En Cuba, el término conspiración se aplicó a las acciones que perseguían derribar el poder colonial de España. Esta, por fuerza, está obligada a desarrollarse en el más estricto secreto, mediante recursos ilegales y clandestinos. Una decena de conspiraciones, todas frustradas, cruzan la Historia de Cuba hasta 1868 (de Aponte, de la Mina de la Rosa Cubana, de Infante, de la Escalera, de Vuelta Abajo, de Román de la Luz, Paz del Manganeso, de la Gran Legión del Águila Negra). E incluso la de La Demajagua no fue excepción: también fue descubierta, aunque ello no impidió el inicio de la Guerra de los Diez Años.

Luego del pacto del Zanjón José Martí, con su esposa embarazada, regresa a La Habana en 1878. Allí, junto a Juan Gualberto Gómez, participa de lleno en los trabajos conspirativos de lo que sería la segunda guerra de independencia o Guerra Chiquita. El Comité Revolucionario de Nueva York, encabezado por Calixto García, lo nombra subdelegado en la capital. Es, además, presidente de la Junta Central de La Habana, que agrupaba a las organizaciones revolucionarias de la provincia.

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“Un loco peligroso”

En medio del sigilo de sus reuniones con Juan Gualberto, resulta incomprensible su actuación pública. Fueron tan notorios sus discursos patrióticos en La Habana, que hasta el mismo capitán general Ramón Blanco quiso escucharlo personalmente. Y su comentario no deja dudas: “Voy a pensar que Martí es un loco. Pero un loco peligroso”. (Citado por Gonzalo de Quesada, Martí hombre, Ed. Cubana, p. 105)

A finales de agosto de ese año se producen las primeras sublevaciones en la isla y, como era de esperar, Martí es apresado y posteriormente desterrado. Por fortuna, el hecho no tuvo mayores efectos y, una vez en España, consiguió dirigirse a Estados Unidos vía Francia. Pero le pudo suceder lo que a otros: el fusilamiento o la cárcel, en Ceuta.

Los aplausos en el Liceo de Guanabacoa probablemente fueron atronadores, aunque contraproducentes tratándose de un conspirador. Curiosamente, Mañach y Santovenia no lo vieron así, puesto que relataron el episodio en sendos capítulos de sus libros, que rotularon bajo el título de “conspirador”. (J. Mañach, Martí el apóstol, 1932; y E.S. Santovenia, Raúl M. Shelton, Martí y su obra, 1970).

Martí solo tiene 25 años y en lo adelante tendrá oportunidad de refrenar su temeridad y ejercitarse en las armas del secreto, la prudencia, el silencio y el disimulo. Esta vez lo hará en condiciones muy hostiles: un país extranjero (EE.UU.), dos agencias detectivescas (Pinkerton’s National y Davie’s) siguiéndole los talones, espías españoles, además de las indiscreciones y veleidades de los propios cubanos.

Llegado a Nueva York en 1880, se le designa vocal del Comité Revolucionario que preside Calixto García y continúa su apoyo a la segunda guerra de independencia que finalizaría a fines de ese año.

Hasta 1890, se suceden conatos de conspiraciones y expediciones fallidas a la sombra de clubes independentistas. En 1884 se une al Programa Revolucionario de Gómez (o Plan Gómez-Maceo) para una nueva contienda. Debido a discrepancias sobre su modo de conducción, lo abandona y se aleja por un tiempo de actividades conspirativas. Sin embargo, ya en 1887 preside una comisión que analizaría las condiciones objetivas, tanto en Cuba como en la emigración, para lanzar una contienda victoriosa.

Llega 1891 y José Martí estima que las circunstancias se tornan propicias para vertebrar un movimiento triunfante. Al año siguiente funda el Partido Revolucionario Cubano (PRC) para preparar y llevar a cabo la revolución. A diferencia del pasado, esta contará con una organización política cuya dirección recae en Martí como delegado del partido; Juan Gualberto Gómez será su representante en la isla, y se le subordinarán comisiones en cada una de las provincias. En Estados Unidos las tendrá en las principales ciudades, y de igual manera en países de América Latina, Francia e Italia.

El jefe de la conspiración

Martí se multiplica: escribe, habla, planifica, saca cuentas, sueña. El entusiasmo crece entre los emigrados de Cayo Hueso, Tampa y Nueva York. Los jefes rebeldes —entre otros, Gómez y Maceo, a quienes visita en República Dominicana y Costa Rica, respectivamente— se suman. El mayor general Máximo Gómez es nombrado supremo jefe militar.

