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ANÁLISIS

La junta sigue ahí: el rostro del comunismo en Cuba

La persistencia del régimen cubano suele presentarse como un anacronismo: un fósil ideológico mantenido con vida por la nostalgia, la inercia o la mecánica brutal de la represión

Por ANDRÉS ALBURQUERQUE

Prólogo necesario

Impulsado por la aplastante derrota que sufrimos en las elecciones municipales de Nueva York, he decidido exponer, a través de una serie de tres artículos, el verdadero rostro del comunismo en Cuba. Examinaré cómo, con apenas el cinco por ciento del voto popular, los comunistas lograron apoderarse de la isla y mantenerla en lo que parece ser un abrazo eterno de oso. Mi análisis se apoya en gran medida en la obra indispensable “Cuba soviética” de mi amigo César Reynel Aguilera, así como en mis propios recuerdos de infancia creciendo dentro de un hogar comunista. Al abordar esta tarea, me he esforzado por ser lo más meticuloso e implacable posible.

La persistencia del régimen cubano suele presentarse como un anacronismo: un fósil ideológico mantenido con vida por la nostalgia, la inercia o la mecánica brutal de la represión. Pero esta explicación es insuficiente. La junta sigue ahí no solo porque controla la isla, sino porque nunca ha carecido de cómplices en el exterior. Su longevidad no es únicamente un fenómeno cubano; es un fenómeno internacional, sostenido por el blanqueamiento cultural, la cobardía diplomática y un flujo constante de exenciones morales concedidas por Hollywood, Bruselas, Washington e incluso algunos sectores de Wall Street.

Desde sus primeros días, la revolución cubana aprendió una lección que muchos regímenes autoritarios han perfeccionado desde entonces: la supervivencia depende tanto del relato como de la fuerza. Las prisiones, los pelotones de fusilamiento y los informantes mantienen el orden interno, pero es la historia que se cuenta al mundo exterior la que mantiene porosas las sanciones, amortigua las críticas y preserva la simpatía. El genio del régimen, si es que puede usarse esa palabra en este contexto, fue presentar su dictadura como un romance.

Hollywood desempeñó un papel central en esta construcción mítica. Durante décadas, el régimen cubano se benefició de una industria cultural predispuesta a ver el antiamericanismo como sofisticación y la estética revolucionaria como seriedad moral. Películas y documentales sesgados, así como visitas de celebridades, transformaron un Estado policial en un telón de fondo de puros caros, autos antiguos y resistencia poética. El sufrimiento de los presos políticos, la ausencia de sindicatos libres, la criminalización de la disidencia: estos eran detalles incómodos, eclipsados por imágenes luminosas de artistas desafiantes y hombres fuertes benévolos. El resultado no fue la ignorancia, sino una visión selectiva: la voluntad de ver a Cuba no como era, sino como halagaba las fantasías occidentales sobre la rebelión y la pureza.

La Unión Europea, por su parte, perfeccionó una forma distinta de complicidad: la indulgencia burocrática. Bruselas hablaba el lenguaje de los derechos humanos mientras practicaba la política de la acomodación. El “diálogo”, normalmente una herramienta para alcanzar objetivos políticos, se convirtió en un fin en sí mismo, desvinculado de resultados medibles. Acuerdos comerciales y marcos de cooperación se firmaron, renovaron y ampliaron con apenas gestos rituales hacia la reforma política. El régimen aprendió que podía encarcelar disidentes el lunes y recibir delegaciones de la UE el viernes, confiado en que la condena moral nunca se traduciría en consecuencias significativas. En este sentido, Europa no solo toleró a la junta; la normalizó y aún lo hace.

Estados Unidos, por su parte, osciló entre una presión ficticia y la indulgencia, socavando a menudo sus propios principios declarados. Mientras Washington condenaba oficialmente al régimen, sectores influyentes dentro de la academia, los medios y el establishment de política exterior, el infame cuarto piso del Departamento de Estado, trabajaron incansablemente para replantear a Cuba como un desvalido incomprendido en lugar de una tiranía duradera. Todavía recuerdo al difunto Bob McNamara haciendo malabarismos semánticos para evitar admitir que Castro violaba los derechos humanos de su pueblo. Cada gesto de represión encontraba una explicación, cada protesta una contextualización, cada fracaso un recordatorio del embargo, como si las sanciones económicas, y no el control político absoluto, explicaran la ausencia de elecciones libres tras más de seis décadas.

Este reflejo de justificar es el mayor activo externo del régimen. El gobierno cubano ha sobrevivido a generaciones de líderes estadounidenses no porque ofrezca prosperidad o justicia, sino porque ha sido protegido de la rendición de cuentas moral plena que enfrentan otras dictaduras. Sus crímenes se relativizan, sus víctimas se vuelven literalmente invisibles, su ideología se trata como una excentricidad encantadora en lugar de un mecanismo de dominación y exterminio.

La junta sigue ahí porque demasiados actores poderosos prefieren la comodidad del mito a la incomodidad de la verdad. Hollywood prefiere una buena historia. Las élites europeas prefieren estabilidad y diálogo sin confrontación. Las instituciones estadounidenses siguen divididas entre el principio y la culpa. Juntos, han creado un ecosistema en el que el régimen cubano puede fracasar indefinidamente sin que jamás se le permita perder plenamente su legitimidad.

Decir que la junta sigue ahí no es solo describir una realidad política en una isla a noventa millas de Florida. Es acusar a una cultura transnacional de complicidad, una que demuestra que las dictaduras no sobreviven únicamente gracias a la represión. Sobreviven porque, en algún lugar lejos de las prisiones y de las bodegas con estantes vacíos, hay personas influyentes dispuestas a mirar hacia otro lado, aplaudir el simbolismo e insistir en que, esta vez, de manera excepcional, la tiranía merece comprensión. Todo esto ocurre mientras el pueblo cubano es llevado al borde mismo de la locura; ajeno al resto del mundo; apenas sobreviviendo; y, los más afortunados, al genocidio que su propio gobierno ha lanzado contra ellos.

Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos conservador y no partidista que se especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com

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