su cartera. El anciano le entrega la estampita, la compradora la guarda, no sin antes hacerse la señal de la cruz.
Roberto es de la Costa Atlántica. Es el portero de un McDonald´s ubicado en la carrera Séptima. Odia el frío y la necesidad de caminar raudo para no sucumbir ante las bajas temperaturas. Carlos, vendedor de tinto (café) callejero, es su antítesis. Dice que ama el frío y que odia andar sudoroso, pegajoso. Siempre se ha preguntado —enfatiza— si el Caribe colombiano es una réplica del infierno en el que muchos tienen —¿tenemos?— un espacio reservado.
Caminar no es la mejor opción. Quiero ir hacia el norte de la ciudad. Tomo un taxi. “Petro nos tiene jodidos, ahora quiere sacar de la cárcel a todos esos bandoleros que protestaron el año pasado para que sean gestores de paz”. El taxista culpa a “jóvenes rebeldes” de la llegada de Petro al poder porque votaron por el exguerrillero. “Desde que sacamos de la Constitución al Sagrado Corazón de Jesús, a este país se lo llevó el diablo”, cuenta con gestos de disgusto y remordimiento.
Otra Bogotá
El Norte es otra Bogotá. En el parque de la 93 se reúnen familias, parejas de novios y gente solitaria a encender las ‘velitas’ en honor a la Virgen de la Inmaculada Concepción. Es la noche del 7 de diciembre, el 8 es el día de la madre de Jesús, una fecha venerada por los colombianos. El espectáculo es maravilloso. Las velas flamean, una brisa fría —no podría ser de otra forma— acaricia los rostros de quienes celebran este día de religiosidad y comunión.
En esta otra Bogotá, la de locales comerciales atiborrados de gente que se entrega a los placeres del dios Baco, tiendas de vitrinas coloridas y personas que visten sus mejores galas el ambiente es muy distinto al que se observa en el Centro. Es la Bogotá que rememora los tiempos de gloria del libertador Simón Bolívar, cuando entró triunfante a la ciudad hace más de 200 años. Una ciudad que muestra pujanza y perseverancia por un mejor futuro a pesar de los errores de sus gobernantes.
De vuelta
Debo volver a la otra realidad, Bogotá la otra. Un nuevo taxista, otros cuentos. “Esta banda venezolana, El Tren de Aragua, es la que manda en Santa Fe”, relata el chofer. Esa localidad de la capital colombiana es una de las zonas de tolerancia más grandes de Sudamérica. Drogas, prostitución, armas son comunes en este sector. “Por allá no vaya”, me advierte el taxista con palabras que se me antojan paternales.
De nuevo en este hotel. La misma cama, la misma ventana con mirada hacia un infinito cargado de espesa bruma. Edificios, montañas al fondo. Hombres y mujeres caminan presurosos. Tal vez los esperan en casa con una rica changua o un suculento ajiaco acompañado con crema de leche y alcaparras. O quizás nada o nadie los espera, gente sin rumbo y pocas o nulas esperanzas en una urbe de más de siete millones de habitantes y salarios por el suelo.
Cae la noche. Otra vez los dos indigentes. Poco ha cambiado en el entorno, pero algo singular llama mi atención. Uno de los dos hombres ha construido lo que en Colombia denominan ‘cambuche’, una casucha elaborada de madera, cartón y plástico. Debe sentirse orgulloso. Es su propiedad, su hogar en el espacio público. ¿A quién le importa? La supervivencia es un factor que desliga dignidades y rancios abolengos.
Dirijo la mirada hacia el otro. Allí está, sobre la hierba, respira, vive, cubierto con una manta raída por el uso y el abuso. ¿Quién será esta persona? ¿Por qué duerme en la calle?, me pregunto, seguro de que no obtendré una respuesta: un ser más en las frías estadísticas oficiales.
Repaso mis recuerdos sobre la almohada. Bogotá ha sido siempre la ciudad admirada por el grueso de los colombianos. Sus amplias avenidas, edificios que surcan el cielo, gente cálida, afable. Todo lo que cualquier capital del mundo desea tener. ¿Está cambiando esa imagen? Sus gobernantes aún están a tiempo de evitar que la ciudad que alberga las universidades más importantes del país toque fondo. Mañana —¿hoy?— puede ser tarde.
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