Durante 1894 el PRC habrá de esforzarse por contener el afán de los grupos revolucionarios por iniciar la insurrección. Pero no faltan los yerros. En marzo, y por orden de Martí, Enrique Loynaz del Castillo lleva un alijo de armas y municiones a Camagüey. La decisión, cuya idea había objetado Gómez, resultaba muy arriesgada en vísperas del planeado alzamiento que, se esperaba, sucediera en octubre; encargar la tarea a un joven de 20 años, inexperto e impaciente, también. Hacerlo sin que los destinatarios —representantes camagüeyanos del PRC— lo supieran, francamente desconcertante.

Hay un recuento detallado del episodio gracias a José Raúl Vidal: Lo de Puerto Príncipe. José Martí entre armas, bandidos y traidores (Ed. Dos Patrias, 2018). Loynaz trató de convencer a los camagüeyanos para que, aprovechando los pertrechos, se sublevaran. Finalmente, estos fueron entregados a las autoridades españolas en medio del alboroto de la prensa. Pese a todo, el Delegado lo consideró un éxito propagandístico.

El 8 de diciembre de 1894 se aprobó el “Plan de alzamiento para Cuba, coordinado al movimiento de Fernandina” cuya estrategia habían elaborado Gómez y Martí. Firmado por el coronel José María (Mayía) Rodríguez (en representación de M. Gómez), el comandante Enrique Collazo (de los patriotas de la Isla), y José Martí, por el PRC, consistía en esencia en el desembarco simultáneo de tres nutridas expediciones, bien armadas, por puntos diferentes del territorio cubano a cargo de experimentados jefes militares.

Se trataba de una acción relámpago que explotaba el factor sorpresa y la debilidad de las fuerzas españolas que se calculaba por debajo de los 15 mil hombres. Años atrás Gómez y Maceo lo habían esbozado, pero por entonces no pudo progresar. El plan se avenía como anillo al dedo a la prédica de Martí de una “guerra generosa y breve” (Bases del Partido Revolucionario Cubano, 1892). ¿Sería, finalmente, la última conspiración?

En cuanto a la táctica, a Gómez había correspondido, como máximo jefe militar, convocar desde República Dominicana a sus antiguos compañeros de armas, y supervisar, en la distancia, la marcha del proyecto.

La tarea más difícil

A Martí había tocado la parte más difícil: administración de fondos, compra y almacén de armas, flete de barcos, contratación de tripulaciones; elaboración de leyendas para sustentar los viajes, etc. Esta parte, clandestina y secreta, dependía de otra, abierta y legal, aunque no menos laboriosa: formación y coordinación de clubes insurrectos, difusión de información y propaganda a través del diario Patria; mítines y reuniones, en los que canaliza su torrente oratorio y su poder de convencimiento; la recaudación de fondos, esenciales para la causa. Y lo más difícil: unir voluntades, limar asperezas, eliminar prejuicios, rebajar protagonismos y alzar la fe.

Como el PRC carecía de destacamento clandestino y se daba por descontado la vigilancia de las autoridades norteamericanas y el espionaje de España, Martí centralizó todos los detalles. ¿Era esto necesario? En todo caso, fue una carga muy gravosa, tanto, que por esos días dijo estar “montado en un relámpago”.

Para el trabajo clandestino de campo enroló a Nathaniel B. Borden, vicecónsul de España en Fernandina y propietario de un negocio de exportación de maderas, con muelle y almacén propios en esa ciudad. Se ignoran las circunstancias de su relación con Borden —todavía en 1889 no lo conocía personalmente— o cuál fue el fundamento para otorgarle un papel tan importante en la conspiración. Además de este, encargó tareas relevantes a Manuel Mantilla, Fernández de Queralta y Patricio Corona.

Un diseño perfecto

Una mirada de cerca al esquema central asombra por la perfección de su diseño:

El vapor Lagonda recogería en Costa Rica a los generales Antonio Maceo y Flor Crombet, más 200 hombres armados, y los desembarcaría en la provincia de Oriente.

El vapor Amadís lo haría en Cayo Hueso con los mayores generales Carlos Roloff y Serafín Sánchez, más 200 hombres armados, y los dejaría en la provincia de Las Villas.

El vapor Baracoa, con el delegado José Martí, José Mayía Rodríguez y Enrique Collazo, recogería en República Dominicana a Máximo Gómez, más 300 hombres armados, para desembarcarlos en la provincia de Camagüey.

Las embarcaciones, según la leyenda, trasladarían medios de trabajo y hombres para laborar en frutales y minas en Cuba y otros países.

