sábado 21  de  febrero 2026
DESDE LA ISLA

El futuro de Cuba pasa por Miami, para lo bueno y lo malo

Hay habaneros que andan en automóviles modernos y gastan en una noche el equivalente a 200 dólares en el reservado de un bar de la capital

Diario las Américas | IVÁN GARCÍA
Por IVÁN GARCÍA

Alrededor del negocio privado donde venden trozos de pollo frito recubiertos con harina y batidos de frutas con leche, abundan enormes basureros y las aguas albañales corren por el borde de la acera. En el barrio de Colón, en el corazón de La Habana, donde está emplazada una 'copia' de la cadena KFC estadounidense, abundan cuarterías ruinosas y en la puerta de entrada de sus casas, los inquilinos han armado puestos de venta ambulante de refresco instantáneo, sazones Goya y paquetes de café La Llave que traen las mulas desde Miami.

Las jóvenes dependientes de la cafetería llevan gorros navideños rojos y te reciben con una sonrisa publicitaria. El diseño interior del local y los envases son parecidos a los de cualquier sucursal de KFC en el mundo. Un pedido para tres personas ronda los 15 mil pesos, equivalente a 25 dólares, el salario de dos meses de un profesional cubano.

La clientela habitual son personas que suelen comprar en el circuito de tiendas dolarizadas de la calle Galiano, familiares de los nuevos ricos: parientes de funcionarios del régimen, dueños de MIPYMES y negocios clandestinos, entre ellos receptores de remesas giradas desde Estados Unidos y España.

En medio de extensos apagones, escasez de agua potable y un alto porcentaje de cubanos que comen una vez al día, existen habaneros que andan en automóviles modernos y gastan en una noche el equivalente a 200 dólares en el reservado de un bar de la capital. Ese segmento poblacional asiste a gimnasios que cobran de 25 a 30 dólares mensuales, almuerza en restaurantes privados donde la cuenta no baja de 80 dólares y es de buen gusto presumir con un iPhone 17 Pro Max.

Casi todos viajan cuatro o cinco veces al año a México o Panamá, a comprar mercancías que luego revenden con ganancias lucrativas en el país. Pasan sus vacaciones en Punta Cana y no pocos tienen visa múltiple de Estados Unidos. En privado critican al régimen y son abiertamente capitalistas. Pero son alérgicos a catalogar de dictadura al gobierno y les chirría hablar de política o de la pobreza extrema que prolifera en Cuba.

Prefieren conversar de las últimas tendencias de la moda, de fútbol en las ligas europeas o mostrar fotos de su último viaje a Cancún. En sus congeladores espera un pavo, un boliche de res o un lomo de cerdo deshuesado que asarán en Nochebuena o fin de año. Ya compraron turrones, mazapanes y uvas. Y en los estantes no faltan botellas de ron Santiago con quince años de reserva, sidra, vino español y whisky Chivas Regal.

Los fastidiosos y extensos apagones los sortean con generadores eléctricos o pagando por debajo de la mesa a inspectores para que incluyan la zona donde viven en algún circuito priorizado. A esa nueva clase, Cuba le queda chiquita.

Mientras el 90 por ciento de la población, como Zenaida, contable de una empresa estatal, cobra 6.400 pesos mensuales (menos de 15 dólares), desayuna cuando puede una taza de café mezclado con chícharos y come una vez al día dos espumaderas de arroz blanco con picadillo de pollo y una vianda hervida. Yesenia, vendedora de ropa, calzado deportivo y teléfonos móviles importados, gasta más de 100 dólares al mes en comprar comida para sus dos perros Rottweiler.

El problema de Cuba no es la desigualdad. Eso pasa en todo el mundo. No se trata de eso. Muchos cubanos aprueban que sus compatriotas prosperen. Tener calidad de vida, un auto y una buena casa es la aspiración de cualquier ser humano. Por lo general, quienes envidian o delatan a los emprendedores que ganan dinero forman parte de esa clase adoctrinada por la propaganda castrista que creyó el eslogan de justicia social y la dictadura del proletariado.

Ese grupo es un lastre incluso para el régimen. No comulgan con sus futuros planes de fundar una oligarquía con aquellos camaradas más leales que cambiaron sus uniformes verde olivo por trajes a la medida. La revolución cubana es una auténtica estafa. Desde sus inicios, Fidel Castro mintió sobre el rumbo político de la nación. Prometió democracia y elecciones libres. Pero a los dos años declaró el carácter marxista del proceso. Fin de la ilusión.

Desde entonces, la Isla es una dictadura comunista. Las diferentes volteretas ideológicas son estrategias que les permiten acomodarse a los tiempos que corren. El anciano régimen sigue odiando a la religión, etiqueta a los emprendedores privados como presuntos delincuentes y su mayor enemigo es el capitalismo y la burguesía.

Los pactos o falsas alianzas con la iglesia o inversionistas capitalistas siempre fueron por conveniencia. Un soplo de oxígeno para ganar tiempo. Necesitaban una economía funcional para prolongarse en el poder. Desde hace tiempo, el comunismo no es el sueño de la nomenclatura castrista. No saben cómo enterrar el pasado.

Cuando se elaboró la Constitución vigente, recuerda un exfuncionario municipal, se “estudió eliminar de la antigua Carta Magna que una de las líneas maestras ideológicas en nuestro país era construir una sociedad comunista. La idea era que quedara solo la palabra socialista, más potable, pues el comunismo es una utopía irrealizable”.

Se mantuvo el término en la Constitución porque esa turba aleccionada por el difunto Fidel Castro era más comunista que sus propios dirigentes, a pesar de que ahora sobreviven con una pensión miserable y el librero repleto de clásicos de la literatura del realismo soviético. Cuando sepulten a Raúl Castro y a los últimos camaradas de la guerrilla, el proyecto de país sería un nacionalismo estrafalario: mitad oligarquía rusa apuntalada con el dinero y los negocios de empresarios cubanos en Estados Unidos.

Ese es el sueño. Picar el pastel económico con la clase pudiente de Miami. La población cubana, si acaso, tendría más oportunidades de hacer pequeños negocios familiares y libertad de expresión siempre y cuando no incomode al futuro estatus quo.

Raúl Castro siempre tuvo entre sus planes aliarse a la burguesía cubana y al capital si fracasaba su movida con la URSS. Por eso el régimen crea en silencio decenas de negocios en la Florida con el dinero que roban y en el futuro intentará establecer alianzas con el empresariado cubano-americano.

Si la Venezuela de Maduro cae, ni Rusia ni China van a subvencionar el disparate ideológico. La estrategia de la actual camarilla es pactar con la diáspora. Y abrir las inversiones a los que ayer eran 'gusanos', a la "mafia de Miami”. Si acaso, pedir perdón y criticar los desatinos políticos y económicos de los hermanos Castro.

Borrón y cuenta nueva. Cambiarán la narrativa, argumentando que un país no puede pasar de una pobreza africana a una democracia occidental. La antigua casta gobernante y sus descendientes buscarán legitimarse. Depende del exilio que ese plan fracase. Cuenta la dictadura con algo a favor, patrimonio. Y el dinero tiene cara de diablo.

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