POR ANDERSON ESTRELLA
Especial

"En aproximadamente 15 minutos descenderemos hacia el aeropuerto de San Pedro Sula". Señal de cinturón de seguridad encendida. "Por favor, asegúrese de ajustar sus cinturones de seguridad y poner sus bandejas en posición vertical y por favor, no dejen sus asientos hasta que hayamos llegado a nuestra puerta. Gracias por volar con Copa Airlines".

No podía esperar para decirle a alguien mi razón de estar aquí. El oficial de inmigración preguntó. Con un rayo de sol en mi cara, exclamé: "Vine para proporcionar a una comunidad un lugar decente para vivir". "¿Dónde se aloja?", preguntó. "En La Ceiba, la novia de Honduras". Me pasó el pasaporte donde vi un nuevo sello, el de la República de Honduras.

Un grupo de increíbles personas en los Estados Unidos, todos con ideas afines, y yo, nos asociamos con Hábitat para la Humanidad para participar en un proyecto de construcción de trece viviendas dentro de una comunidad en La Ceiba. Éramos extraños unidos por la creencia común de que todo el mundo merece un lugar decente para vivir.

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Un grupo de personas de diferentes latitudes, unidos por un mismo propósito: crear un lugar decente para vivir en Honduras.
Un grupo de personas de diferentes latitudes, unidos por un mismo propósito: crear un lugar decente para vivir en Honduras.

La autenticidad de la gente, los paisajes cautivadores y esos parques nacionales intactos, como Pico Bonito, hicieron de Honduras nuestro mejor destino.

La Ceiba es una ciudad dominada por la arquitectura colonial histórica, un espacio que parece vivir siempre la primavera, un lugar donde las vibraciones del mar y lo pintoresco del paisaje te hacen pensar que estás frente a una pintura.

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Allí levantamos las casas, ladrillo a ladrillo. Los movíamos de un lugar a otro en cubos y todo el esfuerzo se coronaba cuando veíamos crecer ante nosotros las estructuras de las nuevas viviendas. Las puertas y ventanas tomaban forma y el paisaje iba adquiriendo una nueva dimensión.

Fuimos los protagonistas, y no solo palabras vacías desde una pantalla de televisión. Aprendimos a socializar con los residentes del lugar y respondimos a sus saludos de cada mañana. Decíamos "Hola" a las familias que luego serían propietarias de las casas que estábamos construyendo.

Honduras, a cambio, nos regaló su belleza natural y nos premió con sus atracciones: ríos, montañas, bosques y praderas, y en medio de su singular paisaje, una escuela en la selva. Visitarla fue como descubrir un enorme proyecto fraccionado en una multitud de aulas que van desde el primero al noveno grados con el propósito común de proporcionar una buena educación.

Honduras tiene otros tesoros y entre ellos destacan sus grandes plantaciones de piña. Allí las podemos encontrar en su estado natural, con su sabor puro y su rica dulzura. Al entrar en su reino nos cautivó la cosecha, y luego poder apreciar cuando la reina de las frutas es recogida en cajas para ser enviada hacia otras latitudes.

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La cosecha de la piña, otro de los encantos de Honduras.
La cosecha de la piña, otro de los encantos de Honduras.

También exploramos una granja de cacao que fue clasificado en el noveno lugar en calidad, hacia donde fuimos guiados por las humildes raíces de que goza el chocolate suizo.

Pero más allá del disfrute, estaba nuestro voluntariado, esa palabra que con demasiada frecuencia ve reducido su significado cuando se convierte en un eslogan de mercado, pero que no pierde esa raiz que convoca a hacer y ofrecer algo libremente.

Me sentí atraído por aquellos momentos en los que, como equipo, superamos las barreras y disfrutamos los logros. El esfuerzo colectivo definió nuestro voluntariado con acciones y no con palabras.

Hábitat para la humanidad me invitó a unirme a otras personas con intereses afines y logramos, entre todos, dejas una huella: contruir para otras personas un lugar decente para vivir.

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