Empero, en el mismo momento de su consumación el plan se vino abajo de manera estrepitosa. Entre el 10 y el 14 de enero de 1895 las embarcaciones (Lagonda y Baracoa en Fernandina, Florida; y Amadís en Savannah, Georgia) fueron detenidas y registradas. Las tres regresaron a Nueva York en medio del escándalo de la prensa, el asombro de los cubanos y las protestas de España.

Lo acaecido en la Playa de Fernandina, a 383 millas de Miami, no fue desliz ni contratiempo, como a veces se lo califica; aun llamarle fracaso es inexacto. En realidad, fue una tragedia de incalculables proporciones.

Por los fines y expectativas, la complejidad logística, el período de su preparación, el volumen de recursos, las personalidades políticas y militares involucradas y el número de expedicionarios, la Fernandina es acaso el plan conspirativo más significativo en toda la Historia de Cuba.

Visto más en detalle, resultaba demasiado ambicioso, sobre todo, frente a tantos obstáculos. Podría decirse que, desde su concepción, era una apuesta muy arriesgada y, por tanto, sus probabilidades de éxito no estaban aseguradas.

Pese a todo, el plan —tanto la parte pública como la clandestina— se desenvolvió sin contratiempos durante, al menos, tres años. Martí exigió compartimentación y discreción; ejecutó misiones secretas, burló el espionaje y puso en práctica un sistema de códigos y claves para la comunicación. A decir verdad, las actividades conspirativas se llevaron a cabo con tal sigilo, que nunca fueron descubiertas por las agencias detectivescas ni los agentes españoles.

La Fernandina: mitos y errores

La historiografía ha pasado como de puntillas sobre el acontecimiento, probablemente por dos razones: orgullo patriótico y papel de José Martí.

El recuento más detallado y riguroso de lo sucedido es “Fernandina Filibuster Fiasco: Birth of the 1895 Cuban War of Independence”, fue publicado en el 2003 en el Florida Historical Quarterly y resultado de una milimétrica investigación del Dr. Antonio Rafael de la Cova, de la Universidad de Carolina del Sur. El autor, fallecido en el 2018, acudió a numerosos documentos de archivo y publicaciones de la época para despejar persistentes “mitos y errores”.

Debe agradecerse a De la Cova una primera y tajante conclusión: el descalabro no puede atribuirse a un solo incidente o persona (la mayoría de los historiadores, basándose en las reiteradas alegaciones de Martí, cita al coronel Fernando López de Queralta como único causante). Y afirma: “La culpabilidad es compartida por los errores de juicio de los principales conspiradores, que inició una cadena de sucesos que culminó en un desastre”.

El autor relaciona unas diez faltas principales, de las que serían responsables, en diferente grado, José Martí, el coronel Fernando López de Queralta, Nathaniel B. Borden y Manuel Mantilla. Además, menciona dos factores concurrentes: las revelaciones de la prensa sobre sospechas de contrabando de armas; y la denuncia de un informante neoyorquino, cazador de recompensas, al Departamento del Tesoro.

Cuando aquel maravilloso plan se desplomó, cuenta el general Enrique Collazo (Cuba Heroica, Imprenta La Mercantil, La Habana, 1912, p. 98), Martí perdió la compostura. Desesperado y colérico insistía en que no era culpable. Sin embargo, si los preparativos estuvieron bajo su control y cuidado, ¿cómo podía rehuir la responsabilidad?

Los dos errores que De la Cova le atribuye directamente a Martí son los siguientes: primero, haber acompañado a López de Queralta a una entrevista con un desconocido corredor de navíos, quien ya sabía, por Queralta, parte del plan y el seudónimo de Martí. Al parecer, el individuo hizo sonar la alarma ante los dueños de las embarcaciones. El segundo fue haber firmado con su nombre el registro del Club Social Fernandina (lo que facilitó a los investigadores constatar que había estado allí).

La conducta de López de Queralta fue ciertamente deleznable. Su indiscreción no solo fue una falta gravísima, sino que, además, entorpeció el envío del cargamento de armas hacia Fernandina y retrasó el cronograma. En cartas a M. Gómez, A. Maceo y José D. Poyo, Martí habla indistintamente de cobardía, ineptitud o maldad. Algunos historiadores lo acusan directamente de traición.

Ahora bien, López de Queralta tenía una hoja de servicios cuestionable. Rubén Pérez Nápoles en su Martí, el poeta armado (Ed. Algaba, 2004) la resume: el fracaso de la expedición del vapor El Salvador, en 1870, y una desafortunada actuación en la compra de buques en 1886, que provocó el repudio de Maceo. Pese a estos antecedentes, el general Serafín Sánchez lo propone como guía del Amadís, y es admitido dentro de la conspiración. Curiosamente, con posterioridad nunca hubo investigación sobre la conducta de Queralta. En cuanto a Sánchez, caído en combate en 1896, siempre habría de lamentar su desacertada recomendación.

En cuanto a Borden, levantó sospechas desde que, en nombre de D. E. Mantell, alias de Martí, contrató a dos capitanes que se conocían entre sí. La desconfianza se agudizó cuando el empresario trató de pasar por alto ciertas cláusulas del contrato de fletamento. Por último, terminaría confesando —en careo con el capitán del Lagonda ante el recaudador de aduanas de Fernandina— que trasegaba armas.

Manuel Mantilla, quien al parecer pecó de indiscreción en sitios de reunión y bares de Fernandina, fue arrastrado a estas lides por Martí. Carlos Ripoll, en La vida íntima y secreta de José Martí (1995) lo explica como un gesto hacia Carmen Mantilla, preocupada por la conducta descarriada del joven. Además, cuando las autoridades se aprestaron a revisar el barco, decidió tirar las armas al agua, lo cual era ya una admisión de delito. En todo caso, convertirlo en revolucionario fue, a juicio de Ripoll, una decisión “imprudente y desacertada”. [F. Valdés Domínguez, que lo conoció bien, admite en su Diario de soldado (1908) dudar que pudiera tener éxito “algo en que interviniera ese hombre que hace tanto tiempo ha olvidado la honra”].

Consecuencias trágicas

¿Cuáles fueron las consecuencias del trágico desenlace del Plan de Fernandina?

  • Se desaprovechó el factor sorpresa; España envió refuerzos de 220, 285 soldados y nombró a un nuevo gobernador: el general Arsenio Martínez Campos (M. Moreno Fraginals, Cuba/España, España/Cuba; Crítica, Barcelona, 2002, p. 296).
  • Las costas cubanas estuvieron más vigiladas. España adquirió 40 barcos para su custodia. El capitán general Emilio Calleja, en parte confidencial de 29 de enero de 1895, informa al ministro de Guerra de España, que ha ordenado extremar “la vigilancia, recomendada diferentes veces, principalmente en las costas por donde pudiera efectuarse algún desembarco” (Manuel de Paz-Sánchez, En vísperas de la Revolución. Doce documentos confidenciales sobre Cuba, Martí y el Plan de Fernandina (1893 y 1895). Universidad de La Laguna, 1991.
  • Se esfumó la posibilidad de una “guerra generosa y breve” (la que vino luego fue larga y cruel).
  • Resultó imposible la simultaneidad en el arribo de expediciones; las primeras llegaron en marzo y mayo.
  • Se perdieron las armas (fueron recuperadas, pero luego nuevamente requisadas en otra expedición descubierta) y el dinero para financiarlas se redujo a $1,500.
  • Ante las presiones desde la isla, hubo que lanzar de inmediato la orden de alzamiento, aun sin las condiciones ideales.
  • Las expediciones tuvieron que armarse de manera precaria. La primera de la Guerra de Independencia, encabezada por Maceo y Crombet, desde Costa Rica, solo pudo contar con 23 hombres, 9 fusiles y machetes (compárese con el proyecto inicial de 200 hombres armados). El desembarco por Duaba, Oriente, fue descubierto y las fuerzas españolas emprendieron una feroz cacería de los expedicionarios. Unos pocos hombres —entre ellos José y Antonio Maceo— sobrevivieron, pero la muerte del general Flor Crombet fue un golpe de consideración. (José Luciano Franco, Antonio Maceo, Apuntes para una historia, Ed. C. Sociales, La Habana, 1975, t. 2, p. 105).
  • El “Plan de alzamiento para Cuba coordinado al movimiento de Fernandina”, elaborado por Gómez y Martí, fracasó. El mismo 24 de febrero los jefes de Occidente (J. Sanguily y J.M. Aguirre) fueron apresados. Días después Juan Gualberto Gómez —jefe nacional de la conspiración— y Pedro Betancourt fueron detenidos y deportados, y otros líderes de Matanzas, neutralizados; Las Villas y Pinar del Río permanecieron tranquilas. Sólo en Oriente hubo dispersas acciones insurrectas. Las fuerzas españolas conocían la fecha del levantamiento y es muy posible que el Mayor General Julio Sanguily haya delatado el plan, pues, según investigaciones recientes, antes había espiado para España y recibido pagos del gobierno español. (Rolando Rodríguez, Cuba: las máscaras y las sombras, t. 1, p. 288)

El huracán que no fue

Refiriéndose a lo acontecido, Enrique Collazo señala: “La Revolución (…) sin el fracaso del ‘Plan de Fernandina’ hubiera sido un huracán, un torrente devastador que habría hecho tremolar el pabellón cubano en toda la isla, antes que España se hubiera dado cuenta de su desgracia”. (Cuba independiente, La Moderna Poesía, Habana, 1900, p.70).

Para Cintio Vitier, en el Plan de Fernandina “se sitúa el origen de innumerables desdichas nuestras” (C. Vitier, F. García Marruz. Temas Martianos. Habana, Biblioteca Nacional José Martí, 1969, p. 54). Cabe pensar, en las consecuencias del conflicto: unos 170 mil muertos y la destrucción de la infraestructura económica del país (John Lawrence Tone, Guerra y genocidio en Cuba, Turner Publicaciones, 2008); la caída en combate del liderazgo independentista más preclaro; y la intervención de Estados Unidos y sus derivaciones.

El desastre, según varios autores, puso en entredicho el prestigio de Martí quien, hasta ese momento, había luchado para disipar la envidia, el recelo y la desconfianza de jefes militares. Se sabe que los juicios más duros en su contra habían provenido de Gómez y Maceo (Véase, La polémica de Martí, Gómez y Maceo en 1884; en Carlos Ripoll: José Martí: letras y huellas desconocidas. Eliseo Torres & Sons, 1976, pp.83-100).

¿Cuánto habrán pesado estos en su determinación de no regresar a Nueva York, como se había convenido, sino desembarcar en Cuba? Y su “borrascosa entrevista con Maceo” en La Mejorana, ¿no lo habrá impulsado a su bautizo de fuego, tan arriesgado como imprudente?

En carta de agosto de 1895 le comentó Gómez a Tomás Estrada Palma, nuevo delegado del PRC: “Porque Martí, aunque no es tiempo de juzgar, comenzó a torcerse y fracasar desde Fernandina hasta caer en Boca de Dos Ríos” (citado por A.M. Fernández, La Muerte indócil de José Martí. Ed. NPC, 2005, p. 54). Evito completar la cita para no repetir palabras más hirientes e injustas.

En enero de 1895 José Martí no podía darse el lujo de abandonar la partida. Aunque para algunos jefes su actuación era cuestionable, la insurgencia seguía dependiendo de él tanto en lo organizativo como en su financiamiento.

Con los pocos recursos disponibles, el 29 de enero fue fijada la fecha de la rebelión para la segunda quincena del mes de febrero. En lo adelante los pormenores ya no dependerían del exterior.

Los resultados del plan de Fernandina fueron calamitosos. Solo se salvó, intacta, la fe resuelta en despojarse del yugo de España. El 24 de febrero se produjeron acciones insurgentes simultáneas, sobre todo, en Oriente. A pesar de las adversidades, la Guerra de Independencia había comenzado.

Las muchas grandezas de Martí

Martí descuella como poeta, periodista, editor, orador, político y pensador. No solo fue un hombre de una inteligencia privilegiada sino de una sensibilidad y generosidad fuera de lo común. Desde luego, no era perfecto sino un hombre de su tiempo y de todos los tiempos. Sus equivocaciones (¿acaso los apóstoles, discípulos de Jesús, no pecaron?) perfilan su esencia humana.

Mientras dirigía la conspiración sufría dolores físicos —secuelas del presidio— y morales: la incomprensión de su familia, el alejamiento de su hijo y la maledicencia de muchos compatriotas. “Yo voy a morir, si es que en mí queda ya mucho de vivo. Me matarán de bala o de maldades” (Carta a J. M. Izaguirre, 1894). “Martí no sólo murió por la libertad de su patria tan amada, sino que fue a la tumba empujado por las miserias, por las envidias y por las cobardías de los cubanos” (Fermín Valdés Domínguez, Diario de soldado, versión internet).

El 11 de abril desembarcó, junto a Gómez, por Playitas de Cajobabo y el 19 de mayo perdió la vida en un combate en el que él fue la única víctima del lado mambí.

Ante este sacrificio, y la inmensidad de su obra entera, ¿qué no tendríamos que perdonar? “La cuenta de los yerros” —y cito sus palabras referidas a Céspedes y Agramonte— “nunca será tanta como la de las grandezas”.

Hoy recordamos a José Martí como el más extraordinario de los cubanos.

Periodista, conductor de Comentando, canal 17 WLRN, domingos 6 pm

comenta17j@gmail.com

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